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ENcontrARTE Quincenario N° 57
3 febrero 2007

"Sangre y arena" y "Guerra contra la corrupción: la más difícil de todas las guerras", de Marcelo Colussi

Lunes 20 de diciembre de 2010, por Redacción

"Sangre y arena" y "Guerra contra la corrupción: la más difícil de todas las guerras", de Marcelo Colussi [1], son textos de 2007, publicados en EncontrARTE nº 57, revista editada en la República Bolivariana de Venezuela. En el mismo número de ENcontrARTE hay un enlace con "La brutalidad de las corridas de toros: Un vídeo para reflexionar", cuya visión no es posible pues, al querer bajarlo, youtube informa que "Este vídeo se ha retirado debido a que su contenido infringe los Términos de uso de YouTube". Otra vez será? Mientras tanto, puede sustituirse el vetado por otros vídeos contra las corridas de toros.

Comenzaron probando marihuana. Luego pasaron al éxtasis; después buscaron algo más fuerte y terminaron haciéndose cocainómanos. Ya tenían más de dos años de consumir, y la dependencia era cada vez más fuerte. El dinero semanal que les pasaba su padre y la venta de cuanto podían rapiñar de su casa no alcanzaba. Debían buscar otra cosa.

Fue así que les surgió la idea: un secuestro. Pero, claro … no cualquier secuestro. Eso era muy peligroso y a tanto no se atrevían. José Francisco del Corazón de Jesús y Juan Antonio de Nuestra Señora de Fátima Palacios Urdaneta de Lucientes Fuenmayor, hijos del barón de Palacios Urdaneta –“último bastión del franquismo”, como gustaba presentarse– optaron por el secuestro … de una perrita.

Los dos hermanos –gemelos univitelinos, por tanto absolutamente idénticos–, de 18 años, criados en la abundancia y prontos a entrar a la universidad, habían conocido el consumo de las drogas más por hastío que por otra cosa, y ahora no sabían cómo salir. Secuestrar esa perrita que veían pasar todos los días por la puerta de su casa en el aristocrático barrio Salamanca de su Madrid natal les pareció una buena idea para obtener recursos frescos.

Casi todas las mañanas Juan Arriola, el más popular y encantador torero a la moda del católico reino de España, siempre con mención de pie, oreja y rabo en los más prestigiosos ruedos, sacaba a pasear su mascota, la perrita “Betty”, por las calles de Salamanca donde tenía su mansión. Estaba en su mejor momento como matador, y su fama se expandía por fuera del territorio nacional. Juan Arriola, “Juanito”, era uno de los toreros que había cosechado más éxito en las corridas españolas de todos los tiempos. En estos momentos su popularidad se había potenciado más aún con la propaganda televisiva en que aparecía: comida para perros.

Vestido con su más lujoso traje, y entre algunas escenas de sus mejores corridas, “Juanito” aparecía con su perrita “Betty” propagandizando una nueva fórmula de alimento canino de origen estadounidense. Quién sabe si por torpeza, por descuido, porque fue realizado por algún técnico norteamericano desconocedor de la cultura española o porque se trataba de un intencionado chiste macabro, el corto finalizaba con un enternecedor “Juanito” con su perrita en brazos llamando a “cuidar los animalitos”.

Las reacciones al comercial fueron tan numerosas como variadas. Desde indignación hasta burla, desde sorpresa hasta incomprensión. Los grupos ecologistas fueron los que elevaron más enérgicamente sus voces de protesta.

Arriola había comenzado su pasión por los toros trabajando en la ganadería del barón don Diego Palacios Urdaneta. Ya a los doce años se le veía su pasta para el oficio. Don Diego, conocedor como pocos del mundo taurino, vio en el jovencito una interesante veta para explotar. Y de hecho, la explotó. Fue el barón quien lo estimuló para que se metiera de lleno en ese mundillo. “Juanito” estuvo a la altura de las circunstancias. Ya a los dieciocho años era un consumado matador.

Se desarrolló entre ellos una especial amistad. Había diferencias, y el barón se encargaba de marcarlas continuamente. El torero siempre trataba al propietario ganadero de “usted”, con respeto ceremonial. Don Diego, por el contrario, seguía tratando a Arriola como su empleado, tuteándolo. De todos modos, se había establecido entre ambos un equilibrio casi imposible de deshacer. “Juanito” sólo lidiaba con toros de la ganadería “La Providencia”, del barón Palacios Urdaneta. Ahora que era ya un consagrado, se daba el lujo de exigir sólo animales de su ex patrón, incluso las veces que se presentaba fuera de Madrid, hasta en México o en Perú. Eso, obviamente, levantaba las ganancias de don Diego. Y éste se encargaba de patrocinar a “su” torero continuamente. De ahí que se necesitaban uno a otro, se estimaban, se buscaban.

Si bien la fortuna que había logrado amasar “Juanito” en pocos años quintuplicaba la del barón Palacios Urdaneta, aún así él seguía sintiendo un hondo respeto por su ex patrón; más que respeto, una mezcla de temor y reverencia eterna. Don Diego lo sabía, y se aprovechaba de la situación. A su modo, lo apreciaba. Veía en él a un joven honesto al que no se le habían subido los humos a la cabeza. Le hubiera gustado que sus hijos menores, los gemelos, fueran así: algo más humildes, menos despreciativos. De todos modos, y salvando las distancias insalvables en términos culturales que había entre uno y otro, el aristócrata trataba con dulzura al torero. Había sido don Diego quien le recomendó comprar esa mansión en el barrio Salamanca, donde eran vecinos. Y ahora estaba pensando seriamente proponerlo como un discípulo más para el Opus Dei, del que era connotado miembro desde hacía años.

Los hermanos José Francisco y Juan Antonio, a quienes no interesaba mayormente la tauromaquia, habían trazado minuciosamente su plan. Una mañana cualquiera –decidieron que fuera el próximo jueves, sabiendo que “Juanito” iba a salir a caminar con seguridad ese día– deberían separarse encargándose cada uno de una tarea. José Francisco saldría a pasear su perro, un pastor alemán enorme, justamente a la misma hora en que lo haría el torero con su mascota. La estrategia consistía en lograr que su perro intentara atacar a “Betty”, o al menos que la provocara mucho ladrándole. Había que buscar que la pobre perra se aterrorizara, lo mismo que su dueño. Y ante el desconcierto, hacer que la soltara. Así, la perrita correría desesperada huyendo del pastor alemán. Ante todo ese desconcierto, “casualmente” pasaría por la escena Juan Antonio con un automóvil conseguido para la ocasión, prestado por otro amigo. Presuroso, debía tomarla casi sin dejar verse él, y huir. De tal manera, si bien quedaba claro que se trataba de un robo –al que luego se podría hacer saber que era un secuestro– los hermanos Palacios Urdaneta de Lucientes Fuenmayor no levantaban la menor sospecha. Al contrario, uno de ellos hasta incluso había tratado de impedir la situación.

La operación se hizo como estaba prevista, y la perrita “Betty” terminó en mano de sus secuestradores. Pedirían 100.000 euros de rescate. Pensaban que esa suma sin dudas la dispondría “Juanito”, y con eso alcanzaba abundantemente para buen tiempo.
Cuando Arriola contó que había recibido una llamada pidiendo un rescate a don Diego, sintió algo de vergüenza. Le parecía algo poco serio. Hasta pensaba que correspondería pedir dinero por un toro de lidia, ¡un verdadero animal! Pero no por una tierna perrita inofensiva. Además, le caía muy mal que fuera su bolsillo el perjudicado.

“Betty”, tal como lo tenían previsto, fue dejada unos días en casa de un amigo común de los gemelos. “Juanito” lo consultó con el barón Palacios Urdaneta. Este le sugirió dar parte a la policía. Le parecía al mismo tiempo truculento y simpático pensar en un secuestro de un tierno animalito. Hasta llegó a ponderar la idea como algo original.

Avisada que fuera, la policía actuó. No sin cierta ingenuidad en el momento de ir a buscar el dinero que se había pactado, ambos hermanos fueron detenidos. A los pocos minutos el padre y el torero sabían ya quiénes eran los captores. Y también los medios de comunicación, que vieron en ese hecho algo de gran impacto que podía vender mucho por lo que, en un santiamén, la noticia se divulgaba por todo el país.

La madre de los gemelos, María Pilar de Lucientes Fuenmayor, baronesa de Palacios Urdaneta, entró en un ataque nervioso al saber la noticia por el que tuvo que ser hospitalizada. El padre, don Diego, lo primero –y casi lo único– que pensó fue en su reputación, en su imagen social. ¡Eso no podía ser, no podía suceder!

Al día siguiente del secuestro, “Juanito” aparecía en varios canales protestando amargamente por esta “violación a los derechos de un inocente animalillo” como su perrita. El, que lo único que hacía era preocuparse por el buen estado de estas mascotas –y recordaba repetidamente su comercial– no se merecía un ataque así. El, según decía, alguien que jamás hubiera pensado en maltratar un animalito hogareño … no podía soportar este ataque.

La opinión pública inmediatamente tomó posición. Hubo todo tipo de comentarios, críticas, sarcasmos, ataques, improperios. Lo cierto es que nadie dejó de mencionar el caso. De un día para otro, la noticia había tomado tal trascendencia que hasta implicancias políticas logró tener. De hecho un grupo medioambientalista amenazó con comenzar una huelga de hambre para pedir que se terminaran las corridas de toros.

Luego de toda una noche de deliberaciones, con mucho café y cigarrillos y muchísima tensión, en la que se encerraron el barón, el torero, el Ministro del Interior, el jefe de policía de Madrid y dos altos personajes de la Obra –uno de ellos, un obispo–, se decidió la estrategia a seguir. Juan Arriola, en realidad, nunca lo aceptó de buen grado. No se sabe con exactitud qué presiones se habrán ejercido para que terminara cediendo. Lo cierto es que lo hizo.

El secuestro fue presentado públicamente como una maniobra de dos jóvenes con preocupaciones ambientalistas que exigían en forma desesperada –de ahí el hecho “irregular”, como se le dio en llamar– se terminara con la práctica de la lidia de toros. La noticia hasta pasó por algo políticamente correcto, bien intencionado, y la imagen de los jóvenes salió bien parada. El comunicado que se hizo circular a la prensa, supuestamente la declaración del grupo ecologista en que militaban los gemelos, parece que fue redactado por el mismo don Diego. Decía así:

Su Santidad, el santo padre Juan Pablo II, haciendo un exhaustivo estudio de la Biblia nos dice que «el hombre, salido de las manos de Dios, resulta solidario con todos los seres vivientes, como aparece en los salmos 103 y 104, donde no se hace distinción entre los hombres y los animales». Es por eso que, retomando una bula del papa Pío V de 1567 en donde se «condenan estos espectáculos torpes y cruentos», y en el espíritu de lo ratificado en 1920 por el secretario del Estado Vaticano, cardenal Gasparri, en relación a esa antigua bula papal, hizo saber una vez más que «la iglesia continúa condenando en alta voz, tal como lo hiciera el papa Pío V, estos sangrientos y vergonzosos espectáculos» que son las corridas de toros.

En ese espíritu de amor por los animales y de respeto a todo ser vivo, por tanto contrarios al aborto así como a la pena de muerte y a la eutanasia, fieles a la opinión vertida por la UNESCO en el año 1980, donde se considera que «La tauromaquia es el malhadado y venal arte de torturar y matar animales en público y según unas reglas. Traumatiza a los niños y a los adultos sensibles. Agrava el estado de los neurópatas atraídos por estos espectáculos. Desnaturaliza la relación entre el hombre y el animal. En ello, constituye un desafío mayor a la moral, la educación, la ciencia y la cultura», procedimos a desarrollar este acto de justicia que, si bien sabemos puede estar reñido con las leyes terrenas, pretende llamar la atención sobre una circunstancia poco feliz que aún perdura en nuestro país: las corridas de toros.

De tal modo, aunque sabemos que estamos molestando la serenidad de este santo varón que es el afamado torero don Juan Arriola, más conocido como “Juanito”, nos permitimos este acto que esperamos pueda ser considerado como una «osada travesura con fines superiores» y no más que ello, para hacer tomar conciencia a nuestra población sobre la brutalidad en juego.

¿Quién dijo que los toros no sufren? Como cualquier animal cefalizado y con un sistema nervioso central, sí sienten: si vemos a una mosca posarse sobre el lomo de un toro, apenas la percibe éste trata de espantarla. ¿Cómo no sentirá un toro la puya, las banderillas o la espada? ¿O acaso el toro se orina y defeca en la corrida porque le da pánico escénico?

Por todo lo anterior, entonces, pedimos el cese inmediato de estas prácticas despiadadas y contrarias a los designios del Altísimo”.

Nadie lo creyó abiertamente, pero tampoco nadie se atrevió a desmentir la versión oficial en forma categórica. Lo cierto es que la perrita “Betty” regresó a manos de su dueño sin el pago de ningún rescate. Los gemelos Palacios Urdaneta salieron a estudiar fuera de España (aunque, según se dice por ahí, están en una clínica de recuperación para drogodependientes en Suiza). Y Juan Arriola, a su pesar según comentarios de allegados, dejó los ruedos. Ahora es un defensor a ultranza de los derechos animales. En estos momentos está empeñado en una campaña internacional para la protección del oso panda.

La ganadería de don Diego, olvidábamos decir para terminar, no cerró. Por el contrario, en estos momentos está planificando la apertura de un filial en México, asociada con capitales de cubanos en el exilio.

Vergüenza-contra las corridas de toros

lacaballo|09 de julio de 2008

Marcelo Colussi EncontrARTE nº 57

Guerra contra la corrupción: la más difícil de todas las guerras

La corrupción no es un cuerpo extraño en las sociedades: es el pan nuestro de cada día. Ello no pretende ser una justificación. Por el contrario: pretende partir de su reconocimiento para ver cómo dar un combate con posibilidades reales de éxito.

Reconocer que está entre nosotros, que está instalada como posibilidad cultural de todos los seres humanos, no es declararse rendido ante ella. Que la corrupción existe, que tiene un peso considerable en la dinámica de las relaciones humanas, que ha estado presente en muchas civilizaciones a través de la historia según se desprende de su estudio, todo ello debe ser nuestro punto de arranque. La cuestión es ¿qué antídoto le anteponemos? O más aún: ¿es posible combatirla? ¿Hay antídoto?

Partimos de la base de dos premisas: 1) la corrupción es detestable, es negativa, destruye en vez de construir, aunque sea una práctica común y hallable por todos lados; 2) es posible combatirla y quitarle espacio, y hasta quizá vencerla totalmente. Si no creyéramos firmemente en esas premisas, de nada valdría plantearse trabajar el tema.

La corrupción, dicho muy rápidamente, tiene que ver con la evitación de las normas, con su transgresión. Aunque no cualquier transgresión: sin duda se trata de un delito, como cualquier salto a las normas, a las leyes establecidas. Pero si algo tiene como particularidad distintiva es la impunidad. Los actos corruptos dañan a terceros, sin dudas, si bien tienen la singularidad de estar integrados como parte de la cultura dominante; es decir: son “normales” dentro de las distintas sociedades, distintamente a otro tipo de crímenes. En ese sentido podemos considerarla como impune, protegida contra el castigo. Es, por tanto, un “mal” que tenemos instalado en la cotidianeidad. No hay sociedad compleja, con aparato estatal ya desarrollado, que no presente una cuota de corrupción. Salvando las distancias, es como las caries respecto a la salud bucal: no son buenas, pero convivimos con ellas y es muy difícil prevenirlas. Y definitivamente, es imposible evitarlas.

Si bien está integrada en lo cotidiano, por supuesto que hay diferencias entre el grado de tolerancia para con la corrupción: sus escalas de incidencia varían en los distintos países así como las respuestas institucionales que se le da. En algunos lados merece pena de muerte (China, Rusia, por ejemplo) –aunque eso no la elimine–; en otros está incorporada a la dinámica cotidiana, es parte de la “normalidad” diaria con mucha mayor naturalidad (Africa o Latinoamérica, pongamos por caso). Y eso está en dependencia de un sinnúmero de factores: hay países “civilizados” del próspero Primer Mundo donde la corrupción es moneda corriente en los distintos niveles de la dinámica social: Italia por ejemplo, mientras hay otros –los nórdicos, Canadá– donde tiene una incidencia mucho menor y es mucho más penalizada. Lo que pareciera un común denominador es que a menor grado de desarrollo humano, mayor grado de laxitud en el cumplimiento de las leyes, es decir: mayor corrupción.

Podríamos atrevernos a decir que la corrupción ha existido inmemorialmente en las distintas sociedades clasitas. “Todo hombre tiene su precio”, dijo a principios del siglo XIX Napoleón Bonaparte. Es decir: una vez establecida la ley, paralelamente hay un espacio para burlarla. Quizá podríamos concluir que eso es parte de nuestra condición humana: siempre hay un resquicio para jugar a saltar las normas establecidas. Los “vendidos”, los favores silenciados, el tráfico de influencias, la “propina para el cafecito” y toda la parafernalia que tiene que ver con los erráticos vericuetos del deseo y el ejercicio del poder son tan viejos como viejas son las sociedades vertebradas en torno a la división de clases. De todos modos, las sociedades modernas, las sociedades masificadas que han venido de la mano del capitalismo, y más aún: las sociedades de la información donde los hechos políticos pasaron a ser parte de la mercantilización de noticias en las cuales más o menos todos saben algo de lo que pasa en el manejo de los Estados, esas sociedades han dado una nueva faceta al tema de la corrupción. Con los medios masivos de comunicación que inundan todo el espacio social difundiendo –aunque tergiversadamente en general– noticias y opiniones que en las sociedades agrarias tradicionales eran impensables, la corrupción pasó a ser una de las “vedettes” de la moderna industria informativa. No para combatirla realmente, sino porque es algo que “vende”. ¿Cuántos altos funcionarios e incluso presidentes en el mundo tienen en la actualidad procesos judiciales en su contra debido a denuncias de malversación a las que contribuyó la prensa? Sin dudas muchos, infinitamente más que a comienzos del siglo XX, pero ello no termina la corrupción.

Hoy por hoy, sin que esto signifique que la corrupción esté en vías de desaparición, las sociedades saben más sobre los grandes casos de corrupción. Es común que estos ilícitos político-administrativos se denuncien, circulen, se difundan en forma masiva. Y a veces, incluso, dado el peso de las circunstancias, hasta llegan a castigarse. En estos últimos años, sin que ello signifique un mejoramiento real en las condiciones de vida de las poblaciones, ya son más comunes las denuncias sobre hechos notorios de corrupción, la destitución de funcionarios, algún que otro juicio. Ello no mejora el acceso a la riqueza: los pobres siguen tan pobres como siempre, y los ricos continúan enriqueciéndose. Pero permite la sensación de cierta credibilidad en las instituciones.

Sucede, sin embargo, que la cuestión sigue abordándose como un hecho policial, más dado a la crónica sensacionalista que como un problema de capital importancia para la construcción de sociedades más equitativas. A veces, inclusive, se desliza la idea que la histórica pobreza de las grandes mayorías se debe al robo de algún funcionario inescrupuloso. “Estamos pobres porque los políticos se roban todo” es el prejuicio en juego. La corrupción, en definitiva, habla de una cultura generalizada, de una ética, de un modelo de ser humano en juego.

En mayor o menor grado, el capitalismo es corrupto. Si los valores rectores están asociados con la ganancia individual, con el beneficio entendido como posesión material, es absolutamente funcional lo dicho por Napoleón: todos tenemos nuestro precio, todos podemos vendernos por algo. Todo es mercancía; también los seres humanos, nuestra moral, nuestra reputación. La tentación de los bienes materiales que se nos ofrecen es grande, y parece que no es nada fácil resistirse. Pero en realidad no se trata de “resistirse” al más espartano modo de un asceta, o siguiendo la ética guevarista de los 60 de siglo pasado, sin tomar Coca-Cola porque eso es “hacer el juego al enemigo”. De lo que se trata es de construir otra cultura, otra nueva escala de valores donde la corrupción vaya quedando acorralada y haya espacio real para la solidaridad, para la responsabilidad colectiva sin necesidad de ser super héroes.

Y si de esa construcción se trata, estamos hablando de socialismo.

Como dijo en su ya histórica formulación la incansable luchadora Rosa Luxemburgo: “socialismo o barbarie”. Si seguimos con el puro individualismo del “sálvese quien pueda” que instauran las sociedades clasistas, y en grado sumo el capitalismo, no hay posibilidad de terminar con la corrupción. Porque desde esa lógica es innegable que “todos tenemos un precio”, y tarde o temprano, podemos “vendernos”. En otros términos: la barbarie se impone. La gente común y corriente, la gente real que conforma la humanidad, no son ni Jesús ni el heroico guerrillero Ernesto Guevara –más mitos que realidades– y por tanto es mucho más posible que terminemos siendo corruptibles a que resistamos los “suplicios” de las tentaciones terrenales (la Coca-Cola se sigue vendiendo).

Ahora bien: ¿hay antídoto contra la corrupción? ¿Es realmente posible terminar con ella? Vale la pena probarlo. Por lo pronto, y como mínimo, podemos apuntar a generar una nueva cultura, una nueva ética de la solidaridad. Es un desafío, y aunque no podamos asegurar el final de la batalla, vale la pena intentarlo. Es más: no sólo vale la pena sino que es imprescindible intentarlo. Si no, no hay posibilidad de cambio real, no hay socialismo.

Hoy por hoy la corrupción sigue siendo una actitud estructural en lo humano. Luchar contra ella es más difícil que combatir contra un enemigo externo. Contra un tercero, el enemigo está claro, es externo, está parado delante nuestro; por el contrario, en la lucha contra la corrupción estamos implicados nosotros mismos en nuestra subjetividad, en nuestro ser. De ahí que es tan difícil el combate.

Sólo por poner un ejemplo: ¿cómo es posible que en la capital de la República Bolivariana de Venezuela, en su camino impetuoso hacia el socialismo, su ciudad capital –Caracas, de seis millones de habitantes– tenga seis alcaldías? ¿Son corruptos sus actuales funcionarios o perdura allí todavía mucho –demasiado quizá– de una cultura de la corrupción ya enquistada? Seguramente perdura, y no será nada fácil desarmarla. Es absolutamente “normal” que en un espacio relativamente amplio pero no mucho más extenso que otras capitales latinoamericanas, haya seis distintos gobiernos, cada uno con todo su aparato administrativo y su cohorte obligada de burocracia (léase: facilidad para desplegar actos corruptos). ¿Necesita una ciudad de seis millones de habitantes tantos concejales, y tantos asesores de concejales, y tanto guardaespaldas y choferes de concejales y de asesores de concejales? ¿Se necesita tanto aparato administrativo, o eso habla de otro tipo de intereses en juego? Seguramente no son necesarias seis alcaldías, pero está tan enraizada esa conformación que pareciera que nadie osa desarmarla. Y justamente de eso se trata la lucha contra la corrupción: de desarmar, de atacar y vencer un enemigo que somos nosotros mismos, un enemigo que llevamos metido hasta los tuétanos y que no visualizamos como enemigo.

Si mencionamos la ciudad de Caracas es sólo por dar un ejemplo; situaciones homologables se dan en el próspero Estados Unidos, en la vieja y culta Europa y en el desarrollado Japón también. La corrupción no es una lacra de los “incivilizados” del Sur; es una pesada carga de las sociedades de clase. Y el socialismo real que hasta ahora hemos conocido aún en el siglo pasado no ganó la batalla contra esa herencia. Por lo tanto: ¡la lucha sigue!

Fuente: ENcontrARTE

(20 de diciembre de 2010)


[1Marcelo Colussi. Psicólogo, licenciado en filosofía. Nacido en Argentina, viajó y vivió por varios países latinoamericanos. Es de los que piensan que "el nacionalismo es la enfermedad infantil de la humanidad", por eso intenta aportar a la causa de la justicia desde cualquier punto del mundo por donde anda. Recientemente (2007) se instaló en Venezuela, convencido que "el socialismo del siglo XXI" es el camino a seguir, no importa desde qué país. Articulista, ensayista, escritor, colabora con varios medios electrónicos. También ha incursionado en la literatura.