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Protestas en Londres a favor de la libertad religiosa de los budistas y contra la hipocresía del Dalai Lama y su mezcla de política y religión [23/05/08]

Miércoles 9 de septiembre de 2009, por Redacción

Simultáneamente a una conferencia del Dalai Lama en el Royal Albert Hall de la capital británica, cientos de personas congregadas ante las puertas del histórico edificio victoriano expresaban a gritos su protesta contra el líder espiritual tibetano. Sendas movilizaciones, con diferente argumento y eslóganes, —a favor de la libertad religiosa unos, y contra la mezcla de política y religión otros—, coincidieron ayer delante del clásico escenario londinense de conciertos y otros actos multitudinarios. Miembros de Western Shugden Society califican al líder espiritual de hipócrita y le acusan de restringir la libertad religiosa de los budistas y discriminar a quienes no siguen su línea de fe, por lo que anuncian que protestarán, harán mucho ruido y gritarán para ser escuchados en todos los actos en que el Dalai Lama intervendrá durante su visita al Reino Unido. Manifestantes cercanos a la postura china en el conflicto de Tíbet, por su parte, han criticado que el Dalai Lama mezcle la política con la religión, así como su posición segregacionista vinculada a la geoestrategia norteamericana e intereses occidentales.

Western Shugden Society (WSS) reúne a los budistas creyentes en la deidad protectora Dorje Shugden, de la que, asegura WSS, el Dalai Lama renegó hace casi 40 años.

En declaraciones a EFE, la portavoz de WSS, Kelsang Pema, afirma que el Dalai Lama discrimina a los budistas que creen en Dorje Shugden: en documentos de identidad personal les hace jurar la renuncia a su creencia, y los que no lo hacen tienen dificultades para acceder a un trabajo, a una escuela y a monasterios tibetanos en el exilio.

Ante el ostracismo a que el Dalai Lama somete a la comunidad seguidora de Dorje Shugden, ha descendido drásticamente el número de personas que rinde culto a esta deidad.

«Mientras limita la elección espiritual de su pueblo, el Dalai Lama se ha creado en Occidente una imagen de defensor de los derechos y libertades humanas», declaró Pema, motivo por el que los budistas no dejarán de manifestarse y denunciarle, allá donde el Dalai Lama acuda, «hasta que el líder espiritual nos reciba y devuelva la libertad religiosa al pueblo tibetano y a los budistas de todo el mundo».

Contra la distorsión mediática sobre Tíbet [1].

Mientras tenía lugar la conferencia del Dalai Lama, grupos de simpatizantes del Gobierno chino concentrados frente al Albert Hall londinense, al otro lado de la misma calle, reivindicaron la pertenencia de Tíbet a China y desplegaron pancartas de apoyo a la celebración de los Juegos Olímpicos de Pekín y contra la distorsión por los medios de comunicación de lo que acontece en Tíbet.

Los manifestantes pidieron al Dalai Lama que separe la religión de la política y dijeron que Tíbet «es y siempre será parte de China».

«El Dalai Lama no es el dios ni el rey del Tíbet», proclamaba otra de las pancartas exhibidas ayer en el centro de Londres.

(artículo publicado en un diario digital español, 23 de mayo de 2008)


[1Provocación en Tíbet, Higinio Polo, Diagonal 75, 3/04/2008:

¿Lucha por las libertades?

Provocación en Tíbet

Higinio Polo, historiador y escritor especializado en política asiática, analiza los intereses ocultos y la desinformación sistemática utilizada tras los disturbios producidos en Tíbet entre los seguidores del Dalai Lama y la Policía y el Ejército chino.

Protestas. La campaña para pedir libertades para el Tíbet coincide con la cercanía de los Juegos Olímpicos (foto Daniel M Shih / Diagonal)

La excelente campaña propagandística que desde hace años ha hecho del Dalai Lama, un hombre bondadoso, pacífico, amante de la democracia y de la libertad del Tíbet, ha conseguido confundir a muchas conciencias. En realidad, Tenzin Gyatso, como se llama el Dalai Lama, es el último jefe espiritual de una secta lamaísta que, tras la revolución comunista de 1949 en China, vio cómo llegaba el fin de sus privilegios.

El Tíbet anterior a 1949 era un territorio donde la mayoría de sus habitantes eran siervos; muchos, esclavos, que podían ser incluso vendidos, y donde la propiedad y la riqueza estaban concentradas en manos de una nobleza feudal y de los monjes de los monasterios. Los cambios políticos que llegaron con la revolución cambiaron por completo el escenario y, ya en 1956, el Dalai Lama y su corte encabezaron una rebelión contra el Gobierno revolucionario chino, armados y ayudados financieramente por la CIA norteamericana, insurrección que fue derrotada por el Ejército Popular en 1959. Las víctimas, en ambos bandos, fueron unas diez mil, no más de un millón como desvergonzadamente mantiene el Dalai Lama.

Nunca hubo una “invasión china” del Tíbet, como repite el fantasmagórico “Gobierno en el exilio” del Dalai Lama, entre otras cosas, porque el altiplano tibetano era territorio chino desde siglos antes de que existieran todos los actuales países europeos. El Dalai Lama encabezaba un régimen tan bondadoso que tenía estipuladas penas para delitos que consistían incluso en arrancar los ojos a los condenados, cortarles los pies o las manos, y otros castigos semejantes. Aquel régimen se sostuvo por el aislamiento del Tíbet, por la decadencia de la China imperial y por la acción de potencias imperiales como Gran Bretaña, que llegó a ocupar Lhasa. Desde su derrota en 1959, el Dalai Lama se estableció en el norte de la India, “descubrió” la bondad de la democracia, y pasó a ser un peón estratégico en manos de Washington, que le ha financiado y ayudado diplomáticamente en el último medio siglo. Durante los años ‘60, EE UU organizó y entrenó en técnicas guerrilleras y de sabotaje, incluso en territorio norteamericano, a grupos de tibetanos: hasta inicios de los años ‘60, esos grupos, los khampas, que llegaron a tener enrolados a casi diez mil hombres, lanzaron regularmente ataques armados en el interior de China desde las bases que tenían en Nepal: al mismo tiempo, operaciones secretas de la aviación norteamericana abastecían de armas y explosivos a esos grupos.

La derrota de la insurrección de 1959, unida al nacionalismo y al irredentismo político de raíces religiosas de los monjes, ha sido utilizada en distintas ocasiones para organizar campañas de acoso y de descrédito de China; la última, a mediados de marzo de 2008. Contrariamente a las informaciones tendenciosas de la prensa conservadora internacional, las protestas y la ‘revuelta’ en Tíbet no fueron pacíficas, y empezaron en los monasterios tibetanos de Drepung, Ganden y Sera: toda la provocación estaba perfectamente organizada. Los participantes en la revuelta sumieron a Lhasa en el caos, incendiaron la compañía eléctrica, dejando sin luz a la ciudad y organizaron un verdadero pogromo racista contra chinos han y comerciantes de la minoría musulmana que causó las víctimas ¡de las que después la prensa internacional ha hecho responsable al Gobierno chino! Hay testimonios del linchamiento hasta la muerte de dos ciudadanos chinos han por parte de monjes y jóvenes tibetanos, y sabemos que cinco chicas perecieron abrasadas a consecuencia de uno de los incendios provocados por los monjes y grupos de tibetanos seguidores del Dalai Lama.

Contrariamente a las informaciones que nos han llegado, la Policía china fue incapaz de controlar el feroz estallido de violencia, hasta el punto de que más de 200 policías resultaron heridos, junto a 400 civiles. Más de 400 comercios fueron también saqueados e incendiados, y lo mismo ocurrió con siete escuelas y seis hospitales, así como con decenas de vehículos. La mayoría de la población tibetana no protagonizó esa siniestra explosión de aversión contra chinos han y musulmanes: fue obra de los seguidores del Dalai Lama. Las víctimas perecieron en esa orgía de odio y destrucción y no por la acción represiva de la Policía china.

El momento estaba perfectamente calculado: la proximidad de los Juegos Olímpicos amplifica el efecto del nuevo foco de tensión para Pekín, y, además, la calculada política norteamericana de presión a China (el único país que puede ser un rival para Washington) va a utilizar otras cartas para acosar a China. Pekín sabe que el progresivo fortalecimiento chino tiene puntos débiles que, sin duda, van a ser utilizados por EE UU: Tíbet y el Dalai Lama, pero también los grupos islamistas de la región china de Xinjiang, que reciben oscuros apoyos; así como la posible creación de una crisis en Taiwan, e incluso la reactivación de la crisis nuclear en la península coreana, todos en la periferia de la República Popular china. Porque los hechos de Lhasa no han sido una “revuelta” de un pueblo oprimido, sino una provocación fríamente calculada, de la que el Dalai Lama y Washington conocen todos los detalles. - Fuente Periódico Diagonal.