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Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa 2008

"La invención de Morel", de Adolfo Bioy Casares (1940)

Martes 14 de septiembre de 2010, por Redacción

Prólogo a "La invención de Morel": Stevenson, hacia I882, anotó que los lectores británicos desdeñaban un poco las peripecias y opinaban que era muy hábil redactar una novela sin argumento, o de argumento infinitesimal, atrofiado. José Ortega y Gasset -La deshumanización del arte, I925- ­trata de razonar el desdén anotado por Stevenson y estatuye en la página 96, que "es muy difícil que hoy quepa inventar una aventura capaz de interesar a nuestra sensibilidad superior", y en la 97, que esa invención "es prácticamente imposible". En otras páginas, en casi todas las otras páginas, aboga por la novela "psicológica" y opina que el placer de las aventuras es inexistente o pueril. Tal es, sin duda, el común parecer de 1882, de I925 y aún de I940. Algunos escritores (entre los que me place contar a Adolfo Bioy Casares) creen razonable disentir. Resumiré, aquí, los motivos de ese disentimiento.

El primero (cuyo aire de paradoja no quiero destacar ni atenuar) es el intrinseco rigor de la novela de peripecias. La novela característica, "psicológica", propende a ser informe. Los rusos y los discípulos de los rusos han demostrado hasta el hastío que nadie es imposible: suicidas por felicidad, asesinos por benevolencia, personas que se adoran hasta el punto de separarse para siempre, delatores por fervor o por humildad ... Esa libertad plena acaba por equivaler al pleno desorden. Por otra parte, la novela "psicológica" quiere ser también novela "realista": prefiere que olvidemos su carácter de artificio verbal y hace de toda vana precisión (o de toda lánguida vaguedad) un nuevo toque verosímil. Hay páginas, hay capítulos de Marcel Proust que son inaceptables como invenciones: a los que, sin saberlo, nos resignamos como a lo insípido y ocioso de cada día. La novela de aventuras, en cambio, no se propone como una transcripción de la realidad: es un objeto artificial que no sufre ninguna parte injustificada. El temor de incurrir en la mera variedad sucesiva del Asno de Oro, de los siete viajes de Simbad o del Quijote, le impone un riguroso argumento.

He alegado un motivo de orden intelectual; hay otros de carácter empírico. Todos tristemente murmuran que nuestro siglo no es capaz de tejer tramas interesantes; nadie se atreve a comprobar que si alguna primacia tiene este siglo sobre los anteriores, esa primacía es la de las tramas. Stevenson es más apasionado, más diverso, más lúcido, quizá más digno de nuestra absoluta amistad que Chesterton; pero los argumentos que gobierna son inferiores. De Quincey, en noches de minucioso terror, se hundió en el corazón de laberintos, pero no amonedó su impresión de unutterable and self-repeating infinities en fábulas comparables a las de Kafka. Anota con justicia Ortega y Gasset que la "psicología" de Balzac no nos satisface; lo mismo cabe anotar de sus argumentos. A Shakespeare, a Cervantes, les agrada la antinómica idea de una muchacha que, sin disminución de hermosura, logra pasar por hombre; ese móvil no funciona con nosotros. Me creo libre de toda superstición de modernidad, de cualquier ilusión de que ayer difere íntimamente de hoy o diferirá de mañana; pero considero que ninguna otra época posee novelas de tan admirable argumento como The turn of the screw, como Der Prozess, como Le Voyageur sur la terre, como ésta que ha logrado, en Buenos Aires, Adolfo Bioy Casares.

El autor en su juventud: óleo de Silvina Ocampo, 1940. En sus manos, la obra de Dalton Every man’s que, según Bioy Casares [1], influyó de manera decisiva en su formación intelectual.

Las ficciones de índole policial­ -otro género típico de este siglo que no puede inventar argumentos- ­refieren hechos misteriosos que luego justifica e ilustra un hecho razonable; Adolfo Bioy Casares, en estas páginas, resuelve con felicidad un problema acaso más dificil. Despliega una Odisea de prodigios que no parecen admitir otra clave que la alucinación o que el símbolo, y plenamente los descifra mediante un sólo postulado fantástico pero no sobrenatural. El temor de incurrir en prematuras o parciales revelaciones me prohíbe el examen del argumento y de las muchas delicadas sabidurías de la ejecución. Básteme declarar que Bioy renaueva literariamente un concepto que San Agustín y Orígenes refutaron, que Louis Auguste Blanqui razonó y que dijo con música memorable Dante Gabriel Rossetti:

I have been here before,

But when or how I cannot tell:

I know the grass beyond the door,

The sweet keen smell,

The sighing sound, the lights around the shore ...

En español, son infrecuentes y aún rarisimas las obras de imaginación razonada. Los clásicos ejercieron la alegoría, las exageraciones de la sátira y, alguna vez, la mera incoherencia verbal; de fechas recientes no recuerdo sino algún cuento de Las fuerzas extrañas y alguno de Santiago Dabove: olvidado con injusticia. LA INVENCIÓN DE MOREL (cuyo título alude filialmente a otro inventor isleño, a Moreau) traslada a nuestras tierras y a nuestro idioma un género nuevo [2].

He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releido; no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta.

Jorge Luis Borges

Literatura Argentina Contemporánea.

- El calamar opta por su tinta, de Adolfo Bioy Casares.

- El Gran Serafín, de Adolfo Bioy Casares.

- El caso de los viejitos voladores, de Adolfo Bioy Casares

- Bibliografía de Adolfo Bioy Casares, Instituto Cervantes, Departamento de Bibliotecas y Documentación.

La invencion de Morel 1ª parte

ecoeco|14- 05-2006: La invención de Morel, 2ª y última parte del corto realizado en 2003.

(14 de setiembre de 2010)


[1Adolfo Bioy Casares: nació, vivió y murió en Buenos Aires. Nació en Buenos Aires el 15 de septiembre de 1914 y falleció el 8 de marzo de 1999.

A diferencia de otros escritores contemporáneos, Bioy Casares no necesitó exiliarse en ninguno de los períodos más duros de la historia argentina, quizás por provenir de una familia burguesa acomodada, que le permitió dedicarse exclusivamente a su literatura. Hijo de un padre que había incursionado en las letras, desde pequeño Bioy tuvo contacto con los grandes clásicos de la literatura universal, a lo que le sumó un pasaporte atiborrado de viajes a Europa que le fueron confiriendo un estilo definido, tanto en su obra como en su vida, convirtiéndolo en un verdadero dandy.

A los once años escribió una primera novela, Iris y Margarita –plagiando a "Petit Bob" de Gyp (escritora francesa Sibylle Gabrielle Marie Antoinette Riqueti de Mirabeau, condesa de Martel de Janville)–, recurrió al plagio para deslumbrar a una prima de la que estaba perdidamente enamorado; y a los catorce, compuso Vanidad o Una aventura terrorífica, cuento fantástico y policial.

Su primera publicación fue Prólogo, que escribió a los 15 años y logró publicar gracias al pago de la edición, por parte de su padre. En 1932, en casa de Victoria Ocampo, conoce a Jorge Luis Borges, quien se convertiría en un inseparable amigo y con quien escribirían páginas magistrales. "Éramos muy amigos con Borges -cuenta Bioy en una entrevista- nunca nos dábamos textos para que el otro los viera, pero cada vez que uno de nosotros había inventado una historia que podía ser un cuento o una novela, se la contaba al otro. Siempre es agradable que a uno le cuenten cuentos".

En 1934 conoció a Silvina Ocampo, quien años después se convertiría en su esposa. Ese mismo año abandonó sus estudios de filosofía y letras y comienza a publicar sus primeras novelas. A partir de entonces el prestigio de Bioy Casares es cada vez mayor, ayudado por una excelente prosa que dibuja o bien ingeniosas historias donde el amor es un tema recurrente, o bien intrigantes policiales plagados de guiños. Se suceden Tormento o la vida múltiple de Juan Ruteno (1935), La estatua casera (1936), Luis Greve, muerto (1937); su obra cumbre, La invención de Morel (1940), Plan de evasión (1945), La trama celeste (1948), El sueño de los héroes (1954), El lado de la sombra (1962), Diario de la guerra del cerdo (1969), El héroe de las mujeres (1978), y otros trabajos individuales y en colaboración con Borges, la mayoría de las cuales son firmadas con el seudónimo común de H. Bustos Domecq.

Muchas de sus obras fueron llevadas al cine. Diario de la guerra del cerdo (1969), película realizada por Leopoldo Torre Nilsson. En 1975 le concedieron el Gran Premio de Honor de la SADE, fue nombrado Miembro de la Legión de Honor de Francia en 1981, Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires en 1986 y en 1991 recibió en Alcalá de Henares el Premio Miguel de Cervantes, coronando un trabajo de amplio reconocimiento internacional.

Bioy Casares murió en Buenos Aires, a los 84 años, luego de una serie de complicaciones ocasionadas por su avanzada edad. Poco tiempo antes había expresado uno de sus últimos deseos: "No me gusta nada la idea de morir. Si pudiera vivir quinientos años aceptaría y pediría: ¿no puede darme unos más?."

"Para escribir no hay mejor receta que escribir."

Adolfo Bioy Casares

Bibliotecas Virtuales.