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Traficantes de Sueños, Madrid
marzo 2011, abril 2010

"La crisis que viene. Algunas notas para afrontar esta década", Observatorio Metropolitano / "Fin de ciclo. Financiarización, territorio y sociedad de propietarios en la onda larga del capitalismo hispano (1959-2010)", Isidro López y Emmanuel Rodríguez (Observatorio Metropolitano)

Martes 5 de abril de 2011, por Redacción

La crisis es hoy el fantasma que recorre Europa. De los rescates financieros de los años 2008 y 2009 a la crisis de la deuda pública de los países de la Europa «periférica», una constante subyace a todas las medidas: los intereses y los beneficios financieros van primero. Aunque ello cueste el bienestar inmediato y futuro de poblaciones enteras. Aunque esto implique el desmantelamiento de los sistemas de pensiones y el retroceso de derechos sociales conquistados hace décadas. Aunque tales políticas deslicen al conjunto de la economía por la senda renqueante del estancamiento.

La próxima década no nos ofrece más que una nueva ronda de privatización de servicios y garantías sociales, mayor retroceso de los salarios y una crisis social que todavía hoy sólo conocemos en su fase embrionaria.

Por eso la crisis no es sólo económica, sino al mismo tiempo social y política.

La actual coyuntura desvela sin pudor alguno la incapacidad de la clase política realmente existente para desplazar esta situación a nada que no sea plegarse a los dictados de poderosos intereses económicos.

En estas condiciones, quizás sólo quede un único camino: dirigir la indignación, apostar por una política construida desde abajo, perder el miedo impuesto por una atmósfera mental infectada por la idea de la escasez y conquistar la alegría de un mundo que todavía hoy, bajo la amenaza del inicio de una larga decadencia, es más rico que cualquiera de sus precedentes.

- "LA CRISIS QUE VIENE. Algunas notas para afrontar esta década", Observatorio Metropolitano [1], Traficantes de Sueños, Madrid, marzo 2011:

Índice

Introducción 11

I. Cinco formas de no entender nada ... o de justificar a aquellos que más provecho obtienen de la crisis 15

Primera: «La economía obedece a leyes propias. Las políticas económicas deben ser diseñadas según estas reglas» 18

Segunda: «Si los empresarios no obtienen suficientes beneficios no se genera empleo. Lo prioritario es generar un escenario propicio para que haya inversión y, por lo tanto, empleo» 27

Tercera: «El empleo es demasiado caro. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades: ahora hay que ajustarse el cinturón para que la economía se recupere» 36

Cuarta: «El gasto social supone una carga creciente que la economía ya no puede soportar. O también: hay que transmitir confianza a los mercados y
reducir lo antes posible el déficit público» 47

Quinta. «La crisis acabará. Volveremos a crecer» 59

II. Cuando se dice crisis se debería decir ... 69

El fin del espejismo de la clase media 70

Los derechos sociales en situación terminal 77

La ecología de la crisis: la destrucción del medio ambiente 87

III. La crisis que viene 93

La «guerra entre pobres» 95

Competencia entre territorios 101

El miedo y el gobierno de las pasiones 107

El cierre del reformismo y el problema de Europa 108

La crisis de la representación 113

La izquierda en ruinas o el fin de la socialdemocracia 121

Las tareas inmediatas 130

A modo de epílogo: a por el gran reparto 141

* Introducción

Hace ya tres años que nos vimos asaltados por las primeras noticias de una crisis sólo comparable a la de 1929. Tres años de «brotes verdes», pomposas promesas de recuperación y grandes reformas. Tres años en los que cada anuncio de una recuperación, que sólo estaba a la vuelta de la esquina, se ha truncado ante unos hechos siempre tozudos. La intervención
pública a nivel global ha evitado, desde luego, un desmoronamiento de la estructura económica tan catastrófico como el que siguió al crack del ‘29, pero ha sido incapaz de generar un nuevo ciclo de crecimiento que se asemeje, siquiera mínimamente, a una expansión económica. A la vista de estos resultados, el panorama internacional de la próxima década no parece otro que el de un largo estancamiento, quizás puntuado por estallidos financieros regionales y por convulsiones, más o menos regulares, que podrían volver a poner en tensión todo el sistema económico.

Y sin embargo, lo más significativo, desde el punto de vista político, es la rápida adaptación de los grandes agentes económicos. Frente a una izquierda internacional que en 2008 sentenció la muerte del neoliberalismo antes mismo de comprender totalmente en qué consiste, permanentemente
atascada en la demanda de una reanudación del crecimiento y el empleo, los centros del poder capitalista, liderados por un sector financiero que ha mantenido intacta su capacidad política, han presionado de forma exitosa para exigir su rescate por parte de los Estados y para relanzar luego una alucinante y ambiciosa contraofensiva. Por supuesto, esta estrategia común de las elites globales, nacionales, regionales y locales ha prescindido en gran medida de toda consideración acerca de los soportes del crecimiento económico a largo plazo. De forma descarada y sin ninguna responsabilidad para con el futuro, han puesto las garantías de los beneficios financieros por delante de cualquier otro aspecto (ya sea éste social o económico). Como ha venido ocurriendo desde los inicios de la contrarrevolución conservadora y del auge del neoliberalismo en los años ochenta, el Estado es aquí sólo la instancia decisiva a conquistar y, en este caso, la herramienta política para trasladar los costes de la crisis a los sectores sociales más débiles.

En ningún lugar se ha sentido con más fuerza esta línea ofensiva de los poderes financieros que en la Unión Europea. Apoyados en un entramado jurídico que eleva el dogma neoliberal a poco menos que norma constitucional, los agentes financieros se han agazapado detrás de la crisis de la deuda pública de países como Grecia, España, Irlanda o Portugal, para conquistar la tutela del gasto público, sancionando cualquier desviación de la ortodoxia con fuertes recargos en los tipos de interés. Restringidas así sus opciones, los Estados han basculado entre garantizar los intereses a medio plazo de los mercados financieros —mediante reformas del mercado de trabajo, programas de austeridad, desmantelamiento de las pensiones públicas y privatizaciones— o entregar inmediatamente grandes sumas de dinero público a los bancos y fondos tenedores de bonos estatales. En el momento en el que se escribían estos párrafos, cuando todavía no se había salido de esta fase de la crisis, marcada por la ofensiva financiera sobre la deuda pública, ya se podía intuir cuál iba a ser la próxima estación. Como ya sucediera en 2007, los flujos financieros se han refugiado en los mercados de futuros del petróleo y de las materias primas. Esto es lo que explica las fuertes alzas de los carburantes desde mediados de 2010 y progresivamente
también de algunos productos agrícolas. No tardaremos en ver cómo estas subidas repercuten sobre los tipos de interés, multiplicando la presión sobre unas poblaciones ya altamente endeudadas, precarizadas y desahuciadas por el paulatino desmantelamiento del Estado de bienestar. Baste recordar que los tipos de interés se han mantenido en niveles cercanos a cero desde 2009, en gran medida para garantizar la paz social en unos momentos en los que los niveles de endeudamiento privado en todo el continente, y muy especialmente en España, superan todos los niveles conocidos.

En definitiva, los acontecimientos han dejado atrás a la gran mayoría de la población que está encajando la medicina de los ajustes, pero siempre con dosis muy diferentes según una particular y cruel jerarquía de posiciones salariales y de propiedad, de diferencias de edad, nacionalidad y género. Bajo esta perspectiva, la crisis, guiada antes por decisiones políticas que por una abstracta e inapelable urgencia económica, se ha convertido en la gran ventana de oportunidad de las oligarquías de todo pelaje para reforzar las líneas de dominio construidas durante las últimas décadas. Al contrario que
en otros países de la UE, como Francia, Italia o Reino Unido, o más aún en los países norteafricanos, lanzados a un nuevo ciclo de protestas, en España todavía nos cuesta situarnos en la nueva coyuntura; tomar nota de la fragilidad de las promesas de crecimiento económico y de que la política electoral y los mecanismos de la democracia representativa simplemente no cuentan con nosotros más que para que asintamos a nuestra desposesión.

Es por todo ello, por lo que este pequeño libro ve la luz, con el propósito de servir para situar las dimensiones de un conflicto social inevitable. Su esquema es sencillo. Hemos querido empezar con un repaso a las principales líneas ideológicas que utilizan los gobiernos, los economistas y los medios de comunicación para justificar las políticas que favorecen a las distintas elites capitalistas: rescates bancarios, recortes de derechos y del gasto público, reformas del mercado de trabajo y de los sistemas públicos de pensiones, etc. Veremos que ninguna de ellas se sostiene ante un análisis serio; sin
embargo, los poderosos contra-argumentos que podrían situar la discusión económica en otro lugar están todavía fuera del debate público. También hemos querido poner encima de la mesa aquellos efectos de la crisis social que precisamente por no pertenecer a la agenda política oficial permanecen básicamente ocultos como la creciente polarización social, los impactos a largo plazo de una crisis social que todavía está en estado de gestación, los mecanismos reales de desmantelamiento del Estado de Bienestar o una crisis ecológica galopante. Por último, no podíamos dejar de tratar el aspecto
quizá más decisivo para, esta vez sí, superar la crisis. Se trata naturalmente del ámbito político y de la necesidad de reactivar las luchas sociales que aspiren a revertir el actual modelo de reparto de la riqueza y, de una vez, nos liberen de la rapiña del capitalismo financiarizado.

- En este trabajo se ha prescindido de la mayor parte del material bibliográfico y de las referencias a las fuentes. Para una revisión exhaustiva de los argumentos aquí contenidos se puede leer el trabajo también del Observatorio Metropolitano, firmado por Isidro López y Emmanuel Rodríguez: FIN DE CICLO. Financiarización, territorio y sociedad de propietarios en la onda larga del capitalismo hispano (1959-2010), Madrid, Traficantes de Sueños, 2010:

La nueva Gran Depresión ha puesto fin a una de las mayores etapas de prosperidad de la historia económica española. Durante más de una década, entre finales de 1994 y principios de 2008, la economía española creció a un ritmo continuo y sostenido, generalmente más alto que el de la mayor parte de sus socios europeos. La elevada tasa de creación de empleo, permitió incorporar el mayor contingente de fuerza de trabajo de toda su historia: siete millones de trabajadores, la mitad migrantes procedentes del Sur global. El motor de la euforia pareció residir en la llamada «economía del ladrillo». La fuerte expansión del sector de la construcción se tradujo, en efecto, en la producción de más de cuatro millones de viviendas, al tiempo que el país se convertía, por mor de la fuerte inversión pública, en el primer Estado de la Unión Europea por kilómetros de autovía, y luego por kilómetros de ferrocarril de alta velocidad.

De todos modos, el dato más significativo de estos años, no estaba en la fuerte tasa de inversión inmobiliaria, sino en el espectacular incremento del valor del patrimonio de las familias que creció en más de tres veces, en sólo diez, años gracias a la continua alza de los precios de la vivienda. Mientras duró, fueron pocos los que se atrevieron ya no a criticar, sino incluso a querer conocer abiertamente, estos mecanismos. La manta de asfalto sobre los últimos espacios abiertos de la costa mediterránea, la amenaza sobre un creciente número de ecosistemas, el irreversible agotamiento de los ciclos hídricos de las regiones más deficitarias y el fuerte aumento de los consumos de materiales, especialmente energía, no pasaron inadvertidos, pero fueron infravalorados como un «coste menor» de un modelo de crecimiento que proveía riqueza a espuertas, tanto a los agentes empresariales y a las arcas públicas como a importantes franjas sociales.

Mucho menos señalada fue la aparente paradoja de cómo se podía crecer a ese ritmo con un modelo laboral caracterizado por una creciente precarización y segregación —al que se añadía el apartheid legal de los migrantes de los países del Sur— y por un estancamiento a largo plazo de los salarios reales de al menos ¡el 60 % de la población! Indudablemente, esto fue posible porque el rápido crecimiento del crédito y la evolución de la burbuja patrimonial permitieron un significativo incremento del consumo doméstico que, otra vez, fue mayor que el de los países europeos. Es aquí, y no tanto en una conspiración política, donde se debe encontrar el sello de consenso del modelo de desarrollo.

La riqueza había parecido beneficiar a prácticamente todos, porque prácticamente todos habían tenido acceso a la propiedad del bien que estaba sirviendo de base a la burbuja especulativa: la vivienda. Nadie podía pensar entonces que, en poco más de un año, la antigua riqueza se convirtiera en quiebras empresariales, endeudamiento, paro y la amenaza de una implosión social de efectos imprevisibles. En efecto, como si de un análisis clínico se tratara, la crisis ha desvelado la debilidad de las bases de este modelo. Por debajo del potente resplandor de la riqueza financiera late una situación mayoritaria de desposesión, desigualdad y precariedad. Lo más inquietante de la actual coyuntura no se encuentra, por lo tanto, en la mayor o menor prontitud de una recuperación que probablemente insistirá en las fórmulas financieras o inmobiliarias de los años pasados, sino en el estallido de una crisis social que sólo ahora empezamos a vislumbrar. Es en esta encrucijada en la que las luchas en torno a la distribución de la riqueza social se vuelven decisivas y en la que el debate sobre lo que siempre subyace a toda discusión económica se hace más urgente que nunca.

(5 de abril de 2011)


[1- El Observatorio Metropolitano de Madrid es un colectivo híbrido de investigación e intervención política formado por activistas y profesionales de distintos ámbitos. Su principal propósito es ofrecer síntesis críticas sobre las principales líneas de transformación de las metrópolis contemporáneas. Se trata de una labor desgraciadamente abandonada por la mayor parte del trabajo académico e institucional pero que resulta extremadamente urgente para emprender cualquier acción política democrática digna de tal nombre. Entre sus principales publicaciones se deben mencionar: Madrid ¿la suma de todos? Globalización, territorio, desigualdad (Traficantes de Sueños, 2007) y FIN DE CICLO. Financiarización, territorio y sociedad de propietarios en la onda larga del capitalismo hispano, (Traficantes de Sueños, 2010).

Mensajes

  • Se habla demasiado de crisis, financiera, economica, moral y etica, pero sin embargo no se castigo en ningun momento a los verdaderos culpables, pero como siempre los ciudadanos debemos de pagar los errores de politicos absolutamente ineptos y de banqueros rapaces, que sucedera el dia que al que le quitaron la casa pague la totalidad de la deuda al banco. a).- le regresaran el inmueble y las rentas devengadas por el mismo que el banco usufructuo en su beneficio o b).-el banco no le regresara nada y lo repartira con los corruptos politicos que hacen leyes en contra de la ciudadania, cuando nos retornaran los bancos el dinero que les dio el gobierno sin nuestra autorizacion para cubrir sus errores.