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*Kojin Karatani, March 16, 2011
A Las Barricadas, 29 marzo 2011

La catástrofe que anuncia un Japón radicalmente nuevo / Earthquake and Japan

El reconocido filósofo libertario japonés reflexiona sobre la catástrofe de Fukushima y el futuro del capitalismo como cultura económico-social

Jueves 31 de marzo de 2011, por Redacción

Yo me hallaba en las calles de Tokio cuando se produjo el terremoto. El suelo tembló con violencia, mientras bailaban ante mis ojos y durante un buen rato los edificios. Nunca había experimentado, ni de lejos, cosa semejante, y me percaté al instante de que algo terrible había sucedido. Lo primero que me vino a la cabeza fue el terremoto de Kobe en 1995, en el que perecieron más de 6.000 personas. Aunque no experimenté personalmente el terremoto de Kobe, afectó a mi región de origen, en la que vivían muchos parientes y amigos, de manera que acudí sin tardanza al escenario del desastre. Anduve por las calles, y vi edificio tras edificio convertidos en ruinas / I was on the streets of Tokyo when the earthquake struck. The ground shook violently, while buildings swayed around me for a long time. It was beyond anything I had experienced before, and I sensed that something terrible had happened. My first thought was of the Kobe earthquake that killed more than 6,000 people in 1995. Although I did not experience the Kobe earthquake first hand, it hit the region of my hometown where many close relatives lived, and so I headed immediately to the scene of the disaster. I walked the streets where building after building had collapsed into rubble.

(imagen: Kojin Karatami, 24/04/2008. wikipedia).

Es evidente que el actual rebasa por mucho el desastre del terremoto de Kobe. Pues también incluye el daño infligido por el tsunami a las regiones costeras a lo largo de centenares de kilómetros, así como el peligro de una catástrofe nuclear. No son, empero, las únicas diferencias. El terremoto de Kobe fue completamente inesperado. Aparte de un puñado de expertos, nadie había concebido la posibilidad de un terremoto allí. El terremoto reciente, en cambio, había sido anticipado. Los terremotos y los tsunamis han venido inveteradamente asolando la región nordeste del Japón, y en los últimos años se habían oído frecuentes alertas. Por otro lado, la energía nuclear siempre ha levantado una fuerte oposición, vivas críticas y no menos vivas alertas. Sin embargo, la escala del terremoto superó cualquier pronóstico. No es que la escala del tamaño desastre no pudiera anticiparse, sino que se evitó intencionadamente.

Hay otra diferencia. Aun cuando el terremoto de Kobe ocurrió tras el fin de la economía de la burbuja de los 80, cuando la recesión económica estaba ya en curso, las gentes todavía no se habían percatado plenamente de la defunción de la economía japonesa de alto crecimiento. Por eso el terremoto de Kobe apareció inicialmente como un símbolo de la decadencia económica japonesa. Lo que, sin embargo, fue cayendo en el olvido, a medida que la nación se afanaba en recuperar una época en la que se hablaba del Japón como "un número uno". No fue sino luego del terremoto de Kobe que Japón adoptó de corazón las políticas económicas neoliberales, so pretexto de revigorizar la economía.

En cambio, la consciencia del declive económico japonés estaba muy difundida ya antes del actual terremoto. La menguante tasa de natalidad y el envejecimiento de la población no dejaban margen para una visión color de rosa. Aun cuando la huera retórica nacionalista a favor de un renacimiento del Japón como superpotencia económica sigue dominando nuestros principales medios de comunicación, en el corazón de las gentes ha arraigado otra visión, más realista, pronta a admitir una perspectiva indefinida de bajo crecimiento y la necesidad de construir otra economía y otra sociedad civil nuevas. En este aspecto, el reciente terremoto no llega como un choque sorpresivo para la economía. Más bien robustecerá las ya presentes tendencias, viniendo en cierto sentido a reafirmar y poner en el centro los asuntos que se dejaron de lado tras el terremoto de Kobe.

Lo que primero me impresionó del desastre de Kobe fue la relativa compostura de los ancianos que habían perdido sus hogares. Su actitud era la de que, habiendo empezado de la nada de las abrasadas ruinas de la II Guerra Mundial, no tenían ahora sino que empezar de nuevo de la nada. Luego, la muchedumbre de jóvenes voluntarios crecidos en la época de la prosperidad, venidos de todo Japón para ayudar y formar comunidades de ayuda mutua. Ese fenómeno no era único del Japón. He oído hablar de milagros parecidos luego del terremoto de Sichuan en China.

Tras examinar el terremoto de San Francisco en 1906 y otras catástrofes posteriores parecidas en su libro “Un paraíso construido en el infierno”, Rebecca Solnit concluyó que esas extraordinarias comunidades nacen del desastre". Se cree comúnmente que cuando se disipa el orden, surge un estado hobbesiano de naturaleza en el que los humanos se comportan como lobos con otros humanos. Lo cierto es, sin embargo, que las mismas gentes que se miran con mutuo temor bajo un orden social creado por el Estado, forman comunidades de ayuda mutua en medio del caos engendrado por el desastre, un tipo espontáneo de orden que difiere visiblemente del que se da bajo el Estado.

Fue ese tipo de comunidad la que nació de la catástrofe generada por el terremoto de Kobe. Pero también jugó su papel la particular experiencia histórica del Japón. Pues las ruinas provocadas por el terremoto evocaban poderosamente las condiciones psicológicas que siguieron a la II Guerra Mundial, cuando la gente se juntó para reflexionar sobre la guerra y sobre la historia del Japón moderno que llevó a ella. El "paraíso" que se formó en las secuelas del desastre fue, empero, efímero, y la memoria de la guerra desapareció con él.

Cuando se restauró el orden tras el terremoto de Kobe, la tendencia que se impuso fue la de servirse del desastre como de una oportunidad para hacer negocios con el renacimiento económico. El primer ministro Koizumi alentó, más si cabe, políticas neoliberales, y violó la pacifista constitución de postguerra enviando, bajo el remoquete de "Autodefensa", fuerzas japonesas a Irak. Al final, el resultado fue el estancamiento económico y un hiato creciente entre ricos y pobres. Consecuencia: el Partido Liberal-Democrático, que se había inveteradamente mantenido en el poder, tuvo que cederlo al Partido Democrático de Japón. Sin embargo, la nueva administración fue incapaz de embarcarse en un nuevo curso.

Tal es la situación en que aconteció el reciente terremoto. Una vez más, el desastre evocó las carbonizadas ruinas de la postguerra. Además, la crisis en la central nuclear de Fukushima no puede sino traer a la memoria los recuerdos de Hiroshima y Nagasaki. Los japoneses de postguerra han tenido una gran aversión a las armas nucleares y a la energía nuclear en general. Huelga decir que había una fuerte oposición a la construcción de centrales energéticas nucleares en Japón. Sin embargo, a consecuencia de los shocks petroleros de los 70, el Estado afirmó y estimuló el desarrollo de plantas nucleares. Las primeras campañas proclamaban la necesidad de la energía nuclear para el crecimiento económico, mientras que en los últimos años se prefería decir que la energía nuclear podía contribuir a la reducción de las emisiones de carbono, y por lo mismo, a aliviar las presiones sobre el medio ambiente. Que tales consignas publicitarias no eran sino una forma criminal de engaño por parte de la industria y del gobierno, es cosa que ha quedado de todo punto acreditada en los sucesos de estas últimas semanas.

Entre las ruinas del Japón de postguerra las gentes reflexionaron sobre la senda recorrida por el Japón moderno. Pugnaces con las potencias occidentales, los japoneses modernos aspiraban al estatus de una gran potencia militar. La evaporación de ese sueño en la derrota militar de la nación llevó a otro objetivo, el de convertirse en una gran potencia económica. El final colapso de esa ambición ha sido patentemente puesto de manifiesto por el terremoto reciente. Aun sin el terremoto, estaba condenada al fracaso. La verdad es que lo que está fracasando no es sólo la economía japonesa. A comienzos de los 70, el capitalismo mundial entró en un período de grave recesión, y desde entonces ha sido incapaz de sobreponerse a la caída tendencial de la tasa general de beneficio. El capital ha buscado una vía de salida de ese declive a través de la inversión financiera global y mediante la extensión de la inversión industrial hacia lo que antes se llamaban regiones del "tercer mundo". El colapso de esa estrategia quedó patente en el llamado shock de Lehman. Por lo demás, el desarrollo acelerado de países como China, India y Brasil sigue su curso. Pero ese acelerado crecimiento no puede durar mucho. Es inevitable que los salarios crezcan y se alcance un límite en el consumo.

Por eso el capitalismo global se hará insostenible en 20 o 30 años. Pero el final del capitalismo no es el final de la vida humana. Aun sin desarrollo económico capitalista, aun sin competición, las gentes son perfectamente capaces de vivir. Es verdad: la economía capitalista no se extinguirá sencillamente. Resistiéndose a su final, las grandes potencias seguirán sin duda combatiendo por los recursos naturales y por los mercados. Pero yo creo que los japoneses no volverán nunca más a secundar una senda tal. Sin el reciente terremoto, el Japón habría sin disputa proseguido su triste combate por un estatus de gran potencia; ese sueño resulta ahora inconcebible, y ha de ser abandonado. Lo que el terremoto ha producido no es la defunción del Japón, sino la posibilidad de su renacimiento. Bien podría ser que sólo entre ruinas puedan los pueblos ganar la valentía necesaria para emprender un rumbo radicalmente nuevo.

* Kojin Karatani (Amagasaki, agosto de 1941), profesor de la Universidad Meiji de Tokio, es un filósofo marxista libertario japonés internacionalmente reconocido.

Fuente: alasbarricadas.org.

Earthquake and Japan

Kojin Karatani [1].

I was on the streets of Tokyo when the earthquake struck. The ground shook violently, while buildings swayed around me for a long time. It was beyond anything I had experienced before, and I sensed that something terrible had happened. My first thought was of the Kobe earthquake that killed more than 6,000 people in 1995. Although I did not experience the Kobe earthquake first hand, it hit the region of my hometown where many close relatives lived, and so I headed immediately to the scene of the disaster. I walked the streets where building after building had collapsed into rubble.

Clearly, the scale of the current disaster far surpasses that of the Kobe earthquake. For it also includes the damage caused by the tsunami to coastal regions across hundreds of kilometers as well as the danger of nuclear catastrophe. Yet these are not the only differences. The Kobe earthquake was completely unexpected. Aside from a small number of experts, no one had imagined the possibility of an earthquake there. The recent earthquake, on the other hand, had been anticipated. Earthquakes and tsunamis have struck the Northeastern region of Japan throughout its history, and frequent warnings had been sounded in recent years. Meanwhile, nuclear power had always given rise to strong opposition, criticism, and warnings. Yet the scale of the earthquake went far beyond any prior anticipation. It was not that anticipating the scale of such a disaster was impossible, just that people had purposely avoided doing so.

There is another difference. Although the Kobe earthquake occurred after the end of the bubble economy of the 1980s, when economic recession had already taken hold, people at the time had yet to fully recognize the demise of Japan’s high-growth economy. For this reason, the Kobe earthquake initially appeared as a symbol of Japan’s economic downfall. Yet this was quickly forgotten as the nation tried to recapture an age when people spoke of "Japan as No. 1." It was after the Kobe earthquake that Japan wholeheartedly adopted neoliberal economic policies with the pretext of reviving the economy.

In contrast, the awareness of economic decline was widespread in Japan prior to the recent earthquake. The shrinking birthrate and the aging of the population left no room for a rosy outlook. Although empty nationalist rhetoric calling for Japan’s revival as an economic superpower continues to hold sway in the major media, a different perspective has taken root in people’s hearts, one that acknowledges the reality and continuing prospect of low growth and that calls for the formation of a new economy and civil society. In this respect, the recent earthquake does not come as a surprise shock to the economy. Rather, it will only strengthen already existing tendencies, confirming, in a sense, the very issues that were overlooked following the Kobe earthquake.

In the wake of the Kobe disaster I was impressed, first of all, by the relative composure of the elderly people who had lost their homes. Their attitude was that having started out from the burnt-out ruins of World War II, they had only to start over again. Second, large numbers of young volunteers, raised in an age of affluence, gathered from all over Japan to help out, forming communities of mutual aid. Such a phenomenon was not unique to Japan. I have heard of a similar occurrence following the recent Sichuan earthquake in China. Such communities emerge where traditional communities are gone.

Examining the 1906 San Francisco earthquake and subsequent catastrophes in her book "A Paradise Built in Hell," Rebecca Solnit concludes that "extraordinary communities arise in disaster." It is commonly thought that when order dissipates, a Hobbesian natural state arises in which people behave as wolves toward one another. The reality, however, is that people who regarded one another with fear when living in the social order created by the state form communities of mutual aid amid the chaos following disaster, a spontaneous type of order that differs from that which exists under the state.

It was this type of community that was born in the aftermath of the Kobe earthquake. Yet Japan’s particular historical experience also came into play. For the ruins of the earthquake strongly evoked the psychological conditions following World War II, when people came together to reflect upon the war and the history of modern Japan that led to it. The "paradise" formed in the wake of the disaster, however, was short-lived, and the memory of the war disappeared along with it.

When order was restored following the Kobe earthquake, the dominant tendency was to try to use the disaster as a business opportunity to effect economic revival. Prime Minister Koizumi encouraged neoliberalist policies all the more, and he trampled on the postwar pacifist constitution by pushing through the dispatch of Self-Defense forces to Iraq. Yet the end result was continuing economic stagnation and a widening gap between rich and poor. As a result, the Liberal Democratic Party, which had held sway for so long, yielded power to the Democratic Party of Japan. Yet the new administration was unable to embark on a new course.

This was the situation in which the recent earthquake occurred. Once more, the disaster evoked the burnt-out ruins after the war. In addition, the crisis at the Fukushima nuclear power plant cannot help but call forth memories of Hiroshima and Nagasaki. Postwar Japanese have had a strong, even excessive, aversion to nuclear weapons and to nuclear power in general. Needless to say, there was strong opposition to the building of nuclear power plants in Japan. Nonetheless, following the oil shocks of the 1970s, the state affirmed and encouraged the development of nuclear power plants. Early campaigns proclaimed the necessity of nuclear power for economic growth, while in recent years it was claimed that nuclear power could help reduce carbon emissions and therefore benefit the environment. That such claims were a form of criminal deception on the part of industry and government has been made all too clear by recent events.

In the ruins of postwar Japan, people reflected upon the path the country had taken in modern times. Standing against the Western powers, modern Japan strived to achieve the status of a great military power. The shattering of this dream in the nation’s defeat led to another goal, to become a great economic power. The ultimate collapse of this ambition has been brought into sharp relief by the recent earthquake. Even without the earthquake, it was fated for destruction. In truth, it is not the Japanese economy alone that is failing. In the early 1970s, global capitalism entered a period of serious recession, and since then it has been unable to overcome the decline in the general rate of profit. Capital has sought a way out of this decline through global financial investment and by extending industrial investment into what had formerly been "third world" regions. The collapse of the former strategy has been exposed by the so-called Lehman shock. Meanwhile, the accelerated development of countries such as China, India, and Brazil, continues. Yet such accelerated growth cannot last long. It is inevitable that wages will rise and a limit on consumption be reached.

For this reason, global capitalism will no doubt become unsustainable in 20 or 30 years. The end of capitalism, however, is not the end of human life. Even without capitalist economic development or competition, people are able to live. Or rather, it is only then that people will, for the first time, truly be able to live. Of course, the capitalist economy will not simply come to an end. Resisting such an outcome, the great powers will no doubt continue to fight over natural resources and markets. Yet I believe that the Japanese should never again choose such a path. Without the recent earthquake, Japan would no doubt have continued its hollow struggle for great power status, but such a dream is now unthinkable and should be abandoned. It is not Japan’s demise that the earthquake has produced, but rather the possibility of its rebirth. It may be that only amid the ruins can people gain the courage to stride down a new path.

Link: Kojin Karatani Official Web Site

(31 de marzo de 2011)


[1Kojin Karatani - Biography

Kojin Karatani was born in 1941 in Amagasaki city, located between Osaka and Kobe. He received his B.A. in economics and M.A. in English literature, both from Tokyo University. Awarded the Gunzo Literary Prize for an essay on Natsume Soseki in 1969, he began working actively as a literary critic, while teaching at Hosei University in Tokyo. In 1975 he was invited to Yale University to teach Japanese literature as a visiting professor, where he became acquainted with Yale critics such as Paul de Man and Fredric Jameson. After publishing "Origins of Modern Japanese Literature" in 1980, Karatani proceeded from literary criticism to more theoretical studies ranging from "Architecture as Metaphor: language, number, money" to "Transcritique: on Kant and Marx. At the same time, he made a political commitment to editing the quarterly journal ’Critical Space’ with Akira Asada. "Critical Space" was the most influential intellectual media in Japan until it folded in 2002. In 2000, Karatani also organized New Associationist Movement (NAM). Since 1990 he has taught regularly at Columbia University as a visiting professor of comparative literature. He has also taught as a visiting professor at Cornell and UCLA. He was a regular member of ANY, the international architects’ conference which was held annually for the last decade of the 20th century. In 2006, Karatani retired from teaching in Japan to devote himself full-time to his lifework.

- Major books

(English)

· Origins of Modern Japanese Literature, Duke University Press,1993

· Architecture as Metaphor; Language, Number, Money, MIT Press,1995

· Transcritique: On Kant and Marx, MIT Press, 2003

(Japanese)

Man in Awe, Tojusha, 1972

Meaning as Illness, Kawadeshobo, 1975

Marx: The Center of Possibilities, Kodansha, 1978

Origins of Modern Japanese literature, Kodansha, 1980

Architecture as Metaphor, Kodansha, 1983

Introspection and Retrospection, Kodansha,1984

Postmodernism and Criticism, Fukutake, 1985

Philosophical Inquiry 1, Kodansha, 1986

Language and Tragedy, Daisanbunmeisha, 1989

Philosophical Inquiry 2, Kodansha,1989

On the ’End’, Fukutake, 1990

Collected Essays on Soseki, Daisanbumeisha, 1992

Materialism as Humor, Chikumashobo, 1993

Thoughts before the war, Bungeishunjusha, 1994

Sakaguchi Ango and Nakagami Kenji, Ohta Press, 1996

Ethics 21, Heibonsha, 2000

Transcritique: On Kant and Marx, Hihyokukansha, 2001.