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Claudio Katz
Argenpress.info, 10 junio 2011, 2 junio 2011, 26 mayo 2011, 17-18-19-20 mayo 2011

Gestión colectiva y asociación económica imperial - El papel imperial de Estados Unidos - El imperialismo contemporáneo - El imperialismo del siglo XXI Capítulo I: La teoría clásica del imperialismo (Partes I, II, III, IV)

Lunes 13 de junio de 2011, por Redacción

Resumen: El imperialismo contemporáneo se caracteriza por una gestión colectiva de la tríada. Existe un interés compartido en desarrollar una administración común bajo la protección norteamericana. Esta pauta se ha verificado en las guerras recientes, que corroboraron la subordinación de Japón y los límites de la autonomía europea. El imperialismo colectivo no implica un manejo equitativo del orden mundial, pero sí asociaciones que modifican radicalmente el viejo escenario de guerras inter-imperiales. Este nuevo marco tiene ciertas semejanzas con el concierto de las naciones de principio del siglo XIX. Las agresiones imperiales conjuntas (guerras globales) coexisten con acciones al servicio específico de cada potencia (guerras hegemónicas). La tendencia norteamericana a convertir a sus socios en vasallos determina muchos pasajes de la primera modalidad a la segunda. Todas las incursiones se implementan con el pretexto de la seguridad colectiva, que ha sustituido a la defensa nacional, como principio rector de la intervención armada. La solidaridad militar entre las potencias y la acción geopolítica coordinada obedece a la existencia de nuevas asociaciones económicas, entre capitales de distinto origen nacional. Este entrelazamiento se explica por el tamaño de los mercados requeridos para desenvolver actividades lucrativas. También expresa el nivel de centralización que alcanzó el capital y se verifica en la mundialización financiera, la internacionalización productiva y la liberalización comercial. El avance de la internacionalización económica no tiene correspondencia directa en el plano estatal. El soporte de este proceso son los viejos estados nacionales, puesto que ninguna entidad global cuenta con sistemas legales, tradiciones sociales y legitimidad política suficiente, para asegurar la reproducción del capital. Esta contradicción genera múltiples desequilibrios. El surgimiento del capitalismo se sostuvo en el estado burgués nacional y no es fácil reemplazarlo por otro organismo, más adaptado a la internacionalización. Esta falta de sincronía genera permanentes tensiones en la coordinación económica, la asociación política y la coerción militar del imperialismo colectivo (Claudio Katz [1].)

Una característica distintiva del imperialismo contemporáneo es la gestión colectiva. Estados Unidos ejercita su superioridad militar, a través de acciones coordinadas con las principales potencias. Mantiene una asociación estratégica en la tríada y actúa en sintonía con sus aliados de Europa y Japón.

Esta política de concertación occidental buscar reforzar la contundencia de las agresiones imperiales. Habitualmente las incursiones pretenden garantizar la apropiación de los recursos naturales de la periferia y asegurar el control de las principales vías del comercio internacional. Algunos autores utilizan el concepto “imperialismo colectivo” para retratar esta nueva modalidad de dominación coordinada [2].

Surgimiento y consolidación

El imperialismo colectivo no introduce mecanismos equitativos en el manejo imperial. Estados Unidos es la fuerza dominante y hace valer su liderazgo en todos los terrenos, para obtener los principales lucros de la gestión conjunta. Al manejar la mitad del gasto bélico global, define cuáles son las operaciones militares prioritarias y dónde deben localizarse las presiones geopolíticas.

Este predominio del Pentágono reafirma la administración jerarquizada y la vigencia de una autoridad que tiene la última palabra. Las responsabilidades son desiguales y los frutos de la dominación se reparten en proporción al lugar que ocupa cada potencia, en la pirámide imperial.

Pero la gestión es colectiva, puesto que existe un interés compartido por todas las potencias del Primer Mundo. Esta convergencia explica la existencia de una asociación que surgió en la posguerra, a partir de la generalizada aceptación del padrinazgo militar estadounidense.

Las relaciones establecidas entre estos países no expresan simplemente la imposición del más fuerte. Reflejan también la demanda de protección que plantearon las clases dominantes de Europa y Japón a Estados Unidos, para enfrentar la insubordinación popular y la crisis socio-política que rodeó al debut de la guerra fría.

Los capitalistas de ambas regiones utilizaron la presencia militar norteamericana como escudo contra la oleada revolucionaria y los peligros del socialismo. Los marines desplegados en su territorio contribuyeron a disciplinar a los trabajadores. Los viejos colonialistas europeos se coaligaron posteriormente con el mismo gendarme, para contrarrestar los levantamientos antiimperialistas de África y Asia.

El pánico suscitado por el proceso de descolonización reforzó este alineamiento y terminó consagrando la primacía del Pentágono, como un dato inamovible del orden mundial. Por esta razón, la alianza militar asimétrica gestada en torno a la OTAN se consolidó, como cimiento de la gestión colectiva.

Estos vínculos no se modificaron con el colapso de la URSS y el ascenso del neoliberalismo. La participación subordinada de Europa y Japón, en las principales acciones globales que propicia Estados Unidos se mantiene sin grandes cambios. La primera potencia define intervenciones imperiales, que los socios suelen avalar. Este patrón quedó reafirmado en las últimas guerras preventivas que lanzó el gendarme norteamericano, para pulverizar los principios de soberanía, con el visto bueno de la tríada. La iniciativa norteamericana y la subordinación de Europa y Japón se verificaron claramente en las agresiones del Golfo, Yugoslavia, Asia Central y Afganistán.

Habitualmente los socios nipones son añadidos a la escalada, sin muchas consultas. Transcurridas seis décadas desde la segunda guerra, las dimensiones del ejército japonés son insignificantes, la presencia de bases yanquis persiste en el país y el Departamento de Estado interviene en las principales decisiones políticas de Tokio. Este curso ha quedado reforzado por el renovado giro pro-norteamericano de las elites. Esta influencia condujo por ejemplo al envío de tropas a Irak.

El caso europeo es más complejo, pero está signado por las mismas pautas de un compromiso transatlántico que monitorea Estados Unidos. En las guerras recientes (Golfo-1991, Serbia -1999, Afganistán-2002, Irak-2003) se mantuvo la norma de contingentes europeos, bajo la dirección operativa norteamericana. La égida de la ONU y la supervisión del Pentágono se han verificado incluso dentro del Viejo Continente (Bosnia, Kosovo).

La asociación militar subordinada se extiende también a la fabricación de armas, que los europeos elaboran con normas compatibles o autorizadas por el Pentágono. Las mismas empresas que compiten en el sector civil (Airbus versus Boeing) están emparentadas en el campo militar. Todos los despliegues de envergadura son consultados con la comandancia estadounidense.

La demorada constitución de un ejército europeo ilustra esta dependencia y las continuadas tensiones dentro de la Comunidad. La unión del Viejo Continente es una construcción híbrida, que alcanzó formas de integración avanzadas en ciertas áreas (moneda) y alcances muy reducidos en otros campos (instituciones políticas). La defensa continúa sometida a responsabilidades exclusivas de cada estado nacional y no existe articulación fuera del ámbito condicionante de la OTAN.

Esta preeminencia de la alianza transatlántica no excluye cierta autonomía operativa, en las regiones que estuvieron tradicionalmente sometidas al manejo directo de Europa. En este campo funciona desde 1992 un pacto, que define los eventuales atributos de una fuerza de acción rápida.

Pero en los hechos, los dos países que concentran el 60% de gasto militar europeo (Gran Bretaña y Francia) tienen bien definido su radio de acción específico (África y ciertas zonas de Europa Oriental). Operan en consonancia con las decisiones de la ONU y las prioridades de la OTAN. Algunos autores denominan “alter-imperialismo” a esta combinación de subordinación y autonomía, que rige la política de las viejas potencias coloniales, actualmente atadas a la primacía norteamericana [3].

El sentido de un concepto

El predominio norteamericano en la gestión imperial abre serios interrogantes sobre el carácter colectivo de esa administración. ¿Qué grado de acción tripartita existe en un bloque sometido al dictado de un mandante militar?

El término “imperialismo colectivo” puede sugerir que la tríada es un sistema de peso equivalente entre Estados Unidos, Europa y Japón, cuando es evidente la primacía del Pentágono. Por esta razón existen objeciones a la teoría de la gestión conjunta, que resaltan la asimetría impuesta por un gendarme, que despliega su poder ante los restantes miembros de la OTAN. Esta caracterización destaca que Japón actúa como un satélite y Europa sólo goza de una restrictiva autonomía regional [4].

Pero el concepto de imperialismo colectivo no implica una administración equitativa de los asuntos mundiales. La denominación puede brindar esa errónea imagen, pero constituye una categoría destinada a clarificar otros problemas. Reconoce sin vacilaciones que en la gerencia imperial los directivos norteamericanos están ubicados en la cúspide y los decisores europeos o japoneses ocupan rangos de menor relevancia.

Pero este escalafón jerarquizado no anula la existencia de un manejo conjunto. El imperialismo colectivo implica vigencia de estos rasgos de asociación. Europa y Japón actúan en común con Estados Unidos y no bajo la imposición de una bota norteamericana. Las clases dominantes de ambas regiones no son títeres del Departamento de Estado, ni siguen órdenes de la embajada yanqui, como por ejemplo ocurrió en el 2010 con la oligarquía golpista de Honduras. Actúan junto al hermano mayor, sin adoptar un comportamiento de satélites.

Estas precisiones son importantes para clarificar las diferencias existentes entre el imperialismo contemporáneo y su precedente clásico. En la actualidad rige una modalidad colectiva, que sustituye los viejos conflictos plurales por una administración conjunta. Este cambio aleja la posibilidad de guerras inter-imperialistas.

En la nueva configuración imperial, una potencia dominante actúa junto a un número significativo de socios subordinados. El viejo imperialismo estado-céntrico se ha convertido en un sistema interestatal, que opera como un bloque de estados conectados a la egida dominante de Estados Unidos.

Esta forma de gestión implica una ruptura de la prolongada historia de conflagraciones inter-imperialistas. Las viejas potencias que guerreaban entre sí hasta la primera mitad del siglo XX, ahora actúan en forma concertada. No dirimen sus diferencias en el terreno bélico, sino en un marco acotado de rivalidades económicas y políticas. La pugna entre distintos estados con intereses divergentes persiste, pero esas tensiones ya no tienen resolución militar.

Este viraje modifica sustancialmente los protagonistas y escenarios de las guerras. El arsenal de Occidente es utilizado en común, para asegurar el despojo imperial y el Tercer Mundo se ha transformado en un epicentro de matanzas, que consuman las potencias en forma coaligada.

La gestión colectiva imperial inaugura un contexto histórico inédito. La ausencia de conflagraciones entre grandes países coexiste con la superioridad reconocida de la primera potencia. En ciertos planos, este contexto tiene puntos en común con la era de pacificación pos-napoleónica, que lideró Gran Bretaña entre 1830 y 1870.

Los autores que han trazado esta comparación, subrayan los parecidos existentes entre el “Concierto de las Potencias” (que definió los equilibrios militares a principio del siglo XIX) con el monopolio de armas nucleares, que gestiona el Consejo de Seguridad de la ONU. Resaltan las semejanzas entre el proceso de restauración que consagró el Congreso de Viena, con la involución generada por el desplome del ex campo socialista. También señalan analogías entre la pentarquía, que construyó hace dos centurias un orden contrarrevolucionario (Rusia, Prusia. Austria, Inglaterra y Francia) y la coordinación que rige bajo el imperialismo contemporáneo [5].

El equilibrio del siglo XIX se rompió al calor de la expansión capitalista, que reabrió las rivalidades bélicas. El ascenso de Prusia erosionó primero la hegemonía de Inglaterra y desembocó posteriormente en la Primera Guerra Mundial. La segunda conflagración internacional fue más demoledora y puso en peligro la propia supervivencia del capitalismo.

Las clases dominantes emergieron aterrorizadas de estas experiencias y son muy conscientes de los peligros que rodean a esos enfrentamientos. Por esta razón forjaron un sistema de protección bajo el mando estadounidense e introdujeron una forma de manejo imperial colectivo, que perdura hasta la actualidad.

Guerras globales y hegemónicas

El sistema que erigieron las grandes potencias diluye el peligro de guerras inter-imperiales, pero está sometido a otras tensiones. Un factor de permanente inestabilidad es la tendencia norteamericana a transformar su primacía en control mayúsculo. Cada agresión concertada de la tríada contra algún blanco de la periferia, contiene siempre una advertencia implícita del Pentágono contra sus aliados. Estas amenazas socavan la consistencia de la gestión conjunta.

Estados Unidos necesita intensificar su acción militar global para hacer visible su superioridad militar. No puede usufructuar de su ventaja, si las mantiene siempre en reserva. Está compelido a utilizar además toda su artillería, para contrarrestar la pérdida de superioridad comercial e industrial. La agresividad norteamericana no quiebra al imperialismo colectivo, pero afecta su desenvolvimiento.

La tríada funciona sobre un cimiento de asimetrías militares que perturban la coordinación imperial. Esta contradicción se verifica en los conflictos que se desarrollan como guerras globales y los choques que dan lugar a guerras hegemónicas. Mientras que el primer tipo de confrontaciones emerge de acciones conjuntas, el segundo tipo de pugnas consuma agresiones instrumentadas por cada potencia, al servicio de sus propios intereses.

Las guerras globales se diferencian en forma muy nítida de las viejas sangrías imperialistas. Implican acciones compartidas por todos los aliados, especialmente contra los países de la periferia. Incluyen un amplio despliegue militar, que es justificado con apelaciones a garantizar la “seguridad”.

Este último concepto es polimorfo y diluye las diferencias clásicas entre defensa exterior (ejército) y control interno (policía). Está dirigido contra enemigos difusos (“terrorismo”), que no tienen localización geográfica definida (“narcotráfico”). El argumento de la seguridad es utilizado para tornar porosas las fronteras e implementar guerras preventivas, que se sustentan en justificaciones imprecisas.

Las guerras globales son materializadas en nombre de un principio más amplio de “la seguridad colectiva”. Este criterio relega la defensa tradicional del territorio, como argumento central de la acción bélica. Se afirma que las mafias operan a escala mundial y deben ser combatidas en el mismo plano. Se estima que la globalización de la violencia torna obsoletos los antiguos principios de defensa nacional.

Pero en los hechos la “seguridad global” está en manos de la OTAN o del Consejo de Seguridad de la ONU y es utilizada de pretexto por las potencias imperialistas, para concertar alguna agresión. Con este argumento se implementaron, las guerras consensuadas de la era Clinton y la primera guerra del Golfo. La alianza que se forjó para llevar cabo ese desembarco incluyó a 26 países, tuvo asegurada una financiación repartida, contó con el visto bueno de todas las elites y siguió la escalada prescrita por la diplomacia imperial.

Estas incursiones multilaterales se llevan a la práctica, habitualmente, con algún estandarte de “intervención humanitaria” (Yugoslavia, Haití). Son precedidas por advertencias de la “comunidad internacional”, que alega alguna violación del derecho internacional. No exigen los acuerdos puntuales entre las potencias que se tramitaban en el pasado (dentro de la Sociedad de Naciones). Se procesan constantemente en los organismos permanentes que surgieron de la Segunda Guerra (Consejo de seguridad de la ONU).

Las guerras globales modifican sustancialmente la dinámica tradicional de las conflagraciones inter-estatales. Se basan en nuevos principios de intervención, regulados a escala mundial. Sustituyen parcialmente la función histórica que conservaba cada estado, para organizar de la guerra en función de sus propios criterios de soberanía territorial. Estos fundamentos han quedado reemplazados por una acción capitalista colectiva contra las insubordinaciones sociales y los peligros geopolíticos.

Pero el carácter global de estas intervenciones queda invariablemente socavado por el comando que ejerce Estados Unidos. Con una red de 51 instalaciones globales para realizar desplazamientos diarios de 60.000 efectivos en 100 países, la primera potencia tiende a convertir las acciones globales en incursiones propias.

En muchos casos Estados Unidos implementa directamente atropellos unilaterales para reafirmar su dominación. Estas iniciativas se consuman en las regiones que considera propias (Panamá, Granada) y en las zonas que incluyen recursos o localizaciones estratégicas. La invasión a Irak que realizó Bush II constituyó un ejemplo de esta variante de agresiones. Actualizó las incursiones concebidas por Reagan en los años 80, para restablecer la primacía norteamericana con explícitos actos de provocación.

Las guerras hegemónicas constituyen también un producto de la tendencia norteamericana a imponer sus propias exigencias y necesidades a todos sus socios. La primera potencia busca controlar a sus aliados, evitando conflictos dentro del mismo campo. Pero las acciones unilaterales que desarrolla contra terceros, son también advertencias contra los miembros de su propio campo. Esta duplicidad conduce a transformar muchas operaciones conjuntas en incursiones propias.

La guerra imperial común iniciada en el Golfo derivó por ejemplo en una guerra hegemónica de Estados Unidos en Irak. Aquí fue visible el giro del interés colectivo inicial hacia una pretensión propiamente norteamericana.

Este desemboque obedece a distintas razones. A veces surge del fracaso de los operativos, en otros casos deriva de ambiciones específicamente estadounidenses y en ciertas circunstancias es un resultado de la simple dinámica de la agresión. Los voceros de políticas más pluralistas (Kissinger, Nye) y más hegemónica (Huntington) se suceden, en función del perfil que asume cada conflicto.

El imperialismo colectivo opera mediante una mixtura de guerras globales. Resulta imposible sostener el primer tipo de operaciones sin la conducción norteamericana y es muy difícil mantener la segunda variante, sin alguna colaboración de los socios de la tríada.

Asociación y mundialización

La solidaridad militar entre las potencias y la acción geopolítica coordinada que impera bajo el imperialismo actual, también obedece a la existencia de nuevas asociaciones económicas entre capitales de distinto origen nacional. Estos entrelazamientos han influido significativamente en el giro del conflicto inter-imperial, hacia las políticas compartidas que se verifican desde posguerra. La amalgama económica acota las tensiones entre los viejos contrincantes e induce a procesar las diferencias en un marco común.

El origen de esta internacionalización del capital fue el sostén norteamericano a la reconstrucción de los países derrotados después de la segunda guerra. Estados Unidos no desmanteló la industria, ni sepultó los avances tecnológicos de sus adversarios, sino que les concedió créditos para forjar el marco asociado. Aunque el propósito principal de este apuntalamiento era contener el avance soviético, el auxilio americano favoreció la gestación del patrón económico que singulariza al imperialismo colectivo.

La reindustrialización conjunta y la constitución de formas de consumo compartidos afianzaron la interdependencia de la tríada. Se forjó un abastecimiento concertado de materias primas y un desenvolvimiento extra-territorial de empresas multinacionales, en áreas monetarias compatibles.

Cuando la reconstitución de posguerra concluyó y reapareció la rivalidad entre las potencias, salieron también a flote los límites de esta coexistencia. Estados Unidos hizo valer su primacía militar para conservar ventajas, pero nunca llevó esta presión a situaciones de ruptura.

Las empresas chocaron por el control de los principales negocios, pero en un marco de mutua penetración de los mercados. La incidencia inicial de las firmas norteamericanas en Europa y Japón fue sucedida posteriormente por un proceso inverso de gran presencia de inversores y capitales externos en la economía estadounidense.

Estados Unidos recurrió al señorazgo del dólar y a la unilateralidad comercial y sus socios respondieron con aumentos de competitividad, que acentuaron los problemas de la primera potencia. Pero nadie quebrantó el nuevo marco de internacionalización económica conjunta. Las presiones más fuertes hacia el mercantilismo quedaron frenadas por la magnitud de las inversiones, que las empresas localizaron en los mercados de sus rivales.

El mantenimiento de esta asociación se explica también por el tamaño de los mercados actualmente requeridos para desenvolver actividades lucrativas. Las grandes corporaciones necesitan actuar sobre estructuras de clientes, que desbordan las viejas escalas nacionales de producción y venta. La compulsión competitiva no sólo obliga a incursionar en el exterior, sino que impone una presencia permanente en los mercados foráneos. La gigantesca dimensión de estas operaciones crea entre los propios competidores, un fuerte sentimiento de preservación de la actividad global.

Por esta razón la asociación internacional de capitales presenta un carácter perdurable. Más allá de los vaivenes coyunturales, esta interpenetración expresa el elevado nivel de centralización que alcanzó el capital. Las empresas necesitan sostener la escala de su producción, con inversiones repartidas en varios países, a través de convenios de abastecimientos situados en muchas regiones. La internacionalización es un resultado de estas exigencias.

La manifestación más visible de este entrelazamiento es la gravitación alcanzada por las empresas transnacionales. Unas 200 compañías de este tipo controlan un tercio de la producción y el 70 % del comercio mundial. Gestionan el 75 % de las principales inversiones y casi todas las transacciones de productos básicos. Se ha estimado que un hipotético país conformado por estas compañías ocuparía el octavo lugar en un ranking del poder económico y contaría con un PBI superior al vigente en 150 países. La “fábrica mundial” y el “producto mundial” no son la norma actual, pero constituye una tendencia del capitalismo contemporáneo [6].

Estas compañías compiten entre sí, mediante segmentaciones productivas y especializaciones tecnológicas, para usufructuar de la explotación de la fuerza de trabajo. Protagonizan intensas carreras para reducir costos y ampliar las ganancias. Pero necesitan conservar un marco de convivencia global para sostener esta batalla.

La ofensiva del capital contra el trabajo que consumó el neoliberalismo reforzó esta asociación de capitales en los tres terrenos de mundialización financiero, internacionalización productiva y liberalización comercial. Este proceso es congruente con otras tendencias globalizantes, como la homogenización del consumo, los agro-negocios, las articulaciones fabriles y la deslocalización de la producción y los servicios.

Este salto de la mundialización constituye una transformación clave de la economía capitalista. Los cuestionamientos a la presentación apologética de este viraje -como un destino inexorable o favorable al progreso de la humanidad- no deben conducir a la negar su ocurrencia. Tal como sucedió en etapas precedentes capitalismo, un período de estabilización político-económica bajo el padrinazgo de la potencia dominante, facilita las transformaciones cualitativas del sistema. En el periodo actual la asociación económica apuntaló la gestión imperial conjunta.

Coordinación acotada

El significativo avance que se ha registrado en la internacionalización económica no tiene correspondencia directa en el plano estatal. Hay mayor asociación productiva, comercial y financiera, sin contraparte institucional. Sólo existe una variedad limitada de organismos globalizados (FMI, OMC, BM), en un marco de instituciones regionalizadas (UE, ASEAN, MERCOSUR, NAFTA). El soporte real de estas estructuras son los viejos aparatos estatales, que operan a escala nacional.

Este escenario ilustra el alcance limitado de una mundialización que avanza sin desbordar ciertas fronteras. Hay mayor movilidad de los capitales financieros, pero en radios controlados por los distintos países. El comercio internacional ha crecido por encima de la producción, pero mediante intercambios que atraviesan las aduanas. Las empresas transnacionales actúan en todo el planeta, pero amoldadas a las regulaciones que fija cada estado.

Los dueños de estas compañías mantienen sus pertenencias de origen y operan dentro de sistemas productivos, que utilizan parámetros de competitividad nacional. Estos indicadores influyen sobre el perfil que asumen todas las compañías.

Los estados nacionales persisten, por lo tanto, como un pilar subyacente de la nueva estructura crecientemente globalizada. Esos organismos continúan actuando como mediadores de la actividad económica y como coordinadores del imperialismo colectivo. A diferencia de pasado, las políticas económicas nacionales están sujetas a convenios y condicionamientos multilaterales. Pero el FMI o la OMC sólo pueden instrumentar sus propuestas, a través de los ministerios y los funcionarios de cada país.

Esta perdurabilidad de los estados nacionales obedece a su rol insustituible en la gestión de la fuerza de trabajo. Sólo partidos, sindicatos y parlamentos nacionales pueden negociar salarios, garantizar la estabilidad social y monitorear la segmentación laboral, que requiere el capitalismo.

Únicamente las instituciones que operan bajo el paraguas de los estados nacionales pueden negociar contratos, discutir despidos y limitar las huelgas que obstruyen la acumulación. Ninguna entidad global cuenta con sistemas legales, tradiciones sociales o legitimidad política suficiente, para asegurar esa disciplina de la fuerza laboral.

Esta gravitación de los estados nacionales -en un marco de creciente globalización- obedece, en parte, a la ausencia de burguesías mundiales. Hay mayor entrelazamiento de las clases dominantes de distintos países, pero no existen bloques transnacionales indistintos. Las convergencias multinacionales no han disuelto las viejas pertenencias, que aún cohesionan a los banqueros, a los industriales y a los rentistas. Esos alineamientos entre connacionales persisten, en un contexto de nueva gestión internacionalizada de los negocios.

Las viejas solidaridades de origen no han quedado sustituidas por los nuevos conglomerados transfronterizos. Lo que existe es una mayor integración mundial de actividades económicas, que genera afinidad de compromisos políticos-militares.

Pero estas asociaciones operan en el marco de los estados nacionales existentes, a través de cambios en el balance de fuerzas, entre los sectores locales y globalizados de cada grupo dominante. Estos equilibrios difieren sustancialmente en las distintas regiones.

En Estados Unidos se afirma la gravitación de los segmentos internacionalizados, pero persiste la incidencia de los grupos dependientes del mercado local. En Europa se está construyendo una clase capitalista continental, con distintos vínculos de asociación extra-regional en cada país. En Canadá, Suiza u Holanda el nivel de entrelazamiento mundial de los dominadores supera el promedio general y en Japón se sitúa por debajo de esa media.

Estas diferencias retratan la inexistencia de un proceso uniforme de transnacionalización. Demuestran el carácter sinuoso de un proceso, que continúa mediado por la ubicación que mantiene cada estado, en el concierto internacional de las naciones.

Los ritmos de mundialización de cada grupo dominante dependen a su vez de la inclinación transnacional de las capas gerenciales y burocráticas de cada país. El giro mundialista es más pronunciado en los altos funcionarios y directivos que comparten costumbres cosmopolitas.

Cuanto mayor es la responsabilidad de estos sectores en las empresas transnacionales o en los organismos internacionales, menor afinidad mantienen con su vieja pertenencia nacional. Frecuentemente preservan una identidad dual. Pero esta evolución no se extiende al grueso de las clases dominantes.

El proceso de integración multinacional se mantiene sujeto a las mediaciones de los viejos aparatos estatales, generando grandes contrasentidos. Las clases dominantes utilizan, por ejemplo, el discurso de la globalización para atropellar a la clase obrera, pero bloquean la extensión de este principio a la libre movilidad de los asalariados. Aceptan la mundialización del capital, pero no del trabajo. Promueven la internacionalización de los negocios, pero rechazan su aplicación a cualquier acto de solidaridad social. Esta dualidad constituye tan sólo una muestra de las nuevas contradicciones en curso.

Límites y dimensiones

El imperialismo ha globalizado su acción, en un marco de rivalidades continuadas y pertenencias a estados diferenciados. Esta gestión común ha modificado las formas de la dominación, que en el pasado se conjugaban en plural (choque de potencias), en la actualidad se verbalizan en singular.

Hay un imperialismo colectivo en el centro de la escena internacional. Pero la inexistencia de un estado mundial preserva la gravitación de las instituciones nacionales. La reproducción internacionalizada del capitalismo continúa desenvolviéndose por medio de múltiples estados. Esta convivencia demuestra que no existe una relación mecánica, entre la integración global de los capitales y surgimiento de un estado planetario. Las propias fracciones internacionalizadas necesitan utilizar la antigua estructura estatal, para viabilizar políticas favorables a su inserción global.

Sólo desde esa plataforma pueden impulsar leyes que liberalicen la entrada y salida de los fondos financieros, medidas favorables a la reducción de los aranceles y políticas de promoción de las inversiones foráneas. No existe ningún otro mecanismo para instrumentar esas iniciativas. Únicamente las burocracias nacionales pueden promover o bloquear esos procesos.

Un resultado paradójico de la mundialización en curso es esta dependencia de las reglas vigentes en cada territorio. Ningún organismo multilateral puede asegurar la estabilidad de los negocios, sin el auxilio de legales o coercitivos tradicionales.

El estado burgués nacional es la construcción histórica que sostuvo el surgimiento del capitalismo. Esa entidad fijó todas las normas que rigen la competencia por beneficios surgidos de la explotación. No es fácil reemplazar ese organismo por otro más adaptado a la internacionalización que ha registrado el sistema. Esta falta de sincronía entre la mundialización del capital y sus equivalentes en terreno de las clases y los estados, genera permanente tensiones.

Hay mayor coordinación económica, pero los representantes políticos de los distintos estados no traducen directamente el interés transnacional de las empresas asociadas. Como todas negociaciones se procesan a través de mediaciones variadas, siempre emerge alguna disonancia. Incluso las convergencias económicas que se alcanzan en la OMC, el BM o el FMI, no tienen contrapartida directa en la ONU o el G 7. En última instancia, la creciente mundialización choca con rivalidades económicas, que socavan los paraguas políticos de esa internacionalización.

Este escenario de constantes desequilibrios fragiliza los organismos multilaterales, desestabiliza a los estados nacionales y reduce la legitimidad de todos los artífices de la mundialización. Los obstáculos que actualmente enfrenta el imperialismo colectivo provienen de ese debilitamiento.

Para cumplir con la meta neoliberal de internacionalizar los negocios atropellando a los trabajadores, los estados nacionales redujeron en las últimas décadas todas las conquistas de posguerra. Rentabilizaron los negocios, pero quebrantaron la autoridad burguesa acumulada durante la era de concesiones sociales. El resultado de esta gestión regresiva es una pérdida de legitimidad, que socava el propio sustento social que requiere la reproducción del capital.

Esta erosión se acentúa día a día con la delegación de facultades nacionales hacia los organismos supranacionales. Estas transferencias corroen las viejas soberanías, a medida que irrumpe el nuevo poder de decisión que asumen las instituciones regionales o globales. Un proceso destinado a fortalecer la mundialización termina deteriorando este objetivo, al amputar la autoridad a los viejos estados que sostienen la internacionalización en curso.

El capitalismo contemporáneo se encuentra sometido a una presión mundializante que acentúa los desequilibrios del sistema. La compulsión a expandir la acumulación a todos los rincones del planeta está afectada por los obstáculos que genera esa universalización. Por esta razón, las formas de gestión económica asociada que facilita el imperialismo colectivo están permanentemente obstruidas por tensiones geopolíticas.

La imagen armónica de la globalización como una sucesión de equilibrios mercantiles planetarios, sólo existe en la ensoñación neoliberal. El capitalismo realmente existente está acosado por tensiones intensas, que exigen la intervención imperial para asegurar la continuidad del sistema. Sin marines, pactos del G 20 y ultimátum de la ONU, ninguna empresa transnacional podría garantizar su actividad.

El imperialismo contemporáneo utiliza la violencia para brindar el mínimo de estabilidad que requiere la internacionalización del capital. Desenvuelve esta función en una triple dimensión de coordinación de económica, asociación política y coerción militar. Es importante registrar estas variadas dimensiones, para evitar las caracterizaciones unilaterales del fenómeno.

Cuando se denuncian sólo las atrocidades bélicas resulta posible suscitar la indignación colectiva, pero no se esclarecen las motivaciones geopolíticas, ni la lógica económica de estas tragedias. Cuando se pone el acento sólo en la perfidia de la diplomacia tradicional, queda ensombrecido el sostén militar y los intereses financieros e industriales que motivan el accionar imperialista. Cuando se resaltan únicamente los propósitos de lucro, no se capta la amplia gama de recursos políticos y armados que utilizan las potencias, para imponer sus prioridades.

En última instancia una visión totalizadora del imperialismo contemporáneo presupone una comprensión igualmente abarcadora del capitalismo actual. Las carencias en uno u otro terreno impiden entender la dinámica del sistema vigente.

Lo esencial es notar que el imperialismo contemporáneo incluye una gestión colectiva de la triada bajo la protección militar norteamericana. Esta preeminencia impide un manejo equitativo del orden mundial, pero introduce formas de administración que sustituyen el viejo escenario de guerras inter-imperiales por una combinación de de incursiones conjuntas y agresiones específicas de cada potencia. Esta solidaridad militar obedece, a su vez, al peso alcanzado por nuevas asociaciones económicas entre capitales de distinto origen nacional. Para comprender esta evolución es muy útil observar lo ocurrido en la última década.

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El papel imperial de Estados Unidos [7]

Resumen: El imperialismo contemporáneo se sostiene en la protección internacional que brinda el gendarme norteamericano a todas las clases dominantes. Estados Unidos actúa como un sheriff global para confrontar con la insurgencia popular y la inestabilidad geopolítica. Como la primera potencia garantiza la reproducción mundial del capital, obtiene un gran financiamiento externo acumulando desequilibrios, que serían inadmisibles para cualquier otro país. La supremacía del Pentágono determina la gravitación de Wall Street, el dólar y los Bonos del Tesoro. El estado norteamericano ha internacionalizado su actividad, a través de instituciones que actúan de manera conjunta en la esfera nacional y mundial. Mantiene además, vínculos privilegiados con todas las elites del planeta y armoniza los intereses de las empresas locales y mundializadas. La supremacía imperial se apoya en una ideología americanista de coerción, que diaboliza a los cambiantes enemigos y naturaliza el ejercicio de la violencia. Este imperialismo cultural se expande celebrando el mercado y exaltando el individualismo competitivo. El americanismo tiene un doble sustento de belicismo e hipocresía. El uso de la fuerza y la búsqueda de consentimientos se alternan en función de cada coyuntura internacional. Las peculiaridades del imperialismo estadounidense obedecen a un origen no colonialista, que sustituyó el anexionismo por la presión militar y el sometimiento económico. La efectividad de la superioridad militar estadounidense es dudosa. Existen crecientes contradicciones entre la voluntad, la tentación y la capacidad hegemónica, en un contexto de segmentación económica y fractura social. Cada acción desestabiliza, además, las relaciones de competencia y cooperación con los socios. El imperialismo contemporáneo afronta fuertes desfasajes. La superioridad militar coexiste con gran diversidad de competidores económicos y creciente dispersión del poder político.

El principal sostén del imperialismo contemporáneo es la intervención militar norteamericana. El gendarme estadounidense desenvuelve sus acciones a través de un sistema de bases militares (entre 700 y 1000), distribuidas en 130 países. Desde estas instalaciones resulta posible desplegar acciones bélicas coordinadas, en todos los rincones del planeta. La presencia global que asegura este dispositivo no tiene precedentes en la historia.

El sheriff del planeta

A pesar de contar con el 5 % de la población mundial, Estados Unidos maneja el 40% del gasto militar planetario. Este control indisputado de las fuerzas militares occidentales surgió del desenlace de la segunda guerra. El país emergió como una superpotencia vencedora, encargada de garantizar la supremacía capitalista sobre el adversario soviético. Desde ese momento todos los gobiernos norteamericanos han propiciado algún tipo de tensiones bélicas, frente a cada desafío de algún competidor.

Con esta finalidad priorizan el uso militar de las innovaciones tecnológicas y desarrollan una política de amenazas en el terreno atómico. Mediante estas presiones mantienen la superioridad bélica sobre sus viejos enemigos de la guerra fría y sobre cualquier contendiente potencial.

El militarismo norteamericano es amedrentador y se basa en una cultura de la violencia interna que se proyecta hacia el exterior. La tradición de conquistas fronterizas, el uso habitual de las armas, la privatización de la seguridad y la brutalidad del complejo carcelario signaron la historia de un país, que actúa como sheriff internacional.

Esta supremacía militar constituye un rasgo distintivo del imperialismo contemporáneo, en comparación al precedente clásico. Explica en gran medida la ausencia de conflagraciones inter-imperiales y el grado de asociación mundial de capitales.

La principal función del arsenal norteamericano es garantizar la reproducción capitalista en todo el orbe. Cumple una función de protección, que cuenta con el visto bueno de todas las clases dominantes. Estos sectores observan al garante estadounidense como un respaldo de última instancia, frente a la insurgencia popular o la inestabilidad geopolítica.

Este sostén se materializa en una red de alianzas, que le permite al Pentágono ejecutar sus acciones internacionales a través de organismos formalmente asociados (OTAN). Esas instituciones disfrazan el control norteamericano de las decisiones militares, mediante despliegues de efectivos con máscaras de neutralidad (Cascos Azules).

Este arrollador liderazgo bélico determina la influencia gravitante que ejerce Estados Unidos en los principales organismos internacionales (Consejo de Seguridad de la ONU). Otras instancias más informales (G 20) dependen también de las convocatorias y agendas, que establece la primera potencia.

El Pentágono y Wall Street

El sostenimiento financiero de la estructura militar norteamericana se internacionalizó en las últimas décadas. A diferencia de la posguerra, el complejo industrial-militar ya no cubre sus gastos mediante la recolección de impuestos internos. Como el resto de la actividad estatal, depende de la continuada absorción de los capitales externos, que solventan un déficit fiscal monumental.

La primera potencia socorre militarmente a sus aliados y garantiza la reproducción global del capital. Pero solventa su actividad con préstamos externos y necesita, por lo tanto, exhibir solidez bélica. Esta combinación de exigencias conduce a un reforzamiento constante de la apuesta armamentista, como única forma de asegurar la afluencia de capitales foráneos a la economía norteamericana. La colocación exitosa de bonos del tesoro exige una persistente sucesión de agresiones, que a su vez aceitan la financiación de nuevas matanzas.

Estados Unidos mantiene un lugar preeminente en la economía mundial. Sus empresas lideran numerosos sectores, se encuentran altamente internacionalizadas y comandan la innovación tecnológica. El país cuenta con una poderosa infraestructura, exporta productos alimenticios básicos y preserva el sistema financiero más gravitante del planeta. Pero a diferencia del pasado es también el principal deudor mundial y utiliza su abrumadora superioridad bélica para transferir desequilibrios a otros países.

Este mecanismo opera especialmente en el plano financiero. El potencial militar yanqui brinda seguridades a un sistema bancario de gran proyección internacional. Las entidades norteamericanas fijan las pautas globales no solo por su gravitación específica, sino también por la percepción de solvencia político-militar que transmiten al conjunto de los inversores. La confianza en el Citibank o el Bank of America está muy conectada con la credibilidad que trasmite el Departamento de Estado.

En este mismo cimiento se apoya también la capacidad del dólar para definir tipos de cambio, la incidencia de la Reserva Federal para determinar las tasas de interés y la influencia de Wall Street para fijar la tónica bursátil internacional. En los períodos de crisis esta función de garante del capital se acrecienta y los capitales temerosos emprenden vuelo hacia los refugios que ofrecen el billete, los bonos o las acciones norteamericanas.

Ningún otro país brinda a los capitalistas la dupla de garantías que genera la hermandad entre el Pentágono y Wall Street. En este campo, Estados Unidos detenta una ventaja mayúscula. La supremacía militar es un recurso de mayor impacto general, que la eficiencia de un banco o el rédito de una tasa de interés.

Solo el lugar imperial que mantiene Estados Unidos explica la inusitada absorción de capitales por parte de una economía con altísimo déficit comercial, desequilibrio fiscal, importaciones masivas y alto consumo. Ningún otro país podría sostener esta explosiva mixtura de desajustes.

Los desequilibrios norteamericanos han sido muy útiles para los proveedores y prestamistas del país. Pero han creado riesgosos desbalances, que exigen mayor confiabilidad político-militar en la primera potencia. Nadie vende a un comprador endeudado, ni renueva el crédito a un cliente en rojo, si el adquiriente no cuenta con alguna cualidad que justifique operar en la cornisa. El poderío bélico norteamericano es el principal atributo que explica esa continuidad, especialmente en las últimas tres décadas de neoliberalismo.

Un Estado internacionalizado

Estados Unidos desenvuelve un rol imperial por medio de un estado que protege a todas las clases dominantes del planeta. Ese organismo ha internacionalizado su actividad a lo largo del siglo XX, mediante una creciente simbiosis de organismos nacionales y globales. Esta combinación le permite intervenir directamente en la reproducción mundial del capital, mediante una red de instituciones que nunca operó en las potencias imperialistas precedentes [8].

La articulación entre funcionamiento interno y coordinación externa se gestó durante la conversión de Estados Unidos en potencia dominante. Los principales organismos del país conectaron el monitoreo de la dinámica local con el sostenimiento del orden internacional e influyeron por esta vía para garantizar el desenvolvimiento global del capitalismo.

Este enlace es ampliamente visible en el terreno militar. En Washington se definen los movimientos ejecutados en bases marítimas y aéreas, que están localizadas en todo el planeta. La OTAN instrumenta las prioridades del Pentágono, la CIA espía a todos los gobiernos y los marines entrenan a efectivos de todos los países aliados. El manejo de casi la mitad del presupuesto bélico mundial conduce a una gestión simultánea de los gastos internos de seguridad y las erogaciones exteriores de defensa. La protección fronteriza está permanentemente combinada con la intervención planetaria.

Este protagonismo global del aparato estatal estadounidense se extiende a todas las áreas de la economía, mediante una administración global de la moneda, las finanzas y el circuito bursátil. La cotización del dólar, las definiciones de la Reserva Federal y el comportamiento cotidiano de Wall Street ejercen un impacto decisivo sobre la coyuntura internacional. Lo que decide un alto funcionario norteamericano afecta a los mercados internacionales.

Este empalme de gestión nacional e internacional en el seno de un mismo estado es más evidente en el terreno geopolítico. El visto bueno o el veto que Washington transmite a sus pares de otros países es siempre crucial. Ese poder puede observarse siguiendo la actitud de los legisladores republicanos y demócratas en el Congreso. En ese organismo se debaten iniciativas para el resto del mundo, con la misma naturalidad que se auspician reglamentos o leyes estadounidenses.

Esta misma postura adoptan los mandatarios norteamericanos a la hora de transmitir consejos, preocupaciones o exigencias a otros países. Frente a cada convulsión internacional, los medios de comunicación priorizan la divulgación de la opinión presidencial estadounidense. Este comportamiento es tan usual, que ya nadie se interroga sobre el carácter anómalo de esa reacción. El escenario inverso de un líder europeo, asiático, africano o latinoamericano opinando sobre lo que debería hacer el gigante del Norte es simplemente impensable.

La primera potencia ensambla intereses nacionales y mundiales, a través de una compleja estructura de asociaciones económicas, geopolíticas y financieras. Estas entidades vinculan al establishment norteamericano con sus colegas de otras regiones, aprovechando la prioridad que asignan las elites de todo el planeta a su relación con Estados Unidos.

La simbiosis nacional-mundial del estado norteamericano cobra forma a través de instituciones económicas (Tesoro, Reserva Federal, Departamento de Agricultura, nexos con el FMI y las multinacionales), militares (Pentágono, CIA, FBI) y culturales (fundaciones, universidades, embajadas). Mediante intensas disputas por cuotas de poder, recursos y personal, estos organismos definen las estrategias que deberán prevalecer en cada circunstancia internacional. Resoluciones decisivas para las marcha de los asuntos mundiales emergen de este proceso de selección de alternativas, al interior del aparato estatal norteamericano.

En los períodos de estabilidad, las disidencias que suscita la adopción de estas políticas permanecen en las sombra o se concilian mediante fórmulas de consenso. Por el contrario, en las coyunturas críticas, las desinteligencias emergen a la superficie y son expuestas públicamente por la prensa, para zanjar la primacía de las orientaciones en disputa.

Este tipo de controversias no guarda el menor parentesco con la vigencia de la democracia, puesto que el debate busca desentrañar la efectividad de las distintas estrategias imperiales. En las discusiones sobre la forma de dirimir una guerra (Vietnam, Irak, Afganistán), nunca se contemplan los intereses genuinos del pueblo estadounidense.

La estructura estatal norteamericana conjuga en forma inédita, la coordinación externa con la cohesión interna. Al cabo de un largo proceso de internacionalización, ese organismo articula el poder nacional con la intervención mundial. Esta acción toma en cuenta también la necesaria convivencia de las empresas locales con las firmas globalizadas. El primer grupo prioriza el desenvolvimiento del mercado interno y el segundo los negocios foráneos.

Ambas fracciones tradicionalmente protagonizaron tensiones, que se reflejaron en políticas de mayor aislamiento o intervención mundial. Desde la posguerra el balance de fuerzas se ha inclinado a favor del segmento globalizado, pero sin neutralizar por completo la resistencia de sus oponentes. Los grupos mundializados actúan dentro de un aparato de raíces locales y amoldan los requerimientos de la acción imperial a esa estructura nacional-estatal.

El impacto del americanismo

Un importante cimiento de la supremacía imperial estadounidense se localiza en el plano ideológico. La justificación americanista del intervencionismo irrumpió en la posguerra, cobró importancia durante la guerra fría y se ha renovado en las últimas décadas. Renueva los mitos que inicialmente contraponían el bienestar y el pluralismo del “mundo libre”, con la escasez y el totalitarismo del “comunismo”. Este contraste entre felicidad norteamericana y pesadumbre soviética endulzaba un estilo de vida occidental, que debía defenderse con la fuerza de las armas.

Estas acciones no tenían el mismo alcance en cualquier punto del planeta. Implicaban cordialidad, complicidad y conveniencia con los aliados de la triada y violencia extrema en el Tercer Mundo. El americanismo ganó influencia mediante este doble parámetro de consideración hacia los socios y brutalidad frente a los enemigos. El consentimiento hacia Europa y Japón permitió concentrar las presiones sobre el bloque soviético y la periferia.

Estados Unidos naturalizó la acción militar para sostener la ilusión de una vida agraciada, mediante la perdurable sociedad que estableció el Pentágono con Hollywood. De este matrimonio surgió la imagen misionera de los marines, como salvadores de una civilización amenazada por cambiantes enemigos. El Departamento de Estado modificó periódicamente la fisonomía racial, idiomática y nacional de los adversarios a penalizar por parte de la sociedad occidental.

Ese relato presentó a la guerra como un devenir inexorable, que requiere heroicidad y patriotismo para alcanzar objetivos supremos. La invasión de países y la masacre de inocentes fueron ocultadas y la violencia se convirtió en un acontecimiento banal. Quedó naturalizada su aceptación como dato invariable, mientras millones de espectadores asimilaban el escenario bélico por repetición audiovisual.

El americanismo es una ideología directamente asociada con la coerción, que disuelve su contenido en la fascinación creada por las imágenes. Esta anulación de la razón, los afectos y el sentido, permite trastocar los enemigos diabolizados. Un día son comunistas, en otro momento son los talibanes y a la semana siguiente le toca el turno a los narcotraficantes.

La americanización del mundo fue logrado mediante la exportación de las mercancías culturales, que comercializan Hollywood, Disney o CNN. Estos productos multiplicaron consumos mediáticos, que sustituyeron los imaginarios tradicionales divulgados por las familias, las iglesias y las escuelas. Cuando este espectáculo se transformó en un negocio comparable a cualquier mega-actividad industrial o financiera, el imperialismo cultural consolidó su influencia, Las audiencias masivas dependientes de la publicidad crearon una masa internacional también sometida al mensaje militar estadounidenses.

A esta penetración contribuyó la universalización del inglés, como idioma de grandes imperios del siglo XIX y XX y como lengua franca de los grupos dominantes. Una variedad mayúscula de individuos provenientes de incontables nacionalidades comparten culturas, entretenimientos, sensibilidades y pautas de consumo definidas en Nueva York, Los Ángeles y Chicago. Esta familiaridad corona, a su vez, la cooptación educativa de estos sectores a los centros académicos norteamericanos. Allí se generan perdurables relaciones de intercambio, dependencia financiera y autoridad intelectual con las universidades del Norte.

El americanismo prosperó también como ideología imperial por su exaltación acrítica del capitalismo en estado puro. Este mensaje es compartido por todas las clases dominantes del mundo, que ponderan el contractualismo espontáneo, las ventajas de la desigualdad social y los méritos de la colonización mercantil de todas las áreas de la vida social.

La empresa es adulada como un campo de cristalización del talento, que permite desplegar el espíritu aventurero de los inversores y la creatividad de los gerentes. Este elogio de la firma es complementado con una veneración del individualismo, como virtud suprema de la personalidad. La acumulación es vista como una larga travesía de capitalistas heroicos, que en el pasado construyeron industrias y en la actualidad forjan redes informáticas. Este progreso es atribuido al reinado del mercado y al ansia de superación, que despierta la competencia por el beneficio.

El americanismo protege estos valores. Generaliza un clima de amenaza latente y consiguiente necesidad de contrarrestar la acción de los enemigos de la libre empresa. Para neutralizar este peligro hay que desplegar marines y bombardear poblaciones ignorantes, que obstruyen el florecimiento de los negocios. Sólo la afinidad burguesa hacia este mensaje explica la internacionalización de una ideología de basamento norteamericano.

El origen estadounidense de esta cosmovisión no es casual. En ningún otro país del mundo florecieron con tanta intensidad los patrones culturales del capitalismo. Sólo allí se forjó una tradición de celebración irrestricta del mercado, bajo el impacto de corrientes inmigratorias heterogéneas, que fueron tentadas por el sueño americano. Este desarraigo facilitó la generalización de creencias en el rápido ascenso social, la primacía del egoísmo competitivo y la ruptura con las costumbres ancestrales de la cooperación solidaria. Los esquemas narrativos simplificados de deslumbramiento capitalista que se desarrollaron en esta sociedad se transformaron en la ideología del imperialismo contemporáneo [9].

Esta función también obedece a la obsolescencia del viejo discurso colonialista, que reivindicaba la captura de territorios como actos sublimes de nobles misioneros. La opresión de los nativos estaba naturalizada y se identificaban la demolición de la vida local con la superación de la ignorancia. Esa ideología postulaba la superioridad del hombre blanco e impulsaba (con estandartes euro-centristas), la limpieza étnica de poblaciones esclavizadas.

Como las potencias guerreaban entre sí, el desprecio hacia los aborígenes era complementado con fuertes reivindicaciones chauvinistas. Los ingleses justificaban su belicosidad con argumentos de supremacía aristocrática, los franceses con tradiciones de liderazgo cultural y los alemanes con teorías de pureza racial. Cada imperialismo promovía su expansión, alegando alguna virtud singular de su identidad nacional.

El americanismo sustituye esa exaltación de una comunidad occidental frente a otra por un ensalzamiento general del capitalismo. Reemplaza el mensaje colonial por una vacua veneración de la libertad, buscando suscitar identificaciones emblemáticas con los ideales de bienestar y democracia.

Las causas de la excepcionalidad

El americanismo tiene un doble sustento de belicismo e hipocresía. El primer componente estigmatiza al enemigo y el segundo pondera los derechos humanos. Estos pilares provienen de una tradición que combina ambos lenguajes. Los códigos guerreros se inspiran en la política de invasiones que practicó Theodore Roosvelt y la retórica de la convivencia se nutre del legado presbiteriano-liberal de Woodrow Wilson. Lo más común ha sido el pasaje de un discurso al otro, para motorizar la misma maquinaria. En algunos casos se recurre al garrote y en otros al consenso internacional.

Las posturas de vaquero y cruzado religioso corresponden habitualmente a los intereses directos de la industria petrolera y de los contratistas militares. Las exhortaciones pacifistas están en manos de los diplomáticos y los académicos del establishment. Con mutaciones permanentes de ambos sectores se implementan las acciones imperiales.

Los belicistas no ocultan su racismo, ni su desprecio por las minorías oprimidas y utilizan los emblemas misioneros de un país, que consideran destinado a custodiar los valores del mundo libre. La vertiente opuesta pondera las normas constitucionales, enaltece la convivencia y presenta las incursiones militares como actos obligados de contención de enemigos impiadosos. Con esa ideología universalista se difunden actitudes altruistas de auxilio al resto del mundo. Se supone que todas las acciones están motivadas por el idealismo y no incluyen expectativas de retribución por los sacrificios realizados.

Los belicosos predominaron durante las gestiones de Reagan y Bush. Impusieron el retorno explícito de la coerción y la exhibición de fuerza militar, sin muchas consideraciones morales. Reintrodujeron reivindicaciones imperiales explícitas y llamados a ejercer la supremacía global sin ningún tipo de prevenciones.

Los liberales, en cambio, encabezaron los gobiernos de Carter, Clinton y lideran actualmente la administración de Obama. Difunden discursos amigables y promueven un ejercicio de la dominación consensuado con los socios del Primer Mundo. Ensayan una combinación permanente del uso de la fuerza con la búsqueda de consentimientos.

El doble sustento de estas políticas exteriores en gran medida obedece al origen histórico no colonialista del imperialismo estadounidense. Esta peculiaridad se verifica en la forma en que ha sido definido por distintos autores. Algunos subrayan su carácter informal (Panitch) y otros su desenvolvimiento no territorial (Callinicos), siempre distanciado de los patrones clásicos de dominación (Petras). Destacan su prescindencia de colonias fuera del entorno próximo (Wood) y su desapego de los protectorados (Hobsbawm) [10].

Estas peculiaridades se extienden incluso al sistema internacional de bases militares. Estas instalaciones implican una ocupación restringida de territorios y una sujeción política acotada de las zonas aledañas. El imperialismo norteamericano ejerce su control miliar del planeta, sin arrastrar las rémoras del expansionismo europeo de ultramar. Se forjó extendiendo su radio territorial, con muchas anexiones fronterizas y pocas colonias.

El período inicial de establecimiento de dominios directos fue relativamente breve, en comparación a la norma de sometimiento económico que prevaleció desde la posguerra. Por esta razón, las exhibiciones de voluntad conquistadora siempre estuvieron sucedidas por engañosos reconocimiento de la soberanía ajena. La coerción militar mantuvo un equilibrio con las presiones políticas y los imperativos económicos.

Estos mecanismos imperiales se ubicaron en las antípodas del anexionismo, que intentó por ejemplo practicar el nazismo alemán. Los propósitos de conquista norteamericana siempre estuvieron encubiertos con defensas retóricas de la auto-determinación nacional.

El contraste más llamativo es con el precedente británico. Estados Unidos retomó primero el modelo semicolonial, que los ingleses habían ensayado en América Latina, concediendo autonomía política para jerarquizar el sometimiento económico. Cuando la primera potencia alcanzó su status dominante pleno, abandonó todos los vestigios de ese esquema. Esta política es muy distinta a la orientación que mantuvo su antecesor hasta último momento en la India, África u Oriente.

Estas diferencias obedecen a las condiciones en que actuaron ambas potencias. Gran Bretaña se vio obligada a salir rápidamente al exterior para colocar sobrantes industriales, importar materias primas y asegurar su preeminencia financiera ante los rivales. En cambio Estados Unidos forjó su dominio a partir de una base territorial propia de gran extensión. No emergió de una localización pequeña (como Holanda o Portugal), ni mediana (como Gran Bretaña o Francia), sino del enorme asentamiento que poblaron torrentes masivos de inmigrantes.

El gigante del Norte contó con un margen temporal suficiente para ampliar primero su frontera agrícola y desenvolver posteriormente un vasto mercado interno. Siguiendo el mismo ritmo erigió una industria protegida y una banca poderosa. Cuando maduró su retaguardia salió a la conquista plena del mundo.

Estados Unidos pudo expandirse primero en un territorio maleable y diversificado. Desenvolvió un modelo económico auto-céntrico (ligado al mercado interior) y no extrovertido (dependiente del mercado mundial). Luego del triunfo del Norte en la guerra civil apuntaló el proyecto proteccionista contra las tendencias librecambistas del Sur. De allí emergió una solidez industrial, que posteriormente reforzaron las grandes corporaciones, actuando en un mercando integrado con formas de organización vertical.

De este esquema surgió una economía imperial más consistente que el modelo británico de empresa mediana especializada y altamente dependiente de los abastecimientos y mercados externos. El país fue además poblado por inmigrantes atraídos por la movilidad social y desarraigados de todo pasado no mercantil.

Estados Unidos consolidó una superioridad militar que Gran Bretaña no alcanzó siquiera, durante el esplendor victoriano. El dominio bélico norteamericano supera desde la posguerra al logrado por su antecesor en 1830-70. Incluye un control del espacio mucho más significativo que el manejo precedente de los mares. Se apoya en una supremacía global y no debe lidiar con amenazas permanentes de los rivales. El secreto de su dominación radica, en última instancia, en la aptitud para comandar un imperialismo acabadamente capitalista, en la madurez de este sistema.

Capacidad y efectividad

Estados Unidos mantiene una aplastante superioridad militar, pero la efectividad de ese predominio es cada vez más dudosa. El uso de la fuerza está sometido a limitaciones, que generan muchas preguntas sobre la capacidad real de la primera potencia para ejercer el poder global.

Algunos autores retoman distintos estudios que distinguen tres variables: voluntad, tentación y capacidad hegemónica. Evalúan con estos criterios, la fuerza real que puede desplegar el gigante del Norte. Las dos primeras intencionalidades emergen a la superficie cotidianamente, pero su concreción está sometida a crecientes interrogantes [11].

Estados Unidos ha perdido la superioridad económica contundente que sostenía inicialmente su primacía militar. La productividad y competitividad industrial norteamericana han caído significativamente, en comparación a los promedios de posguerra. Los cimientos del poder se han invertido y en la actualidad las ventajas militares compensan el deterioro económico. La supremacía estadounidense ya no presenta el carácter absoluto e integral que exhibía en la primera mitad del siglo XX.

Este cambio no implica declinación absoluta. Expresa un proceso de reorganización productiva y financiera, que ha segmentado la estructura económica norteamericana. Los sectores internacionalizados ganan espacio en desmedro de las ramas que operan exclusivamente para el mercado interno.

El avance de las empresas mundializadas a costa de las empresas que sólo actúan en el plano local es muy significativo. Los segmentos globalizados que desenvuelven actividades enlazadas con el mercado mundial (aeronáutica, computadoras, electrónica, finanzas) han desplazado a las franjas puramente domésticas. Este viraje produce una fuerte regresión industrial de los sectores y localidades atados a la vieja configuración interna [12].

La prosperidad de las compañías que actúan en el exterior se afianza a costa de las empresas que han quedado fuera de esa carrera. Por esta razón, las ganancias que receptan el primer tipo de firmas supera ampliamente al promedio nacional y acapara el grueso de los beneficios obtenidos durante la era neoliberal [13].

La localización externa de estas compañías y su fuerte internacionalización productiva tiene un correlato directo en la mundialización de las finanzas. Los ingresos financieros que obtienen las entidades a través de negocios internacionalizados son también más elevados que las ganancias generadas dentro del país.

Las consecuencias de esta segmentación de la economía sobre el ejercicio del poder imperial son muy inciertas. Pero es evidente que incentivan un despliegue más vasto de intervenciones políticas y militares mundiales, acorde al salto consumado con la globalización económica. Habrá que ver cuál es la factibilidad real de estas acciones.

Estados Unidos necesita reafirmar su liderazgo conduciendo nuevas guerras, cuyos resultados finales nadie puede anticipar. La instrumentación de estas sangrías se ha tornado más compleja con la eliminación de la conscripción obligatoria. Cada agresión externa exige ahora mayor inventiva, despliegue ideológico y acción psicológica por parte del Pentágono. Estas iniciativas son indispensables para preservar cierta tolerancia popular frente a estos atropellos y contrarrestar los temores a una represalia de las víctimas.

Bush introdujo la guerra preventiva para estimular este alineamiento bélico y utilizó el 11 septiembre, como un Pearl Harbor de movilización patriótica. Los especialistas militares complementaron esta política, incentivado expectativas en la concreción de guerras electrónicas sin costos humanos. Con estas fantasías han buscado resucitar el sostén masivo al belicismo oficial.

Pero en los hechos cada nuevo emprendimiento bélico potencia las tensiones internas, especialmente entre los sectores militaristas (interesados en el rédito bélico de los operativos) y los funcionarios del establishment económico (que privilegian las consecuencias sobre los negocios). El primer grupo se guía por proyecciones geopolíticas y metas de acrecentamiento del poder estadounidense. El segundo sector promueve el multilaterialismo y resiste las acciones que afectan la estabilidad jurídica o la obtención de beneficios inmediatos.

La preeminencia de uno u otro grupo siempre ha sido muy variable. En las últimas décadas los militaristas impusieron sus prioridades en Medio Oriente (sostén irrestricto de Israel) y los grupos económicos ganaron la partida en Asia (privilegio de los negocios con China). Pero la balanza entre ambos sectores muta con frecuencia y las posturas en discordia suscitan fuertes choques políticos.

Cada acción militar desestabiliza, además, las relaciones norteamericanas con sus aliados de la tríada. Para ejercer su dominación, la primera potencia debe recrear un equilibrio entre competencia y cooperación con sus socios. Buscando ese balance tolera el desarrollo de fuerzas militares aliadas, mientras fomenta asociaciones militares que no cuestionen su jefatura.

El logro de estos objetivos es muy complejo. Estados Unidos debe cooptar, comprometer y subordinar a sus rivales, sin someterlos por completo. Necesita generar relaciones de aceptación y no de mera imposición. Debe mantener con sus pares del Primer Mundo vínculos de coordinación, que difieran cualitativamente de la dominación impuesta a la periferia. Este balance entre el suprematismo (acciones en detrimento de rivales) y el hegemonismo (iniciativas en cuadro asociado) recrea tensiones constantes.

Un escenario variable

Estados Unidos ejerce un liderazgo con limitaciones y no está en condiciones de actuar con patrones superimperiales de total unilateralidad. Hace valer su superioridad, sin desbordar los equilibrios que sostienen su dominación.

Pero el simple ejercicio del poder conduce a la multiplicación de aventuras con resultados impredecibles. Nadie puede anticipar cómo y cuándo estas acciones conducirán a un final tormentoso, pero esta posibilidad siempre amenaza a una potencia enredada en brutalidades mayúsculas.

La propia supremacía ideológica de Estados Unidos es socavada por esa sucesión de atrocidades. No es lo mismo administrar periódicamente la violencia que justificar permanentemente su utilización. La coerción sistemática tiende a desembocar en aislamiento e impotencia.

Una situación de este tipo fue afrontada por la ideología estadounidense durante la fuerte oleada de cuestionamientos que signó a los años 70. Esta crisis fue revertida con la derechización neoliberal de las últimas décadas, pero un nuevo clima de insatisfacción afecta nuevamente al americanismo

El mayor interrogante es el efecto de estos procesos sobre la propia población estadounidense, que enfrenta un contexto muy diferente al pasado. Los réditos económicos ya no se distribuyen en toda la estructura social y la acción imperial externa tiende a reforzar la fractura, entre los segmentos enriquecidos y las masas pauperizadas.

Esta polarización modifica sustancialmente todos los comportamientos y reacciones. Los pobres, los desocupados y los excluidos aportan ahora la carne de cañón requerida por las multinacionales y las elites de millonarios.

Esta segmentación social socava también la legitimidad política interna de muchas operaciones. No hay que olvidar las limitaciones que tradicionalmente enfrentó un país distanciado del colonialismo clásico, para utilizar masivamente la fuerza en guerras internacionales. Cada acción bélica exige generalizar una motivación especial, que empuje a la población a aceptar esa cruzada.

El imperialismo contemporáneo se sostiene, por lo tanto, en la protección internacional que brinda el gendarme estadounidense a todas las clases dominante. El estado norteamericano ha internacionalizado su actividad y usufructúa de una ideología americanista, que es compartida por vastos sectores capitalistas del planeta. Como la primera potencia garantiza la reproducción mundial del capital, acumula desequilibrios económicos que serían inadmisibles para cualquier otro país.

Pero afronta un escenario de limitaciones al ejercicio de su dominación. Mantiene una superioridad militar abrumadora, que se desdibuja en área económico y pierde solvencia en el campo geopolítico. La capacidad coactiva no implica consistencia para articular coaliciones, ni consenso para ejercitar la fuerza.

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El imperialismo contemporáneo [14]

Resumen: Al concluir la segunda guerra mundial el escenario del imperialismo clásico quedó transformado por la nueva etapa de prosperidad y desaparición de las confrontaciones bélicas entre potencias. Estados Unidos logró una supremacía militar inédita y subordinó a sus rivales, en lugar de demolerlos. La confrontación con la URSS no se equiparó con los viejos choques inter-imperiales, dado el carácter no capitalista del sistema vigente en ese país. El contexto económico quedó igualmente transformado por la nueva asociación internacional de capitales, la irrupción de compañías multinacionales, la disminución del proteccionismo, la recuperación del protagonismo industrial y la reorientación de la inversión externa hacia las económicas desarrolladas. La actualización de la teoría del imperialismo estuvo bloqueada por una actitud ritualista hacia el enfoque clásico, que asignaba vigencia perdurable a un periodo específico del siglo XX. Esta postura impedía comprender el nuevo marco de solidaridad miliar occidental y asociación multinacional. Tres interpretaciones de los años 70 reabrieron la investigación, al resaltar el papel superimperial de Estados Unidos, el entrelazamiento ultra-imperial de las firmas y el carácter acotado de la concurrencia inter-imperialista. Plantearon acertadamente nuevos problemas, que no lograron resolver. La mundialización neoliberal ha introducido una nueva etapa, que universaliza el capitalismo. Hay transformaciones cualitativas en todas las áreas. La inestabilidad del modelo y la indefinición de la tónica de crecimiento, no desmienten el cierre del esquema de posguerra. Las características del nuevo período no se clarifican dirimiendo la presencia o ausencia de una onda larga. Se ha consumado un giro comparable al observado a fin del siglo XIX y a mediados de la centuria pasada, que genera novedosos desequilibrios financieros, productivos y comerciales. En esta etapa se expande el radio de acción imperial a todo el planeta, con mayores entrelazamientos económicos globales que afectan a los pueblos y regiones desfavorecidas. El imperialismo neoliberal acentúa las diferencias con la era clásica y profundiza las tendencias de posguerra.

Al concluir la segunda guerra mundial el escenario del imperialismo quedó totalmente transformado. El sostenido crecimiento y la mejora del nivel de vida inauguraron un período de significativa prosperidad en los países centrales. La reducción del desempleo creó situaciones próximas al pleno empleo, que facilitaron el aumento del consumo y la generalización de un sistema protección social.

Los principales teóricos marxistas bautizaron la nueva etapa de posguerra con distintas denominaciones (“capitalismo tardío”, “capitalismo de estado”, “capitalismo monopolista de estado”). Muchos estudios destacaron la sustitución de las formas de acumulación extensiva por mecanismos intensivos y el reemplazo del trabajo taylorista por esquemas fordistas. Otras investigaciones señalaron el nuevo gigantismo de las empresas y la inédita intervención estatal en la economía. Estos cambios modificaron el perfil del imperialismo, recreando un marco de estabilidad, en torno a nuevos equilibrios geopolíticos.

El contexto político-militar

La principal singularidad de período fue la ausencia de guerras inter-imperiales. A diferencia de la etapa clásica, los conflictos armados no desembocaron en conflagraciones generalizadas. Persistieron los enfrentamientos, pero ya no hubo confrontaciones directas por el reparto del mundo. Las rivalidades sólo generaron escaramuzas geopolíticas, que no se proyectaron a la esfera miliar.

La vieja identificación del imperialismo con el choque entre potencias capitalistas quedó desactualizada y este cambio transformó el paisaje europeo. En lugar de rivalizar por las posesiones coloniales, las competidores del Viejo Continente iniciaron un proceso de unificación regional.

El predominio estadounidense determinó el viraje de la etapa. Ningún conflicto anterior se había zanjado con semejante preeminencia. La abrumadora superioridad norteamericana quedó consagrada con la formación de una alianza atlántica (OTAN), bajo el mando del Pentágono. Estados Unidos ejerció una dominación explícita y reafirmó su autoridad con la disuasión nuclear. Impuso la localización de las Naciones Unidas en Nueva York y estableció en el Consejo de Seguridad un sistema de consultas para supervisar todos los acontecimientos mundiales.

Este reinado se asentaba también en la aplastante superioridad económica. Estados Unidos manejaba el 50% de la producción industrial, acumulaba monumentales acreencias y adaptaba el sistema monetario mundial a sus necesidades, mediante la hegemonía del dólar (acuerdos de Bretton Woods).

Pero lo más novedoso fue la estrategia que eligieron las elites norteamericanas para consolidar su supremacía. En lugar de demoler a los rivales derrotados, auspiciaron la reconstrucción económica y el sometimiento político-militar de sus adversarios. El auxilio multimillonario concedido a Europa y Japón fue la contracara de la actitud asumida por Gran Bretaña y Francia (frente a Alemania) al concluir la primera guerra mundial. En lugar del tratado de Versalles se introdujo un Plan Marshall.

Mediante esta combinación de reconstrucción económica, subordinación política y protección militar, Estados Unidos consolidó el sistema de alianzas subalternas, que posteriormente utilizó para contrarrestar el resurgimiento de sus rivales. Cuando en los años 60 Alemania y Japón recuperaron competitividad, el gendarme norteamericano hizo valer su primacía. Recurrió a drásticas medidas comerciales, tecnológicas y monetarias, para preservar sus ventajas y reformuló los términos de la convivencia con sus subordinados. Pero estas tensiones no recrearon en ningún momento, el viejo escenario de rivalidades destructivas.

Alemania y Japón aprovecharon la exención de gastos armamentistas para recuperar terreno en la producción y el comercio, pero no proyectaron estos avances al terreno militar. Tampoco contemplaron la preparación de una revancha. Aceptaron el rol protector ofrecido por Estados Unidos, avalando el “imperialismo por invitación” que les ofreció la primera potencia. Todos los conflictos que suscitó la unipolaridad estadounidense se procesaron sin alterar este dato geopolítico.

Ha sido muy frecuente relativizar la novedad de este cuadro, afirmando que el antagonismo entre superpotencias persistió durante posguerra, a través de un conflicto entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Se considera que esa confrontación fue análoga a todas las batallas precedentes por la hegemonía imperial.

Pero estas pugnas entre Occidente y el denominado “bloque socialista” incluyeron una diferencia esencial con todos los choques inter-imperiales precedentes: el carácter no capitalista del sistema vigente en la ex URSS. Existen numerosas caracterizaciones sobre este régimen social, pero nadie ha podido demostrar que estuvo gobernado por una clase dominante, propietaria de los medios de producción y guiada por la meta de acumular capital.

La burocracia que manejaba ese sistema, buscaba ampliar su influencia global y mantuvo fuertes disputas con Estados Unidos por el control de territorios estratégicos. En esas tensiones sostuvo parcialmente a los movimientos de liberación nacional, que resistían el poder estadounidense. Pero en la mayoría de los casos estas acciones eran repuestas defensivas, tendentes a preservar una coexistencia pacífica con el coloso norteamericano [15].

El carácter no capitalista de la URSS invalida su presentación como otro actor imperial de batallas por el reparto del mundo. La capa dirigente de ese país tenía ambiciones expansionistas y reforzaba su presencia global, chocando con Estados Unidos en el manejo de las áreas de influencia. También intercalaba esas pugnas con la revisión periódica de los acuerdos de equilibrio territorial establecidos al concluir la guerra (tratado de Yalta). Pero esas pretensiones de mayor poder regional no convertían al régimen de la Unión Soviética en una variante “social-imperialista” de la expansión colonial. El uso contemporáneo del término imperialismo sólo tiene sentido para aquellas potencias que actúan bajo el mandato del capital. No se aplica a situaciones ajenas a ese principio.

Transformaciones económicas

Los cambios económicos de posguerra tuvieron el mismo alcance que las modificaciones geopolíticas, a partir del significativo avance registrado en la asociación internacional de los capitales. Se consumó un entrelazamiento financiero, comercial e industrial sin precedentes. Esta amalgama alteró radicalmente la concurrencia inter-imperial que prevaleció durante la época de Lenin.

El creciente gigantismo de las empresas que subrayaba el líder bolchevique volvió a cobrar importancia con la expansión de los oligopolios, en desmedro de las pequeñas compañías. La necesidad de ampliar mercados, reducir costos y aumentar la productividad acentuó la preeminencia de las corporaciones frente a las empresas de pequeño porte.

Pero a diferencia del período precedente, las alianzas entre grandes firmas no quedaron restringidas a compañías del mismo origen nacional. Irrumpió un nuevo tipo de empresa multinacional, que asoció a los capitalistas norteamericanos, japoneses y europeos, alterado la vieja divisoria entre bloques de competidores nacionales.

En este marco, el proteccionismo perdió peso frente a las presiones librecambistas desplegadas por las empresas mundializadas. Estas compañías requirieron mayor movilidad del capital y creciente flexibilidad comercial, para actuar en todos los rincones del planeta. El cerrojo arancelario era congruente con los bloques belicistas del imperialismo clásico, pero obstruía los negocios internacionalizados de posguerra.

Este viraje de las tarifas hacia la liberalización repitió un giro ya consumado en otras oportunidades. El capitalismo nunca se atuvo a una modalidad comercial invariable. El pasaje del libre-cambio a la protección -que los teóricos clásicos observaban como un giro definitivo del sistema- constituyó en realidad, sólo un eslabón de incontables virajes.

Tampoco la primacía financiera mantuvo la irreversible hegemonía que imaginaban los analistas de la etapa precedente. Al compás del fuerte crecimiento de posguerra, los industriales recuperaron terreno y retomaron su protagonismo en la generación de plusvalía. Este resurgimiento fue en gran medida determinado por la internacionalización de las firmas norteamericanas, que implantaron filiales en Europa y Oriente

Durante este período la exportación de capital recobró un papel significativo, pero tuvo un alcance más limitado en las inversiones metropolitanas en la periferia. Las principales corrientes de colocación de fondos foráneos se consumaron entre las propias economías desarrolladas. Los capitales norteamericanos afluyeron con mayor intensidad al viejo continente que a los países dependientes y la misma dirección tuvieron las inversiones externas posteriores de Europa y Japón. Esta tendencia apuntó a reforzar una gestión internacionalizada de los negocios, en torno a las empresas multinacionales.

Pero este proceso incluyó también un aumento de las ventas mundiales y una creciente confiscación de los recursos de la periferia. El comercio entre las economías desarrolladas se intensificó, junto a la depredación de las riquezas del Tercer Mundo.

Los tres mecanismos de apropiación externa del imperialismo volvieron a coexistir, sin nítidas primacías de uno sobre otro. La remisión de utilidades por inversiones externas operó junto al comercio inequitativo y el sometimiento de las economías subdesarrolladas. La magnitud de todos estos cambios tornó impostergable la revisión de la teoría del imperialismo.

Primeras actualizaciones

El texto de Lenin mantuvo su influencia durante la posguerra, a través de numerosas reediciones y traducciones. Este apetito de lectura sintonizaba con la expectativa de extensión del socialismo por todo el mundo. El reconocimiento logrado por el libro convalidaba sus aciertos políticos en el debate sobre la guerra y premiaba la crítica a las ingenuidades pacifistas.

La tesis leninista brindaba, además, argumentos contra las nuevas teorías socialdemócratas, que identificaban la alianza transatlántica y la descolonización con “el fin del imperialismo”. Estas concepciones omitían la persistencia de la violencia imperial, especialmente en el Tercer Mundo.

Pero las lecturas más atentas del texto comenzaron a percibir su falta de actualidad. El ensayo de Lenin describía un contexto ya inexistente de guerra inter-imperialistas. También la primacía de las rivalidades económicas había quedado neutralizada por la interpenetración mundial de los grandes capitales. La preeminencia norteamericana contradecía, además, el escenario clásico.

Estos contrastes no disminuyeron el lugar dominante del texto bolchevique, en todos los estudios sobre el imperialismo. El grueso de la producción teórica marxista intentaba actualizar con las nuevas cifras, las tendencias expuestas por Lenin. Se buscaba especialmente corroborar la continuidad del monopolio y del proteccionismo y demostrar la centralidad de las exportaciones de capital y la persistente hegemonía financiera.

Estos trabajos estaban afectados por una actitud ritualista, que eludía el análisis de las tendencias contrapuestas a la caracterización clásica. Los manuales de economía política editados en la URSS y otras elaboraciones dogmáticas expresaban esa postura acrítica [16].

Estos enfoques transformaban el escenario inter-imperial de principio del siglo XX en un dato inmutable de la historia. Le asignaban vigencia perdurable al diagnóstico de una coyuntura. Al congelar la etapa estudiada por Lenin como el único período valedero sacralizaban el texto, olvidando la función política que tuvo cuando fue elaborado. Esta actitud cerraba todos los caminos para una actualización fructífera de la teoría del imperialismo.

Otras visiones intentaron ---con muchas vacilaciones--- la revisión del problema. Buscaban demostrar, por un lado, la vigencia de los rasgos clásicos, pero reconocían por otra parte las insuficiencias de la concepción tradicional. Mientras subrayaban la continuidad del monopolio y la supremacía del capital financiero, señalaban la ausencia de conflictos bélicos inter-imperialistas y la gravitación de Estados Unidos. Cuestionaban las lecturas talmúdicas de Lenin, pero preservando su visión del tema.

La reconsideración del problema exigía ir más allá del simple cómputo de los elementos vigentes y obsoletos de la teoría clásica. Había que jerarquizar el significado de las tendencias persistentes y de los procesos ya agotados. Los enfoques acríticos diluían dos datos claves de la nueva época: la ausencia de guerras inter-imperiales y la mayor asociación económica entre capitales de distinto origen.

El diagnóstico de Lenin había quedado anacrónico por estar referido a una etapa ya concluida del desarrollo capitalista. Las tendencias de 1880-1914 no tenían vigencia en 1945-75 y por esta razón, las principales reflexiones de posguerra giraban en torno a otros problemas.

La dificultad de muchos marxistas para aceptar este cambio obedeció a una incomprensión del planteo de Lenin. Desconocían que el enfoque estaba más centrado en la crítica política al pacifismo social-patriota, que en la evaluación económica del capitalismo. La gran contribución aportada en el primer terreno, no implicaba validez de las caracterizaciones expuestas en el segundo terreno. Esta confusión obstruyó el análisis y generó muchas simplificaciones en la interpretación del imperialismo, que no distinguían la existencia de dos niveles autónomos de la reflexión sobre tema.

Los mejores estudios sobre el imperialismo de los años 70 incorporaron de hecho estas distinciones. Revisaron la teoría clásica, destacando la existencia de múltiples interpretaciones marxistas (Brown) y resaltaron el significado polisémico de la noción de imperialismo (Owen). También pusieron de relieve la ambigüedad de un concepto que incluye al mismo tiempo definiciones de la etapa, caracterizaciones de tensiones entre países centrales y evaluaciones de las relaciones entre el centro y la periferia (Sutcliffe). (3) [17].

Con estas miradas comenzó un rescate del significado contemporáneo del imperialismo. Se retomó el método de Lenin para interpretar una nueva realidad, observando cómo el desarrollo desigual de capitalismo genera desequilibrios, en la reproducción jerarquizada y polarizada de este sistema.

Tres modelos

En los años 70 aparecieron tres interpretaciones para caracterizar el nuevo escenario. Estos enfoques resaltaron la gravitación de tendencias superimperiales, ultra-imperiales e inter-imperiales.

La primera variante -postulada por Sweezy, Magdoff o Jalee- remarcó el papel dominante de Estados Unidos, como coloso económico y gendarme mundial. Remarcó el peso de sus corporaciones industriales y su gravitación militar, mediante estudios que subrayaron también la importancia de las resistencias antiimperialistas del Tercer Mundo. Esta tesis recogió elementos de muchas teorías sobre el hegemonismo estadounidense de la época, que reflejaban el apabullante liderazgo logrado por la primera potencia [18].

Pero las caracterizaciones superimperialistas no evaluaron el alcance de esa primacía del gigante del Norte y no llegaron a esclarecer el nuevo tipo de relaciones establecidas entre el poder norteamericano y las restantes potencias.

La segunda corriente puso el acento en los procesos de asociación ultra-imperial, mediante importantes trabajos de Hymer, Murray y Nicolaus. Indagaron la formación de una nueva clase capitalista en torno a las empresas multinacionales, a partir de estudios del mercado del eurodólar y de distintos análisis sobre la influencia decreciente de los estados nacionales. También investigaron la forma en que este proceso erosionaba las rivalidades entre potencias y deterioraba las condiciones de trabajo [19].

Este enfoque inauguró el estudio contemporáneo de la asociación internacional de capitales y comenzó a registrar sus consecuencias sobre los estados nacionales. Pero no logró evaluar el impacto de estos cambios sobre la dinámica del imperialismo.

La segunda vertiente fue a su vez enriquecida por los trabajos de Poulantzas, que estudiaron cómo la internacionalización de la economía incentivaba la formación de fracciones capitalistas mundializadas, al interior de los estados nacionales. Palloix aportó, además, importantes investigaciones sobre la forma en que la internacionalización de la economía globaliza la reproducción del capital, en ciclos mercantiles, monetarios y productivos [20].

Todos estos enfoques que ponían de relieve la preeminencia de cursos ultra-imperiales, suscitaron la reacción de los defensores a ultranza de la tesis clásica. Estas críticas destacaron el reducido alcance de la actividad multinacional y el continuado protagonismo de los estados nacionales. Pero los objetores nunca lograron explicar por qué razón habían perdido fuerza las tendencias bélicas y económicas del período precedente.

Finalmente la tercera corriente encabezada por Mandel destacó la continuidad parcial de las rivalidades inter-imperiales. Cuestionó por un lado, la tesis superimperial señalando que la hegemonía norteamericana no evolucionaba hacia supremacías económicas de largo plazo. Destacó que esa hegemonía no transformaba la subordinación de las potencias asociadas en formas de sujeción colonial.

Por otra parte, objetó la perspectiva ultra-imperialista, señalando el carácter improbable de una fusión entre corporaciones de distinto origen nacional y remarcó el continuado aumento de la competencia económica, en un marco de distensión militar. De esta tendencia dedujo un pronóstico de acrecentamiento de la concurrencia intercontinental, en un cuadro alejado de la confrontación bélica [21].

Este modelo de tensiones inter-imperiales atenuadas fue compartido por otros teóricos como Rowthorn, que cuestionaron la exageración del poder norteamericano, evaluando que el continuado antagonismo económico entre las grandes potencias, no tendría proyecciones militares [22].

Este tercer enfoque sugirió acertadamente la preeminencia de un avance del regionalismo, que permanecería distanciado de los viejos bloques belicistas del pasado. Pero no arribó a conclusiones nítidas y tampoco elaboró conceptos representativos de la nueva situación. Vaciló en la evaluación del rol estadounidense y no logró dirimir el predominio de tendencias a la asociación o a la competencia.

Todas las caracterizaciones en juego suscitaron fuertes polémicas, acompañadas de los adjetivos y etiquetas en boga durante esa época. Los cuestionamientos a los “errores kautskianos” convivieron con los elogios a los “aciertos leninistas”. Pero esta contraposición impedía comprender lo que se intentaba indagar. La nueva integración internacional de capitales no recreaba el modelo concebido por el dirigente socialdemócrata y la competencia en curso no resucitaba el esquema postulado por el líder bolchevique.

Las investigaciones de los años 70 crearon los fundamentos para superar la obsolescencia del enfoque clásico, pero no condujeron a conclusiones satisfactorias. Su principal mérito fue incentivar el estudio de la nueva realidad con modelos de supremacía, integración y rivalidad imperial. Aunque dieron lugar a una síntesis adecuada, abrieron una discusión que puso de relieve los problemas a resolver.

La tesis superimperialista omitía la inexistencia de relaciones de subordinación entre las economías desarrolladas, equiparables a las vigentes en la periferia. El enfoque transnacionalista desconocía la continuidad de las rivalidades entre las corporaciones, ahora mediadas por otra conformación de clases y los estados. La visión de concurrencia inter-imperialista minusvaloraba la ausencia de confrontaciones bélicas y el avance registrado en la integración de los capitales [23].

La complejidad del tema impulsó a buscar fórmulas combinatorias de las concepciones en disputa, que se mantuvieron posteriormente. Se resaltó especialmente cómo la existencia de tendencias a la asociación, genera tensiones que obligan a reforzar liderazgos, para contener la concurrencia inter-imperialista. Esta rivalidad socava la gravitación de la superpotencia impidiendo la estabilización del sistema [24].

Esta misma idea de mayor entrecruzamiento de capitales sin desemboques definidos ha sido señalada también, para destacar la existencia de múltiples desequilibrios. Estas tensiones son generadas por una trama distante del imperialismo clásico y carente de sustituto definido [25]. En este contexto la irrupción del neoliberalismo abrió nuevas pistas de indagación.

La nueva etapa

Desde la mitad de los años 80 la mundialización neoliberal introdujo cambios de un alcance semejante al registrado durante la posguerra. A partir de una ofensiva general contra las conquistas populares, estas modificaciones generaron una expansión del capital hacia nuevos sectores (privatizaciones, educación, salud, pensiones) y nuevos territorios (ex países socialistas).

Este ataque patronal deterioró las condiciones de trabajo en los países avanzados y empobreció a la periferia, en un contexto de repliegue de los sindicatos y reflujo de las ideas anticapitalistas. Las grandes corporaciones aprovecharon las fuertes diferencias internacionales de salarios, para acrecentar sus lucros e introdujeron nuevas formas de control patronal del proceso de trabajo. Esta agresión se basó en amenazas de traslado de las firmas hacia otros países.

Este cambio en las relaciones sociales de fuerza a favor del capital desembocó, a su vez, en incrementos sustanciales de la tasa explotación, que ampliaron las desigualdades, recompusieron el nivel de los beneficios y revitalizaron la acumulación.

Al incentivar la competencia global con aumentos de la productividad desgajados de las compensaciones salariales, el nuevo modelo se distanció del fordismo. La sistemática transferencia de actividades fabriles hacia el continente asiático potenció la concurrencia por incrementar la producción, con menores costos y generar mayores ganancias.

Esta mutación se ha sostenido en una revolución informática que generaliza el uso de las computadoras, en los procesos de fabricación y en la gestión financiera o comercial de las empresas. Esta innovación radical incrementó el nivel de productividad, abarató el transporte y masificó las comunicaciones.

Las transformaciones de las últimas décadas ampliaron también el consumo, no solo de las elites y los sectores gerenciales. Un importante sector de las clases medias ha sido incorporada un nuevo patrón de adquisiciones basado en el endeudamiento creciente. Esta modalidad reforzó la gravitación de los bancos, que han cumplido un papel clave en la consolidación del neoliberalismo. Restablecieron los mecanismos de disciplina y auto-ajuste en las empresas y recompusieron el circuito de la acumulación.

El modelo actual introdujo un corte con la etapa precedente y cerró el período de convulsiones, que acompañó al agotamiento del boom de posguerra. La nueva etapa revirtió la retracción de los mercados y el deterioro de la tasa de ganancia, que predominó durante las crisis de 1974-75 y 1981-82. Sobre estos pilares se consumó la expansión de la inversión hacia las regiones favorecidas por el nuevo esquema [26].

Este diagnóstico es frecuentemente objetado por las caracterizaciones que destacan la vulnerabilidad financiera del modelo neoliberal, su reducido aporte al crecimiento o su dependencia de los vaivenes del mercado [27].

Pero ninguno de estos rasgos desmiente la existencia de un nuevo período. Indican la presencia de áreas de gran inestabilidad, sin refutar la vigencia de una etapa diferenciada. Quiénes consideran que el modelo actual es más inestable que su antecesor, no cuestionan la preeminencia que ha logrado. Cualquiera sean las controversias sobre el grado de coherencia que rodea al neoliberalismo, es evidente que este esquema introdujo un cambio radical en la dinámica del capitalismo.

El período actual no presenta un nítido escenario global de prosperidad o estancamiento. Aquí se evidencia una diferencia importante con los modelos precedentes del siglo XX. Mientras que las transformaciones cualitativas son incuestionables, las tendencias del nivel de actividad mantienen un alto grado de ambigüedad. Hay nuevas formas de consumo segmentado, normas de producción globalizada, tipos de comercio liberalizado, finanzas des-reguladas y otra modalidad de competencia entre las empresas transnacionales. Pero estas transformaciones no definen un perfil de intensidad o quietismo productivo.

El período actual es muy singular, puesto que no repite la tónica depresiva de 1914-1945, ni la pujanza de 1945-75. La economía mundial se ha distanciado del comportamiento homogéneo que mantuvo en los períodos precedentes. Coexisten situaciones variadas de estancamiento en Europa, ascenso y recaída de Japón, vaivenes de Estados Unidos, despliegues asiáticos y mutaciones en la semi-periferria y regresiones de la periferia.

Desequilibrios inéditos

El nuevo contexto no se clarifica dirimiendo la presencia o ausencia de una onda larga Kondratieff. Algunos autores postulan la presencia de este ciclo, resaltando la vigencia de tasas de crecimiento elevadas en numerosas actividades y zonas geográficas. Otros objetan la existencia de este curso, subrayando el reducido promedio global de ascenso del PBI [28].

La discusión es más conceptual que empírica, ya que no existe un dato universalmente indicativo de la tónica que asume un período. Un promedio de crecimiento elevado no tiene la misma validez para fines del siglo XIX, que para la mitad de la centuria siguiente o el debut del siglo en curso. Lo mismo rige para las distintas zonas. El incremento del 5% anual del PBI que se considera elevado para Estados Unidos es muy bajo para China.

En realidad, la existencia de una nueva etapa del capitalismo no requiere un correlato definido en la fase del ciclo económico. La vigencia del periodo neoliberal es parcialmente independiente de ese ritmo de la producción. La era de posguerra ha sido totalmente sustituida, sin dar lugar a otra onda de pujanza económica general.

Lo importante es reconocer que el patrón de acumulación precedente (de consumo masivo y uniformidad de producto) ha quedado reemplazado por un nuevo esquema (de consumo más flexible y producción más variada). Desde la irrupción del neoliberalismo en 1978-80, este modelo se asienta en el incremento del desempleo, la feminización del trabajo, la polarización de las calificaciones, la segmentación del mercado laboral y el uso de las nuevas tecnologías.

Algunos enfoques reconocen la magnitud de transformaciones en curso en ciertos campos, como la disminución del campesinado o la penetración del capital en numerosos ámbitos de la vida social. Pero cuestionan la existencia de rupturas significativas en el campo económico, tecnológico o cultural [29].

Pero la universalización geográfica y sectorial del capitalismo que ha llevado a cabo el neoliberalismo, no se restringe a una u otra esfera. Ha impactado sobre el conjunto del sistema, produciendo un giro comparable al observado a fin del siglo XIX y a mediados del siglo XX.

Este viraje se verifica también en los desequilibrios específicos que actualmente presenta el sistema. Las crisis del neoliberalismo difieren significativamente de las convulsiones que afloraron en los años 60 o 70. Son contradicciones resultantes de nuevos problemas y no arrastres del pasado. Las tensiones que generaba el modelo keynesiano fueron clausuradas por el ascenso neoliberal, que inauguró otro tipo de desajustes.

La hipertrofia financiera actual obedece a mecanismos de titularización, derivados y apalancamientos, gestados al cabo de dos décadas de internacionalización de las finanzas, desregulación bancaria y gestión bursátil de las grandes firmas. La sobreproducción de mercancías presenta un inédito alcance global, resultante de la competencia por abaratar costos, localizando plantas en países con bajos salarios y alta explotación de la fuerza de trabajo. Las desproporcionalidades mundiales ---que han creado los desbalances comerciales y el endeudamiento--- se desenvuelven por carriles impensables hace cuatro décadas.

El neoliberalismo cambió el escenario económico. Redujo los ingresos salariales, pero expandió el consumismo, la riqueza patrimonial y el endeudamiento familiar. Recompuso la tasa de ganancia acentuando la explotación y desvalorizando parcialmente los capitales obsoletos. Pero afectó potencialmente el nivel de rentabilidad, con aumentos de la productividad basados en tecnologías capital-intensivas que expanden el desempleo.

El nuevo modelo genera el tipo de crisis que salieron a flote durante la burbuja japonesa (1993), la caída del Sudeste Asiático (1997), el desplome de Rusia (1998), el desmoronamiento de las Punto.Com (2000) y el descalabro de Argentina (2001). La eclosión financiera del 2008-09 constituye la manifestación más aguda de estos estallidos y abrió una posibilidad de ocaso del neoliberalismo, que hasta ahora no se ha verificado.

El desprestigio ideológico de este esquema no ha impedido su persistencia. Pero el modelo restableció formas descontroladas de funcionamiento capitalista erosionó los diques que morigeraban los desequilibrios del sistema. El capitalismo se ha tornado más ingobernable y opera con niveles de inestabilidad muy superiores al pasado.

El imperialismo neoliberal

¿Cuál son los efectos de esta nueva etapa neoliberal sobre la dinámica imperial? El impacto más visible es la extensión geográfica del capitalismo y el consiguiente incremento de la escala, en que se desenvuelven las acciones imperialistas. El sistema dominante ha logrado un inédito nivel de expansión, especialmente luego del colapso de la Unión Soviética y la paulatina incorporación de China al orden global. Esta ampliación de la esfera capitalista facilitó, a su vez, la consolidación del neoliberalismo.

Se puede establecer cierto paralelo entre esta expansión y la sucesión de conquistas de la periferia que acompañaron al surgimiento del imperialismo clásico. Al principio del siglo XX y al concluir esa centuria, el modo de producción vigente incorporó vastas regiones no capitalistas, a su campo de acción.

Pero la ampliación de esa época absorbía zonas muy atrasadas y de gran subdesarrollo. En cambio en las últimas décadas el ensanchamiento se consumó en regiones que habían comenzado procesos de erradicación del capitalismo.

En múltiples terrenos hay más semejanzas con la posguerra, que con la era precedente. A diferencia de lo ocurrido durante el período clásico, el imperialismo contemporáneo refuerza la asociación económica entre empresas de distinto origen nacional. La mundialización neoliberal imprimió un nuevo impulso a este proceso.

La nueva etapa ha potenciado también la gestión internacionalizada de los negocios que realizan las grandes compañías, fragmentando los procesos de fabricación y lucrando con las diferencias nacionales de productividades y salarios.

Este curso multiplicó la movilidad de los capitales y las mercancías, restringiendo al mismo tiempo el tránsito de las personas. Los capitalistas favorecen el traslado de trabajadores para potenciar la competencia laboral, pero bloquean las corrientes emigratorias que desestabilizan su control de la vida política y social.

Las distintas tendencias en juego tienden a reforzar la asociación internacional de capitales. Esta evolución consolida el principal rasgo económico que diferenció al imperialismo de posguerra de su precedente clásico. La mayor integración diluye las posibilidades de choque entre bloques proteccionistas y acentúa el distanciamiento del periodo actual con la época de Lenin. Algunos autores han introducido el término de “imperialismo neoliberal” para describir el nuevo contexto. Esta noción podría ser utilizada para ilustrar qué tipo de articulación dominante genera a escala mundial, una nueva etapa del capitalismo [30].

También el rasgo geopolítico que más distinguió al imperialismo de posguerra de su antecesor clásico se ha reforzado en las últimas dos décadas. La ausencia de conflictos bélicos directos entre las principales potencias ha persistido sin modificaciones bajo el neoliberalismo. El acompañamiento de Europa y Japón a las principales agresiones del Pentágono se ha mantenido como un dato clave del escenario internacional.

En las últimas tres décadas no se ha vislumbrado ningún retorno a las tensiones bélicas de principios del siglo XX. Los presagios de esta regresión que se formularon con el resurgimiento de Japón, el fin de la guerra fría o la unificación de Alemania fueron desmentidos por el curso de los acontecimientos. No existe ningún atisbo de reaparición de los bloques militares antagónicos dentro de la tríada.

Las disputas por los mercados y los abastecimientos de la periferia persisten. Pero ninguna potencia está dispuesta a poner en riesgo la continuidad del capitalismo, con agresiones que fracturen el bloque de las economías desarrolladas.

Los conflictos posibles se delinean contra las nuevas sub-potencias, que comienzan a emerger entre varios países con grandes recursos militares, demográficos y naturales o con cierta experiencia de dominación militar a escala regional (China, Rusia, India, Brasil, Sudáfrica). Estas naciones cuentan con prósperas clases capitalistas locales, que buscan ampliar su lugar en el escenario mundial y ya no aceptan el trato periférico del pasado.

El nuevo polo de acumulación asiática y la ausencia de subordinación militar a Estados Unidos por parte de Rusia y China (en contraposición a las restantes clases dominantes del planeta), constituyen dos novedades importantes, en comparación al imperialismo de posguerra. Pero todavía es prematuro evaluar cuál será el efecto de estas modificaciones, en el marco de las tensiones económico-sociales que generan la desigualdad, la exclusión y la marginalidad del capitalismo neoliberal.

Estas tensiones se manifiestan en todos los campos, pero son particularmente visibles en el plano financiero. En los ciclos de prosperidad, el crédito se expande aceleradamente a escala global, a través de los mecanismos creados por la liberalización bancaria. Pero en los períodos críticos, cualquier caída de Wall Street se transmite velozmente a todas las colocaciones especulativas del planeta. La mundialización financiera reduce drásticamente la capacidad que detentaban los estados, para afrontar de manera autónoma esos vendavales. Los dispositivos de contención que se utilizaban con instrumentos cambiarios o monetarios o bancarios han quedado seriamente afectados.

La misma interacción se verifica en el plano comercial. El grado de apertura de todas las economías se amplió significativamente, a través de un ritmo ascendente de las transacciones, que supera el nivel de actividad productiva. Con argumentos de especialización complementaria se generalizaron convenios de libre comercio, que en las fases de prosperidad benefician a las grandes empresas y en los periodos recesivos acrecientan las dificultades de colocación de las mercancías excedentes.

Por otra parte, el avance de la internacionalización productiva reestructura la división del trabajo y acrecienta la presencia de las empresas transnacionales en el comercio mundial. Pero esta ampliación potencia también la velocidad de transmisión de los desequilibrios mundiales, especialmente en los cuellos de botella de la inversión y en los trastornos para asegurar la provisión de insumos estratégicos. El imperialismo del siglo XXI está afectado por todos los desequilibrios de la etapa neoliberal.

Este período consolida la modificación radical del escenario clásico que se produjo en la posguerra, con la desaparición de las confrontaciones bélicas entre potencias. El análisis del imperialismo contemporáneo requiere superar la simple repetición de la teoría tradicional y la asignación de vigencia infinita a una etapa específica de principio del siglo XX. Una interpretación actual debe registrar el impacto de la mundialización neoliberal, que ha expandido el radio de acción imperial a todo el planeta, reforzando el rol militar dominante de Estados Unidos. La comprensión de este liderazgo requiere un análisis más detallado.

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- Texto completo de Claudio Katz acerca del Imperialismo, ordenado según fecha de publicación en Argenpress.info:

" El imperialismo del siglo XXI" Capítulo I: La teoría clásica del imperialismo , Parte I, 17-05-2011

*pp4: Parte II, 18-05-2011

*pp5: Parte III, 19-05-2011

*pp9: Parte IV, 20-05-2011

*pp14: El imperialismo contemporáneo, 26-05-2011

*pp27: El papel imperial de Estados Unidos, 02-06-2011

*pp38: Gestión colectiva y asociación económica imperial, 10-06-2011

- Véase de Claudio Katz (diciembre 2000): "Ernest Mandel y la teoría de las ondas largas", en Textos de y sobre Ernest Mandel, pp 54-78.

(13 de junio de 2011)


[1- Claudio Katz es economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).

[2Amin Samir: El imperialismo colectivo, IDEP-CTA, Buenos Aires, 2004. Amin, Samir: “Geopolítica del imperialismo colectivo”, en Nueva Hegemonía Mundial, CLACSO, Buenos Aires, 2004.

[3Serfati Claude: La mondialisation armée, Textuel, Paris, 2001

[4Ver: Borón Atilio: “Hegemonía e imperialismo en el sistema internacional”, en Nueva Hegemonía Mundial, CLACSO, Buenos Aires, 2004. Borón Atilio: “La cuestión del imperialismo”. La teoría marxista hoy, CLACSO, Buenos Aires, 2006.

[5Anderson Perry: “Algunas observaciones históricas sobre la hegemonía”, C y E, año II, n 3, primer semestre 2010.

[6Hemos desarrollado este tema en: Katz Claudio: “Desequilibrios y antagonismos de la mundialización”. Realidad Económica n 178, febrero-marzo 2001, Buenos Aires, Argentina.

[7Este artículo forma parte de un libro de próxima aparición sobre las teorías actuales del imperialismo.

[8Esta caracterización expone: Panitch Leo: “The state, globalisation and the new imperialism”, Historical Materialism, vol 9, winter 2001.

[9Esta tesis desarrolla: Anderson Perry: “Fuerza y consentimiento”, New Left Review, n 17, septiembre-octubre 2002.

[10Panitch Leo, Gindin Sam: “Capitalismo global e imperio norteamericano”, El nuevo desafío imperial, Socialist Register 2004, CLACSO, Buenos Aires 2005. Callinicos Alex: “La teoría marxista y el imperialismo en nuestros días”, Razón y Revolución, n 56, Buenos Aires, 2010. Petras James, Veltmeyer: “Construcción imperial y dominación”, Los intelectuales y la globalización, Abya-Yala, Quito, 2004. Wood Ellen Meiskins: Empire of Capital, Verso 2003, (Cap 6 y 7). Hobsbawm Eric: “Crisis y ocaso del imperio”, Clarín-Ñ, 15-10-05. Hobsbawm Eric: “Un imperio que no es como los demás”, Le Monde Diplomatique, edición chilena, junio de 2003.

[11Boron Atilio: “La cuestión del imperialismo”. La teoría marxista hoy, CLACSO, Buenos Aires, 2006.

[12Un análisis de este cambio en: Halevi Joseph, Varoufakis Yanis: “The global minotaur”, Imperialism Now, Monthly Review, vol 55, n 3, July-August 2003.

[13Por ejemplo, en el año 2000 las ganancias de las filiales en el exterior de Estados Unidos equivalían al 53% de las ganancias domésticas. Llegaron a esa cifra a partir de un crecimiento regular que comenzó con 10% en 1943. Dumenil Gerard, Ley Dominique. El imperialismo en la era neoliberal. Revista de Economía crítica n 3, 2005.

[14Este artículo forma parte de un libro de próxima aparición sobre las teorías actuales del imperialismo.

[15Hemos desarrollado este tema en: Katz Claudio: El porvenir del socialismo. Primera edición: Editorial. Herramienta e Imago Mundi, Buenos Aires, 2004 (cap 2 ).

[16Ver por ejemplo: Afanásiev L y otros autores: Manual de economía política del capitalismo, Editorial Granica, Buenos Aires, 1974. También: Testa Víctor: El Capital Imperialista, Editorial Fichas, Buenos Aires 1975

[17Brown Barrat Michael: “Una crítica de las teorías marxistas del imperialismo”, Owen Robert: “Introducción”, Sutcliffe Bob: “Conclusión” (en Owen Robert, Sutcliffe Bob: Estudios sobre la teoría del imperialismo, Era, México, 1978.).

[18Sweezy Paul, Magdoff Harry: ¨The crisis of American Capitalism¨.The deepening crisis of U.S. Capitalism, Monthly Review Press, 1981. Jalee Pierre: El Tercer Mundo en la Economía Mundial, Siglo XXI,1976, Buenos Aires

[19Hymer Stephen: Empresas multinacionales e internacionalización del capital. Ediciones Periferia, Buenos Aires, 1972. Nicolaus Martín: “La contradicción universal”. El imperialismo hoy, Ediciones Periferia, Buenos Aires, 1971. Murray, Robin: “The Internationalization of Capital and the Nation State”, New Left Review 69, 1971.

[20Poulantzas Nicos: “Internacionalización” (en Las clases sociales en el capitalismo actual, Siglo XXI, Madrid 1981.) Palloix Christian: Las firmas multinacionales y el proceso de internacionalización, México, Siglo XXI. Ver también: Leucate Christian: Internacionalización del capital e imperialismo, Fontamara, Barcelona 1978.

[21Mandel, Ernest: El capitalismo tardío, ERA, México, 1978, (cap 10). Mandel, Ernest: “Las leyes del desarrollo desigual” (en Ensayos sobre el neocapitalismo, Era, México, 1969.)

[22Rowthorn Bob: “El imperialismo en la década de 1970” (en Capital monopolista y capital monopolista europeo, Granica, Buenos Aires, 1971.).

[23Este balance planteamos en: Katz Claudio: “El imperialismo del siglo XXI”, ESECONOMIA, Instituto Politécnico Nacional, número 7, año 2, verano 2004, México.

[24Ver este debate en: Husson Michel: “Le fantasme du marché mondial”. Contretemps, n 2, septembre 2001.

[25Ver: Ramírez Roberto: “El imperialismo en el nuevo siglo”, Socialismo o Barbarie Nº 13, noviembre 2002.

[26Hemos desarrollado estas caracterizaciones en: Katz Claudio: “Las tres dimensiones de la crisis”, Número 37/38 de la revista Ciclos en la historia, la economía y la sociedad, Año XX, Vol. XIX, 2010. Katz Claudio: “Capitalismo contemporáneo: etapa, fase y crisis”, Ensayos de Economía, Facultad de Ciencias Humanas y Económicas, vol 13, n 22, septiembre 2003, Medellín. Katz Claudio: “Mito y realidad de la revolución informática”, Eseconomía. Instituto Politécnico Nacional, número 6, año 2, invierno 2003-04, México. Katz Claudio: “Crisis global: las tendencias de la etapa”, Aquelarre, Revista de Centro de la Universidad de Tolima, Colombia, vol 9, n 18, 2010.

[27Por ejemplo: O´Hara Phillip: “A new financial social structure of accumulation in the US for long wave upswing?”, Review of radical political economy, vol 34, n 3, summer 2002. O´Hara Phillip: “A new transnational corporate social structure of accumulation for long wave upswing in the world economy?”, Review of Radical Political Economics, vol 36, n 3, summer 2004. Kotz David: “Neoliberalism and the Social Structure of Accumulation”, Review of Radical Political Economics, vol 35, n 3, summer 2003.

[28En el primer caso: Martins Carlos Eduardo: “Los impasses de la hegemonía de Estados Unidos”, Crisis de hegemonía de Estados Unidos, CLACSO Siglo XXI 2007. En el segundo Wallerstein Immanuel: Capitalismo histórico y movimientos anti-sistémicos: un análisis de sistemas - mundo, 2004, Akal, Madrid, (cap 28).

[29Por ejemplo: Wood Ellen Meiksins: “Modernity, posmodernity or capitalism?”, Monthly Review, vol 48, n 3, July-August 1996. Wood, Ellen Meiksins: "What is postmodern agenda?" Monthly Review, vol 47, n 3, july-august 1995, New York.

[30Dumenil Gerard, Ley Dominique: El imperialismo en la era neoliberal, Revista de Economía crítica n 3, 2005.