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Jon Juanma, Argenpress cultural, 10 octubre 2009

El decurso y la vigencia del marxismo en la teoría crítica de la comunicación (Parte I)

Domingo 11 de octubre de 2009, por Redacción

Introducción. Las aportaciones teóricas críticas presentadas por Karl Marx y Friedrich Engels en el siglo XIX inauguraron el corpus teórico que conocemos bajo el nombre de marxismo. El mismo no sólo han tenido una influencia muy importante en disciplinas como la economía, la sociología o la historia, incluso en corrientes discrepantes o enfrentadas a la misma; sino también ha bañado los análisis críticos de otras, a priori más alejadas, como el arte o la comunicación. Sobre su influencia en esta última, su decurso y vigencia, versará el presente trabajo.

2. Anales de la influencia del marxismo en la teoría crítica

Fue Marx quien estableció la base sobre la que posteriores autores como Raymond Williams desarrollarían una teoría marxista de los medios de comunicación. Para el filósofo alemán la estructura económica en un lugar y tiempo histórico determinado (esclavismo, feudalismo, capitalismo, etc.) era la que marcaba la superestructura social. En ésta última se englobaban las leyes, las ideas predominantes del pensamiento, la política, la cultura, etc. De este modo, los medios de comunicación para la teoría marxista son parte de esa superestructura que depende, en última instancia, del estado de la estructura económica (propiedad de los mismos, organización, etc.). En nuestra época, mucho más que en el siglo XIX donde vivió Marx, esta estructura económica predominante en nuestro sistema-mundo sería el capitalismo. Colóquele el lector todas las las comillas y epítetos que se quiera (capitalismo de estado, keynesianismo o capitalismo imbricado, capitalismo neoliberal, etc.), pero capitalismo al fin y al cabo.

¿Qué es el capitalismo, en qué se define fundamentalmente? En la hegemonía de la propiedad privada sobre los medios de producción, distribución e intercambio y la forma mayoritaria de trabajo asalariado.

- 1 En el capitalismo aunque conviven clases de anteriores sistemas y decenas de gradaciones entre ellas según renta

- 2 las definitorias son la burguesía (propietaria de los medios de producción) y el proletariado o clase trabajadora (que ha de vender su fuerza de trabajo a la burguesía como una mercancía más si no quiere morirse de hambre).

Aún teniendo en cuenta los objetivos avances conseguidos por la clase trabajadora en la lucha por sus derechos durante el siglo XIX y XX (especialmente en los países centrales), las bases del sistema son las anteriormente citadas. Pese a los sistemas de seguridad social, los sindicatos más o menos combativos/amaestrados y los derechos laborales santificados por las leyes pero frecuentemente violados en las empresas; los trabajadores del mundo real deben adaptarse/plegarse a las exigencias del mercado laboral capitalista y vender su fuerza de trabajo al mejor postor (sorprendentemente semejante al “peor postor” gracias a la presión efectuada por el cada vez más notable y estructural “ejército de reserva”).

Los pilares capitalistas se tornan más diáfanos al referirnos a los medios de comunicación mayoritarios en el sistema-mundo. Éstos son parte de conglomerados mediáticos con diversos tentáculos en otras industrias culturales (a su vez también reproductoras de la superestructura ideológica) que del mismo modo producen información o desinformación según se alejen del hecho (que originó la noticia). Estos grandes grupos mediáticos son multinacionales ya que operan en diversos países e incluso continentes, mueven una cantidad ingente de dinero en concepto de publicidad y creación de nichos de mercado para sus anunciantes. Además, la parte decisiva de su accionariado suele estar controlado por un magnate con nombre y apellidos (oligarca miembro de la élite internacional, caso de Ruper Murdoch). La clase trabajadora, por su parte, tiene reservado el lugar de receptor de estos medios y muy raramente se le permite cambiar al papel de emisor de la información. En todo caso, cuando esto sucede, es bajo derecho permanente de censura. Como dice Bordieu, al final “los temas son impuestos a los espectadores por los productores”, esto es: a los obreros por la burguesía.

En los anales de la teoría marxista de la comunicación nos encontramos con la Escuela de Frankfurt: Adorno, Horckheimer, Benjamin (que no llegó a pertenecer y tuvo sus desencuentros con los anteriores) y posteriormente la importantísima influencia de Marcuse. Investigaron la influencia pseudoindividualizadora y homogeneizante de los productos de las industrias culturales, a la par que el callejón sin salida que suponía para la humanidad su transformación irremisible en “sociedad de masas”, tesis que tiene en la obra Dialéctica de la Ilustración (1947) una de sus mayores concreciones intelectuales. En ella, sus autores, Adorno y Horckheimer no dejan lugar a la esperanza ni dejan piedra sobre piedra dentro del proceder de las organizaciones de izquierda, incluso las consideradas revolucionarias. Pese a los aciertos y la inspiración de la obra, creemos que cae en un nihilismo aciago que no ayuda a todos aquellos que queremos construir un mundo más justo y habitable. Sí lo hacen, en cambio, ciertas aportaciones teóricas que nos permiten entender mejor esa “sociedad de masas” en la que estamos imbuidos.

Por su parte, ya en los sesenta, Herbert Marcuse, sin llegar a ser considerado como un optimista no alcanza al negativismo de sus precesores, y con su obra El hombre unidimensional, escrita cuatro años antes de las protestas de Mayo del 68, argumentaba que cada vez más el hombre, tanto en el Occidente capitalista de entonces como en la URSS, se hallaba cada vez más sumido por una lógica homogénea, tecno-industrial, falseante e inhumana que penetraba hasta los rincones más íntimos del pensamiento, constriñendo así desde su nacencia el pensamiento crítico, y por tanto la posibilidad de imaginar y construir otro mundo posible. A pesar de ello, Marcuse no dejó de creer en la esperanza y toda su vida se debatió entre si era posible o no cambiar el sistema desde dentro, en cualquier caso, en la obra citada anteriormente sí aceptó que el cambio pudiera venir de los países de la periferia.

Otra vertiente de la teoría marxista se dio en la figura clave del galés Raymond Williams (1921/1988), el cual marcó con sus investigaciones profundamente la teoría de la superestructura e inauguró la vertiente de los estudios culturales (cultural studies). Dentro de la tradición marxiana y contrapuesto al materialismo mecanicista (que veía/ve en la superestructura un reflejo casi inmediato de los cambios en la estructura económica), Williams indagó cómo esos cambios influían con todas sus contradicciones en la cultura. Afirmaba que indudablemente, la estructura era el punto de origen de la superestructura, pero como el mismo Marx admitía, en ésta última, podían convivir perfectamente elementos del pasado con influencias del presente en una pugna muchas veces incierta: “The superestructure is a matter of human consciousness, and this is necessarily very complex, not only because of its diversity, but also because it is always historical: at any time, it includes continuities from the past as well as reactions to the present”.

Por tanto, no era una traducción sencilla y mecanicista, sino un auténtico ejercicio de interpretación que requería un altísimo nivel de erudición multidisciplinar donde al acabar, nos encontraríamos seguro con más preguntas, intuiciones y sospechas que con certezas. ¿Era entonces inútil hacer ese costoso ejercicio investigador? De ningún modo. Sólo que como sostenía Williams en 1958, cabía afirmar que el desarrollo de la investigación marxista superestructural se hallaba en sus inicios y que por tanto era necesario ser humildes ante el estado de la historiografía al respecto y la indudable dificultad de la empresa.

Éste último fundó junto a los marxistas Stuart Hall, Edward P. Thompson y el liberal de izquierdas Richard Hoggart el Centro de Investigaciones de Birmingham centrado en el desarrollo de esta investigación superestructural en los estudios culturales (cultural studies). Lamentablemente, atendiendo a la crítica de Armand Mattelart, a excepción del propio Williams y Thompson, la Escuela de Birmingham fue atomizando excesivamente su objeto de estudio, ampliando los temas a otras cuestiones que formaban la identidad del sujeto además de la clase (género, raza, etnia, etc), pero siempre quedándose excesivamente parcos a la hora de analizar la base económica e histórica en donde tenían lugar esas producciones culturales. Por supuesto que fue enriquecedor atender a otras realidades además de la clase en la conformación de la ideología pero descuidaron el nivel económico e histórico. Sus análisis pecaron, en definitiva, de un claro idealismo filosófico. Se centraron tanto en la superestructura que olvidaron su contraparte del proceso dialéctico.

Esto mismo arguyó Dallas Smythe en su trabajo “Communications: Blindspot of Western Marxism” (1977). Afirmaba que estos teóricos de la comunicación, pese a reconocerse como marxistas, no entendían el papel económico que los medios desempeñaban en la reproducción del capital. Les achacaba que todo lo estudiaran en torno a la cuestión de la hegemonía ideológica, concepto extraído del marxista italiano Gramsci, del que “los hijos de Birmingham” eran sin duda deudores. El artículo original fue publicado en lengua inglesa en 1977 apareciendo su traducción castellana en 1983 en un libro publicado por la editorial Gustavo Gili llamado La televisión: entre servicio público y negocio. Pese a los cuarenta años del artículo y la posterior réplica del neomarxista Graham Murdock en 1978 en donde criticaba a su vez el excesivo “economicismo” de Smythe, el debate entre marxistas proclives a la preponderancia económica reproducción de la plusvalía/estructura económica y los más sensibles al polo cultural (reproducción ideológica/superestructura) sigue en plena vigencia como veremos al analizar los autores más actuales.

De todos modos, también Marx, poco sospechoso de ser un idealista en sus análisis socio-económicos, reconoció que los cambios en la superestructura se producían “más o menos rápidamente”: “With the change of the economic foundation the entire immense superestructure is more or less rapidly transformed”. En todo caso determinaba su carácter general, no todo su carácter como pretendían los materialistas mecanicistas (muchos influidos por la doctrina oficial soviética): “The mode of production in material life determines the general character of the social, political and spiritual processes of life”. ¿Y si no determina todo su carácter, la parte que resta quién la determina? La misma superestructura. Ésta puede tener un efecto inverso sobre la estructura.

En este sentido, César de Vicente Hernando advierte, cuando señala las carencias de la crítica mecanicista, que no es suficiente con percatarse cómo los medios mayoritarios ocultan unas informaciones y muestran otras. Pues incluso los medios alternativos (reveladores del contenido ocultado por los mayoritarios) se enfrentan con un público amaestrado por la tradición comunicacional burguesa que “responde a determinadas interpelaciones y no a otras” de un modo natural. Por el momento nos delimitaremos a señalar esta realidad que, posteriormente, en el epígrafe cuarto del presente trabajo analizaremos en unos casos concretos.

De todos modos, mecanicistas y culturalistas parten de la siguiente reflexión de Marx para sus posteriores estudios: “Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante de la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, en general, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente”.

Si bien es cierto que las clases populares pueden ser también creadoras (de contracultura) y no meras reproductoras de la ideología hegemónica, como los culturalistas de la Escuela de Birmingham detectaron, todo depende en última instancia de la conciencia de clase y la capacidad para saberse diferenciados del discurso burgués. Para nuestro objeto de estudio, esta cultura de resistencia a la hegemonía burguesa serían los medios de comunicación alternativos de los que hablaremos con un caso concreto en el epígrafe cuarto. La Escuela de Birmingham, y un ejemplo claro es su más destacado representante Raymond Williams, fue deslizándose cada vez más hacia un análisis de la superestructura crecientemente desconectado de la base económica.

Lo cual llevó por ejemplo al intelectual galés, según nuestro criterio, a una ingenuidad política alarmante que le hizo creer posible un pacífico y dulcemente transitable camino hacia la libertad y la democracia en los medios de comunicación sin cuestionar su propiedad. Por esto mismo, creyó posible que el sujeto político fuera el reformismo inglés cuando la realidad histórica demostró justo lo contrario: el laborismo sería depurado de sus elementos marxistas, abrazando con la Tercera Vía muchos dogmas neoliberales de la mano de Tony Blair.

Auspiciando poderosamente este giro a la derecha, entre bambalinas (paradojas de la vida), se encontraría el magnate de los medios Rupert Murdoch. Éste fue clave para las victorias laboristas en las elecciones de 1997, 2001 y 2005 desde su sensacionalista The Sun (antes había apoyado a la tory Margaret Thatcher y a su compañero de partido John Major). En este sentido le volveríamos a dar la razón a Dallas Smythe en sus críticas más que justificadas a los culturalistas, que huyendo del pozo de los mecanicistas (muchos de los cuales se desplazaban por la órbita soviética) no sabemos si se metieron en otro más infructuoso todavía.

Para finalizar el presente apartado, cabe destacar la importante aportación a la teoría marxista de la comunicación que se produjo en los setenta con el semiólogo marxista italiano Ferrucio Rossi-Landi; el cual realizó una aportación muy significativa a esta teoría al enlazar los dos polos de la dialéctica estructura o base/modo de producción y superestructura/ideología(s) con la inserción de un elemento clave: los sistemas sígnicos. Esta aportación parte de la base de que ninguna persona puede interactuar con otra “sin unos determinados sistemas significantes, unos determinados modos de (re)producir cultura(s) ”, en palabras de Antonio Méndez Rubio.

3. Últimos años y principales autores

Si bien las tendencias economicistas y culturalistas dentro de los autores materialistas siguen en boga, lo cierto es que los últimos años, tras los excesos de unos y otros en el siglo XX, la tendencia en la voluntad de los pocos que académicamente todavía se reclaman marxistas o neomarxistas, es la de encontrar el punto de equilibrio. Objetivo que pocos consiguen, según nuestro criterio.

Debido a la hegemonía neoliberal de la Unión Europea y los Estados Unidos, el mundo académico (que no levita sobre el mundo real) fue poderosamente marcado por la dinámica pro-empresarial. Los autores izquierdistas que antes utilizaban las cátedras públicas para sus investigaciones fueron mermando en número a medida que se jubilaban. Las generaciones posteriores no habían vivido un enfrentamiento ideológico tan enconado, de hecho, prácticamente ningún enfrentamiento ideológico ya que la URSS cayó hace ahora casi veinte años y el neoliberalismo ya había conseguido su hegemonía a mitad de los ochenta en el occidente capitalista, incluso en países clásicos en el desarrollo del llamado Estado del Bienestar (Welfare State) como Suecia. Cuando nos referimos a su hegemonía, nos referimos principalmente a su élite dirigente (incluida la de los partidos otrora socialdemócratas) si bien, no podemos descuidar la indudable y poderosa influencia que esta misma élite ejercía sobre las clases populares (“la ideología de la clase dominada es la ideología de la clase dominante”).

En los últimos años, el desarrollo del marxismo comunicacional cambió de coordenadas y pasó, en gran medida, de la Vieja Europa a la Patria Grande de José Martí, esto es: Latinoamérica. Con los procesos izquierdistas de Venezuela, Bolivia o Ecuador y los gobiernos “progresistas” (agréguele el lector más comillas si así lo considerase) de Brasil, Uruguay, Paraguay, El Salvador, etc., la teoría materialista de la comunicación tiene en estos procesos su mejor caldo de cultivo.

Destacan en el subcontinente autores como el profesor Atilio Borón en Argentina, el historiador y analista Vladimir Acosta o la américo-venezolana Eva Golinger en la República Bolivariana de Venezuela. De hecho, incluso en este último país, un programa dedicado al análisis crítico de los medios privados (contrarios al gobierno de Chávez) llamado La Hojilla, emitido en el canal público Venezolana de Televisión y presentado por el periodista Mario Silva, utilizaba una cierta parte de la tradición mecanicista junto con otros momentos claramente culturalistas. Además del citado Silva, colaboraban expertos como Golinger y otros autores (semiólogos, psicólogos, comunicadores, etc.) que tuvieron el mérito de popularizar en prime time (llegando en determinados períodos a ser el programa más visto de la parrilla venezolana con el plus de que era diario) una forma crítica de escudriñar la supuesta realidad, los supuestos hechos que diría Hernando, con un análisis profundo (trucos de edición, narrativa, montaje, usos psicológicos de cuadros y planos, etc.) que dio a muchas venezolanos las herramientas de las que carecen los ciudadanos de otros países para protegerse de la manipulación mediática. Justo aquello que reclamaba Raymond Williams que se impartiera en las escuelas e institutos del Reino Unido, con su capítulo “La enseñanza de la crítica”. El mérito indudable de este programa fue que hizo crecer a su público hasta convertirlo de niños-receptores de audiovisuales a adultos ciudadanos crítico-receptores.

En México, tierra de procesos de cambio social (actual gobierno paralelo “legítimo” de López Obrador e insurgencia zapatista desde 1994 contra el neoliberalismo del ALCA), destaca especialmente el trabajo de Fernando Buen Abad Domínguez, vice-rector de la Universidad Abierta de México y experto en comunicación, autor inscrito nítidamente en la tradición marxista más combativa. Precisamente a principios de agosto del presente año, el mexicano realizó un llamado a establecer un “Movimiento Latinoamericano para la Comunicación Revolucionaria” donde explicaba, según su parecer, los 13 puntos que serían convenientes seguir para la construcción de una alternativa revolucionario-popular a la hegemonía burguesa en los medios.

¿Y fuera de Latinoamérica? En las entrañas del imperio, en Estados Unidos cabe destacar la labor de Michael Parenti o el incombustible Noam Chomsky (dentro del paradigma materialista de la crítica a los medios pese a su confesa ideología política anarco-sindicalista).

Por supuesto, en la “Vieja Europa” no podemos olvidar al propio belga-francés Armand Mattelart, un marxista heterodoxo muy respetado, capaz de criticar al gobierno cubano delante de sus propios miembros y seguir apostando por un socialismo democrático. En este continente también destaca el conocido analista belga Michel Collon que emplea, sin citarla explícitamente, una estructura marxista de análisis de los medios, cercana a la tradición más economicista.

En el estado español, destaca el escritor y periodista Pascual Serrano (co-fundador del conocido medio electrónico alternativo Rebelión que se convirtió en punto de encuentro y difusión de muchos marxistas de todo el mundo, gracias a su equipo permanente de traductores) por su metódica labor de análisis de los medios burgueses desde las páginas de Le Monde Diplomatique, Diagonal o diversos medios electrónicos de base. Destacan sus obras Violencia y medios de comunicación (2006) y Medios violentos: Palabras e imágenes para la guerra (2007), que se insertan en la tradición más economicista y conceptual de la tradición crítica, sin por ello restar el mérito que detentan sus sanos esfuerzos por desentrañar los intereses económicos de los grandes conglomerados mediáticos que frecuentemente permanecen desconocidos para el gran público. Desde una perspectiva más teórica destaca el profesor y poeta Antonio Méndez Rubio, experto en comunicación audiovisual y periodismo, sintetiza lo mejor del marxismo economicista y el marxismo culturalista.

4. Su vigencia: el bicentenario de la independencia de Bolivia y la reforma de la Ley de Educación en Venezuela

Hemos querido ejemplificar la plena solvencia de la herramienta marxista en el análisis de los medios con el estudio del diferente tratamiento aplicado a una misma noticia. Utilizaremos dos noticias distintas en las que se juegan intereses de clase. De una parte, tendremos a los medios mayoritarios, los dependientes de los grandes grupos mediáticos, los burgueses y capitalistas por antonomasia. De la otra, los enfrentados a esta ideología: uno minoritario, de base, ligado a los movimientos sociales y con una dependencia prácticamente nula de capital económico y sí totalmente dependiente del esfuerzo “militante”; y el otro, dependiente de la unión de varios estados de la periferia enfrentados a la ideología de los conglomerados mediáticos burgueses del centro del sistema.

Para señalar que, pese a las nuevas tecnologías, el grueso de la problemática de la libertad de prensa bajo condiciones capitalistas sigue con la misma que en el siglo XIX (grandes capitalistas con periódicos que defienden sus intereses y que llegan a toda la geografía enfrentados a pequeños esfuerzos militantes de activistas), hemos seleccionado únicamente las noticias publicadas en Internet por los distintos medios.

La magia de la instantánea accesibilidad de la Red, el clic que tan pronto nos introduce en el New York Times como en la publicación minoritaria de un partido comunista de un perdido pueblo asiático, permite creer por momentos en el espejismo de la falsa igualdad de condiciones a la hora de llegar al público. Esta pretendida equidad posmodernista predicada a los cuatro vientos por los popes del “fin de las ideologías”, el “fin del trabajo” y vaya ustedes a saber qué más, sólo es plausible en el caso de que el público conociese previamente ambas publicaciones (la del gigantesco grupo mediático y la del grupo de activistas), cosa que ciertamente en la realidad no ocurre casi nunca, a menos que los receptores sean previamente ya activistas de los movimientos sociales.

Los periódicos elegidos para el ejemplo son por la parte de los grandes medios burgueses: ABC y El País. Diarios supuestamente diferenciados en el espectro ideológico, autodefinidos como “conservador” y “progresista” respectivamente, los cuales veremos cómo a la hora de la verdad coinciden cuando la política toca los intereses de sus dueños (principales accionistas/capitalistas). Del otro lado, como medio de base: Rebelión y como gran medio de carácter público e interestatal de la periferia: Telesur.

Ahora pasemos a ver quién es quién, qué personas están detrás de cada uno de ellos. El País es un diario capitalista español, parte del grupo de comunicaciones Prisa (radio, televisión, revistas, editoriales de texto, etc.), con una fuerte presencia en España y notable en Latinoamérica. Su máximo accionista y presidente es Ignacio Polanco Moreno (también presidente del Grupo Timón, el cual empezó como editora y controla las empresas que van desde el comercio exterior y los hoteles hasta la publicidad, los viajes o las financieras). Ignacio es hijo del magnate fallecido en 2007 Jesús de Polanco, co-fundador del emporio junto al editor José Ortega Spottorno y el periodista Juan Luís Cebrián que, un año antes de su fallecimiento, fue considerado por la revista Forbes como uno de los milmillonarios en $ del mundo y de los más ricos en España.

Por supuesto su hijo, como heredero, no se queda atrás y ya en diciembre de 2008 fue reconocido por el diario El Mundo como poseedor de una de las veinte fortunas españolas más grandes en la bolsa de valores. El grupo Prisa incluye entre otros el diario El País, el deportivo As, el económico Cinco Días, las principales cadenas de radio como la SER o Los 40 Principales y Cadena Dial. También controla la producción de libros de texto con el grupo Santillana que opera fuertemente en Latinoamérica. Además con el grupo Sogecable (del que detenta actualmente el 100% del accionariado) opera en televisión con el canal en abierto Cuatro y la plataforma vía satélite Digital +. Por tanto tenemos que El País no es un medio independiente (como no lo es ninguno), sino un periódico controlado en última instancia por un hombre de carne y hueso, un capitalista tanto industrial como financiero llamado Ignacio Polanco Moreno. Por supuesto, dentro de la jerarquía en la toma de decisiones de El País, se tendrán en cuenta la opinión de los redactores, los consultores, los abogados y sobre todo los anunciantes que pagan la publicidad, pero pese a todo ello, en último término girará en torno al objetivo supremo, que no es “informar a los ciudadanos” o ser un “medio independiente”, sino ser (muy) dependientes de aumentar el capital económico de Ignacio Polanco.

Comprobemos ahora la “independencia” del otro periódico burgués: ABC. Supuestamente enfrentado a la línea editorial de El País según su propia mitología. Comprobaremos cómo en lo que importa a la clase ultracapitalista u omnicapitalista ese enfrentamiento de “niños” se torna en unión de hecho entre adultos. ABC es parte del grupo Vocento y fue fundado en 1903 por el industrial Torcuato Luca de Tena y Álvarez Ossorio, hijo de la oligarquía sevillana. Si exceptuamos el período de la Guerra Civil en que el diario quedó en territorio republicano (Madrid), el rotativo siempre mantuvo una línea conservadora y monárquica, como lo hace también actualmente.

El grupo Vocento está formado por más de cien empresas. Una parte de su accionariado cotiza en bolsa y su implantación radica principalmente en territorio español. Los sectores donde participa el holding son principalmente diarios locales y regionales (La Verdad, Las Provincias, Diario Vasco, etc.), además del estatal ABC, también gratuitos como ADN, pero simultáneamente posee varias productoras de televisión (entre ellas la artífice de la popular, ultraconservadora e hiperviolenta serie policiaca “Los hombres de Paco” que emite Antena 3) y diversos portales de Internet. Su actual director es el periodista derechista Ángel Expósito (antiguo director de la agencia de noticias de Europa Press). De todos modos, Expósito no deja de ser una marioneta (bien) asalariada de los principales accionistas que están detrás del grupo Vocento.

Lamentablemente, debido a la legislación existente, cuesta bastante saber detrás de qué empresa se encuentran cada omnicapitalista, ya que están diseminados en muchísimas sociedades que poseen acciones de Vocento. De todos modos, según el propio informe de gestión consolidado del grupo en 2008 las principales empresas del holding eran las siguientes: Mezouna. S.L (11,08%), Valjarafe S.L (10,33%), Asua de Inversiones S.L (9,68%), Bycomels Prensa S.L (7,98%), Energay de Inversiones S.L (6,50%), Orchena S.L (5,47%) y Casgo S.A (4,43%).

Y más concretamente, sus principales accionistas a 31 de diciembre de 2008 (a pesar de encontrarse tras distintas sociedades): Guillermo Luca de Tena Brunet (10,46%), Víctor Urrutia Vallejo (10,11%), Enrique de Ybarra e Ybarra (6,50%) y María del Carmen Careaga Salazar (5,47%). El primero fue Presidente del ABC y es nieto del fundador del periódico. Miembro de la oligarquía española desde los tiempos franquistas, fue elegido por designación real como senador en 1977 (el mismo año que substituyó a Juan Luís Cebrián, actual editor jefe de El País y consejero delegado del Grupo Prisa, en la dirección del ABC) y cesó del cargo en 1979. Por su parte, Víctor Urrutia, madrileño descendiente de la oligarquía vizcaína del barrio de Neguri es el actual vicepresidente de Iberdrola (que sí tiene importantes intereses en Latinoamérica) y uno de sus más importantes accionistas. También es heredero de la bodega Cvne y participante en varias de las embotelladoras más importantes de Coca-Cola en territorio español. Ha sido consejero de Firestone, Babcock Wilcox, IBM España o Barclays Bank (anteriormente Banco Zaragozano).

El tercer accionista, Enrique de Ybarra, es miembro del Jurado de Comunicación y Humanidades de la Fundación Príncipe de Asturias y de la Fundación Gabarrón, también se ocupa de la presidencia de la Fundación Vocento. Así mismo es el actual presidente de Ingunza S.A. (sociedad de crédito y administración de valores bursátiles) y consejero de Brunara Sicav, S.A. (de la misma naturaleza que la anterior).

Para finalizar la relación, tenemos que referirnos a María del Carmen Careaga Salazar. De familia aristócrata, ésta ostenta desde el 2007 mediante orden del Rey de España y refrendo del ministro de Justicia de entonces (Fernández Bermejo) el título nobiliario de Condesa de Cadagua. Es actualmente según información del propio grupo Vocento, Presidenta de Carfy Sicav, S.A (sociedad de inversión de capital variable), Onchena S.L. (consultora de inversiones) y Administradora de Casas Blancas Agro S.A. (avicultura).

Tenemos por tanto, y principalmente, unos capitalistas financieros metidos a capitalistas comunicacionales. Esto no es nuevo, de hecho, es un clásico dentro de los posibles perfiles de un omnicapitalista. La relación que hemos realizado anteriormente, lejos de cualquier regusto por la anécdota, viene a decir que detrás de cualquier sociedad, hay personas de carne y hueso, capitalistas mayoritarios que ejercen el control de facto de sus empresas. Arriba de la pirámide, en el mundo de las sociedades anónimas, existen individuos tomando decisiones que afectan a cientos de miles, incluso millones de trabajadores (directos, indirectos y consumidores) en su carrera orgiástica por ampliar la plusvalía de sus inversiones.

- 2ª y última parte

- Fuente: Argenpress cultural

(11 octubre 2009)