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Ann Pettifor, Will Hutton, Gary Younge y Ken Livingstone, sinpermiso.info, 21 abril 2013
Michael Hudson y Jeffrey Sommers, sinpermiso.info, 14 abril 2013

El legado de Thatcher, reina madre de la austeridad y la financiarización globales

"The Economic Consequences of Mr Osborne", Victoria Chick and Ann Pettifor, PRIME, May 31st 2011

Miércoles 24 de abril de 2013, por Redacción

Este Dossier sobre el legado de Margaret Thatcher viene a completar la perspectiva abierta la semana pasada con el artículo de Michael Hudson y Jeffrey Sommers (“El legado económico de la Sra. Thatcher [1]), y consta de los siguientes textos: 1) Ann Pettifor y Douglas Coe: El legado económico de Thatcher. 2) Will Hutton: Si de veras nos había salvado la revolución de Thatcher, ¿por qué está hoy Gran Bretaña hecha un desastre? 3) Gary Younge: La Dama de Hierro ha muerto, pero el thatcherismo sigue vivo. 4) Ken Livingstone: Acabemos con los mitos sobre Margaret Thatcher.

(imagen La City de Londres).

El legado económico de Thatcher

Ann Pettifor y Douglas Coe [2]:

Resulta irónico que el funeral de Margaret Thatcher vaya a tener lugar en la catedral de St. Paul’s, ubicada en plena City de Londres. El mundo que rodea al gran monumento de (Sir Christopher) Wren está empezando a desenmarañarse como resultado de las fuerzas de liberalización que ella ayudó a desencadenar. Los bancos están en bancarrota, se han perdido miles de empleos y la reputación de honra y juego limpio arduamente ganada por la City yace hecha jirones.

La acción más fundamental de la era de Thatcher en la economía consistió en intensificar la liberalización del sector financiero. Esto lo dictó la City y lo respaldaron los primeros economistas monetaristas. 

La inflación de la década de 1970 la provocó originariamente esta liberalización y expansión del crédito, a escala nacional e internacional: demasiado dinero a la caza de pocos bienes y servicios. El auge del periodo (Nigel) Lawson (ministro de Economía de Thatcher) a finales de los 80, siguiendo los pasos de los recortes gubernamentales, se produjo mientras la masa monetaria volvía a desquiciarse. Desde el inicio de la liberalización de las finanzas a fines de los años 60, la economía mundial ha ido como por una montaña rusa, impulsada por repetidos ciclos de excesos financieros, inflaciones, fracaso y recorte económicos. El auge casi unánimemente celebrado de 1992-2007 fue una ilusión sólo posible gracias a una inflación de la deuda de un tipo más grave que la de los años 30.

Mientras se recrudece el debate sobre su herencia, los economistas se muestran ruidosos en su afirmación de que Thatcher “arregló” la economía. Los economistas como el profesor van Reenan, de la London School of Economics, hacen vagas afirmaciones sobre las mejoras de la economía de oferta o la competitividad. Éstas se remontan a argumentos desplegados por los primitivos monetaristas: Samuel Brittan, del Financial Times; Brian Griffiths, hoy en «Goldman Sachs» y asesor del Arzobispo de Canterbury; y Peter Jay, ex-editor de Economía de la BBC. Eran argumentos utilizados para justificar la liberalización, y estas medidas políticas provocaron que se deteriorase la economía de cualquier modo imaginable. 

- En el informe de PRIME de 2010, The Economic Consequences of Mr Osborne (firmado por Victoria Chick y Ann Pettifor), se incluía un examen de las experiencias económicas de postguerra.1976 es una fecha clave: el momento en el que el gobierno laborista presuntamente “rindió el keynesianismo” a las “reformas” del FMI que precedieron y anticiparon las medidas políticas de Thatcher. 

Los titulares económicos más evidentes de antes y después de 1976 son: 

· El desempleo llegaba a una media del 2.3 % antes de la reforma y después de 1976 llegó a una media del 7.7 % anual;

· El crecimiento del PIB era de un 2.7 % anual antes de la reforma y un 2.2 % anual más tarde; y 

· La distribución de la renta iba estrechándose casi todos los años antes de la reforma. 

Y entonces se produjo la verdadera transformación. “El volumen del aumento de la desigualdad a lo largo de los años 80 no tenía paralelo en la historia ni comparado con la mayoría de los demás países desarrollados”, de acuerdo con el Institute for Fiscal Studies en un informe de 2011 (“Poverty and Inequality in the UK: 2011”).

 
También es un mito que la Edad Dorada que precedió a la liberalización se viera agobiada por una sobredependencia del Estado o el sector público.

Antes de que Thatcher llegara al poder, el Reino Unido poseía un pujante sector manufacturero. En 1970, el 33 % de la economía se describía como manufacturera. Actualmente, esta proporción asciende al 10%. Antes de Thatcher, los dueños de las empresas tenían confianza para invertir: en términos reales, la inversión de capital crecía en un 4.6 % al año antes de sus reformas, y sólo el 2,6% después.

La actividad económica se extendía más allá de las manufacturas tradicionales y del Estado; había una edad de oro del teatro, del diseño y, por supuesto, de la música popular. Gran Bretaña podía permitirse asistencia sanitaria y educación para todos; era gratuita la educación secundaria y superior; una red de seguridad protegía a los pocos que no disponían de trabajo, y de los ancianos cuidaba un sistema de pensiones que funcionaba. 

Contrariamente al consenso de la profesión económica, desde la reforma, el volumen del gasto del Estado ha crecido como parte de la economía:

· La estimación más amplia del volumen del Estado, el gasto general del Estado en tanto que parte del PIB, creció del 37 al 41 %, después de Thatcher.

· En términos de finanzas públicas, la deuda publicada estimada como parte del PIB cayó una media de 5 puntos porcentuales al año en el periodo anterior al thatcherismo. Se elevó en 1,3% puntos porcentuales anuales en el periodo posterior.

Este crecimiento no es, por supuesto, resultado positivo de un mayor gasto público en bienes y servicios o de la inversión pública. Antes bien, representa los costes del fracaso de la reforma. A medida que se deterioraba la economía, se disparaba el coste del Bienestar y del pago de intereses.

En todo este debate, olvidan los economistas para qué está la economía. No está para servir a los ricos, ni tiene solo que ver con el “crecimiento” o la “competitividad”. Proporciona una salida a la creatividad humana y satisface el hondo deseo de trabajar del género humano. Crea un armazón que nutre y protege a los jóvenes, los más vulnerables y los ancianos; que alivia ante las adversidades y acrecienta los placeres de la vida a todos los que viven en su seno. 

De acuerdo con estos términos, las reformas promovidas por la profesión económica y llevadas a la práctica por Thatcher le fallaron de forma catastrófica a las gentes de Gran Bretaña.

Fuente: PRIME, Policy Research on Macroeconomics, 15 de abril de 2013

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Thatcher junto a Ronald Reagan, febrero de 1981

Si de veras nos había salvado la revolución de Thatcher, ¿por qué está hoy Gran Bretaña hecha un desastre?

Will Hutton [3]

La emperatriz está desnuda, o por lo menos no lleva las prendas con las que tantos quieren adornarla. Pese a todas las alabanzas, Thatcher no detuvo el declive económico británico, no impulsó una transformación económica ni salvó a Gran Bretaña. Sí consiguió, es verdad, reasentar la capacidad de gobierno del Estado británico. Pero luego, si bien quiso provocar una segunda revolución industrial y una oleada de nuevos productores británicos, utilizó la autoridad del Estado recién recobrada para empeorar las mismas debilidades que nos habían acosado durante decenios. El debate nacional de los últimos seis días ha sido un engaño. Si la revolución de Thatcher hubiera sido una transformación de ese calibre, nuestra situación actual no sería tan aguda. 

En los veinte años anteriores a 1979, la tasa de crecimiento de Gran Bretaña fue de una media de 2,75%, aunque se había ido debilitando conforme iban apareciendo los males de mediados de los años 70. En los años anteriores a la crisis bancaria, se produjo un controvertido debate sobre si las reformas de Thatcher, que en lo esencial ni Blair ni Brown pusieron en tela de juicio, habían tenido éxito en devolver el crecimiento a largo plazo a los niveles previos. Desde luego, la brecha en la renta per cápita entre Gran Bretaña, Francia y Alemania se había estrechado, como, aparentemente, había sucedido con la brecha de productividad.

La cuestión es si algo de esto resultaba sostenible. Hoy se reconoce cada vez más y con consternación que en los últimos 30 años ha habido demasiado crecimiento basado en una burbuja insostenible de crédito, banca y propiedad, y que la verdadera tasa de crecimiento a largo plazo de Gran Bretaña ha caído aproximadamente a un 2%. La brecha de productividad se está ensanchando. Todo ese incremento de la desigualdad, la increíble remuneración de los ejecutivos, la privatización al por mayor, el romper "las cadenas de las empresas" y la flexibilidad del mercado laboral no ha conseguido nada perdurable.

Darse amargamente cuenta de esto es algo que se ha ido agudizando durante varios meses en círculos no conservadores. La libra ha caído un 20% en términos reales desde 2008, y sin embargo la respuesta de nuestro sector de exportación a la ventaja competitiva más sostenida desde que salimos del patrón oro ha sido desastrosamente endeble. El déficit comercial en bienes de Gran Bretaña saltó a un 6.9% del PIB en 2012 – el mayor desde 1948 – y las cifras de febrero fueron tan malas como un cataclismo. Sencillamente, Gran Bretaña no dispone de suficientes empresas que creen bienes e incluso servicios que el resto del mundo quiera comprar, pese a la devaluación.

La legión de apologetas de Thatcher sostiene que apenas se le puede culpar de lo que está sucediendo 23 años después de que abandonara su cargo. Pero las transformaciones económicas deberían ser duraderas, ¿no es cierto? El thatcherismo no lo consiguió porque al capitalismo dinámico se llega a través de una interacción mucho más sutil. Nunca entendió que se necesita un ecosistema complejo de instituciones públicas y privadas para apoyar que se corran riesgos, la creación de redes abiertas de innovación, una inversión sostenida a largo plazo y un capital humano sofisticado. Al creer en la magia de los mercados y la inevitable destructividad del Estado, nunca encaró estas cuestiones centrales. En cambio, se elevó de manera regular la demanda de altos rendimientos financieros durante su mandato de gobierno, junto a las remuneraciones de los ejecutivos, aun cuando se hundían la inversión y la innovación. Y estas tendencias continuaron porque ninguno de sus sucesores se atrevió a poner en tela de juicio lo que ella había empezado. 

Por el contrario, sus objetivos fueron los sindicatos y la empresa de propiedad estatal dentro del proyecto ideológico de una brutalidad que afirmaba la primacía de los mercados y el sector privado, y de ese modo una hegemonía conservadora, en nombre de un feroz patriotismo. Esto resultaba bastante real: quería de verdad volver a poner a Gran Bretaña en el mapa económica y políticamente, y la fuerza especial que zarpó hacia las Malvinas encarnaba la intensidad de ese impulso. Pero no consiguió sacarlo adelante, como hasta ella misma reconoció en sus momentos más honestos una vez fuera del poder. 

A los sindicatos les hacía falta desde luego el tratamiento dispensado por Thatcher en lo que se refiere a acatar tanto el imperio de la ley como la necesidad de responsabilidades junto a sus derechos. Pero empresas, accionistas, bancos y finanzas más en general necesitaban también este tratamiento. Sólo que, tratándose de "su gente" y parte de la alianza hegemónica que se proponía crear, nunca probarían esa misma medicina. Por el contrario, su Big Bang de 1986, que permitió a bancos de todo el mundo combinar en Londres la banca comercial y de inversión fue un gigantesco trato de favor para complacer a su propia base electoral. Gran Bretaña se convirtió en el centro de un “boom” financiero global, pero eso vino a significar en el país una intensificación de la disfuncionalidad del sistema financiero, ayudada por la escasa regulación y un auge del crédito contraproducente, empeorando el cortoplacismo antiinversión que hacía falta reformar. Esto les resulta hoy evidente a todos. Pero durante casi 30 años, el aparente éxito del thatcherismo ocultó esa necesidad.

Sin embargo, en un sentido riguroso, los sindicatos constituían un blanco adecuado. Hacia finales de los años 70, un puñado de dirigentes sindicales codirigían en efecto el país, beneficiarios del fracaso de sucesivos gobiernos a la hora de encuadrar la libre negociación colectiva dentro de un marco legal. Y ello pese al hecho de que no conseguían que sus miembros se avinieran a las medidas políticas acordadas, y se había derrumbado el tercer año de una política de rentas. En esta cuestión, el Partido Laborista se encontraba intelectualmente agotado y políticamente en bancarrota; el gobierno conservador de Heath también había sido derrotado. Se había convertido en una crisis de primer orden de gobernabilidad, hasta de democracia.

Ésta era su oportunidad y no la desperdició. Las primeras leyes de empleo y la victoria sobre el NUM (National Union of Miners, el sindicato minero) de Arthur Scargill reafirmaron que la fuente del poder político del país es el Parlamento, en aquel entonces una intervención crucial. Pero se pasó de rosca sin control. Los sindicatos en un marco adecuado son un medio vital de dar voz a los empleados y proteger los intereses de los trabajadores. La flexibilidad del mercado de trabajo
–contraseña para la desindicalización y eliminación de derechos de los trabajadores– se ha convertido en otro mantra thatcherista que oculta de nuevo la complejidad de lo que se precisa en el mundo del trabajo: dar voz al empleado y compromiso, habilidades y adaptabilidad. Cuando abandonó su cargo, el 64% de los trabajadores del Reino unido carecía de cualificaciones profesionales. 

Lo mejor que puede decirse del thatcherismo es que puede haber sido una escala necesaria, aunque errada, en el camino de nuestra reinvención económica. Resolvió la crisis de gobernación, pero demostró luego que el simple antiestatismo y las soluciones en favor del mercado no funcionan. Necesitamos hacer cosas más sofisticadas que controlar la inflación, reducir la deuda pública, hacer retroceder al Estado y afirmar las "fuerzas del mercado".

El gobierno de coalición está desarrollando estrategias industriales de nueva planta, reformando el sistema bancario y reintroduciendo el Estado –como socio vital– en terrenos como la energía. Por todas partes aparece un nuevo pensamiento. Por ejemplo, en el noroeste de Inglaterra, una comisión presidida por Lord Adonis, de la que yo era miembro, recomendó recientemente la introducción de facto de la autoridad metropolitana en Newcastle, abolida por Thatcher. Coordinaría el incremento de la inversión en habilidades y transporte en el conjunto del noroeste, junto a la consecución de mayor financiación. Y quiere que la forma de asociación económica local trabaje en el mismo edificio que la nueva autoridad combinada propuesta, impulsando una revolución en la innovación y la inversión. Esta compleja interacción de lo privado y lo público que está tratando de desarrollar la comisión está a años luz de Thatcher … y es ampliamente aceptada.

La verdad es que la emperatriz está desnuda. El funeral del miércoles es un tributo al mito y la hegemonía conservadora que creó. Si a la familia real le preocupa, según se ha informado, que todo esto acabe resultando desmesurado, no le falta razón. Thatcher aprovechó un momento de ingobernabilidad que, dicho sea en su favor, logró solucionar, y le vendió luego a su partido y su país una propuesta simplista y falsa. El aplastante triunfo conseguido por Blair en 1997 vino a desafiarlo, pero Blair no entendió entonces y sigue sin entender hoy lo que daba a entender ese mandato. La fuerza de los acontecimientos nos obliga por fin a seguir en movimiento. Pero Gran Bretaña se ha visto debilitada, más que fortalecida, por la revolución que ella desencadenó.

Fuente: The Observer, 14 de abril de 2013

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George H. W. Bush entrega a Thatcher la Medalla de la Libertad, 1991.

 
La Dama de Hierro ha muerto, pero el thatcherismo sigue vivo

Gary Younge [4]

En 1966, poco más de un año después de que Martin Luther King fuera galardonado con el Premio Nobel de la Paz, sólo un 33% de norteamericanos tenía una opinión favorable sobre él, por oposición a un 63% que lo veía con malos ojos. No es difícil entender por qué razón. Se trataba de un dirigente de los derechos civiles en un país en el que el 85% de los blancos pensaba que los negros "iban demasiado rápido en pos de la igualdad racial". Se había convertido además en un vociferante opositor a la guerra de Vietnam. Sólo seis días después de la muerte de King, en abril de 1968, William Tuck, congresista por Virginia, culpó a King de su propio asesinato, declarando ante la Cámara de Representantes que King "fomentó la discordia y el conflicto entre las razas … Quien siembra la semilla del pecado recogerá y cosechará una tempestad de maldad".

Pero en los 45 años que han transcurrido, se ha limpiado el fango que le arrojaron y su legado se ha lustrado hasta asemejarse a un tesoro nacional. En 1986, su cumpleaños se convirtió en festividad federal nacional anual. Para 1999, una encuesta de Gallup revelaba que King había empatado con John F. Kennedy y Albert Einstein como una de las figuras públicas más admiradas del siglo XX en los EE. UU. Más popular que Franklin Delano Roosevelt, el Papa Juan Pablo II y Winston Churchill. Sólo la Madre Teresa era más estimada. En 2011, se abrió el memorial de King en el National Mall de Washington, D.C., con una estatua de 9 metros situada en un terreno histórico de primer orden de cuatro acres de extensión.
 
"Podemos mirar al pasado y lograr nuestra comprensión del pasado a través sólo de los ojos del presente", sostenía el historiador E.H. Carr en su ensayo señero ¿Qué es la Historia?, "El historiador lo es de su propia época y se ve atado a ella por las condiciones de la existencia humana".

Norteamérica llegó a valorar a King sólo después de llegar a un consenso respecto a que la segregación legal era mala, que la guerra de Vietnam había sido un error y que las demás cosas que había dicho sobre la redistribución de la riqueza, el militarismo norteamericano y la acción afirmativa hayan sido convenientemente olvidadas. En ese momento su herencia podía entenderla suficiente gente, no como fuente de división –como se vieron sus aportaciones en la época– sino de resolución. 

La respuesta polarizada, polémica y a veces problemática a la muerte de Margaret Thatcher ha puesto de relieve que, en su caso, no se ha producido ninguna resolución y, por lo tanto, no puede haber consenso. Acontecida en un momento de desempleo en aumento y desigualdad económica, movilidad social en declive, pobreza arraigada y recortes del Bienestar, con un gobierno dirigido por los conservadores que prosigue con severas medidas de austeridad, su muerte sirve para propiciar el debate no sólo sobre las divisiones del pasado sino las del presente. El titular de portada del Financial Times el jueves (11 de abril) rezaba: "La brecha de prosperidad se ensancha conforme los recortes en Bienestar golpean duramente al Norte (británico)". Se podría haber escrito casi en cualquier momento de los años 80. 

La suya es una herencia viva de mercantilización y privatización, estratificación económica y dislocación social. Sus víctimas y beneficiarios no sólo siguen todavía vivos; están naciendo todavía. Las antiguas heridas sin curar de los pueblos mineros y los huelguistas de hambre quedan a la vista mientras se infligen otras nuevas con (el recorte de) las prestaciones por discapacidad y el impuesto por dormitorio. Una encuesta muestra que las medidas políticas de Thatcher –tales como el recorte del impuesto sobre la renta y el aumento del IVA, la privatización y el recorte de las tasas impositivas más altas para los ricos– se encuentran hoy entre las menos populares, pero son las mismas que el gobierno de coalición está llevando a la práctica. La valoración de su figura sigue bastante fielmente las lealtades de partido: un 90% de los conservadores afirmó que fue buena o grande, por oposición a un 23% sólo de votantes laboristas. 

Ésa es la razón por la que los intentos de hagiografía y canonización se ven continuamente interrumpidos por estallidos de furia, incredulidad y, ocasionalmente, hasta de júbilo. De las quejas recibidas por la BBC a propósito de la cobertura de su muerte, un 35% cree que ha sido demasiado favorable, un 29% que ha sido demasiado crítica, y un 36% que ha sido excesiva. El Daily Telegraph (diario conservador) hubo de cerrar los comentarios a los artículos de su página digital debido al torrente de insultos. "Ding Dong, the witch is dead" (“Ding Dong, la bruja ha muerto”), la canción de The Wizard of Oz (El mago de Oz) se encuentra entre las diez favoritas de la lista de éxitos de mediados de esta semana que pueden convertirse en número 1 la semana que viene. Cuando se le erigió una prominente estatua en 2002, la decapitó un hombre con un poste de metal. Los llamamientos a la unidad nacional para llorar la muerte de una veterana estadista –que suelen por lo general seguirse– no se han observado de modo tan amplio, porque, mientras que Thatcher ha muerto, el thatcherismo, no. 

También constituye la razón por la cual muchos de estos estallidos suenan a rabia impotente. El thatcherismo fue un regalo que Thatcher legó a la clase política británica. Tony Blair afianzó su agenda, declarando que sentía que su "labor consistía construir sobre algunas de las cosas que ella había hecho más que en darles la vuelta". David Cameron la ha ampliado y profundizado. Clegg ha cedido voluntariamente ante ella. 

Ideológicamente, la izquierda ha contrarrestado adecuadamente las razones del thatcherismo. Pero, desde un punto de vista organizativo y estratégicamente, no ha logrado asentar los recursos para responder adecuadamente a ello y, electoralmente, no ha conseguido convencer a suficiente gente de sus alternativas. 

El problema no es sólo que alguna gente no haya podido sobreponerse a su agenda; es que muchos todavía la están sufriendo y tienen todavía que encontrar un modo de esquivarla.

Fuente: The Guardian, 11 de abril de 2013

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Acabemos con los mitos sobre Margaret Thatcher

Ken Livingstone [5]

Es un lugar común que la historia la escriben los vencedores. Puesto que las políticas económicas de Margaret Thatcher continuaron después de que ella abandonase el poder, lo que culminó en una catástrofe económica en 2008, es necesario acabar con los mitos que de ella se venden. El primero es que era popular. El segundo es que tuvo éxito económico. 

A diferencia de gobiernos anteriores, el de Thatcher nunca se hizo acreedor a nada semejante a una mayoría en unas elecciones generales. La mayor porción de voto conseguida por los conservadores con ella fue de menos del 44% en 1979, después de lo cual fue disminuyendo. Las falaces afirmaciones sobre su popularidad se utilizan para insistir en que el laborismo sólo puede tener éxito llevando a cabo políticas conservadoras. Pero esto es falso. 

La razón de ese cataclismo parlamentario en 1983 no fue la popularidad de Thatcher –su parte del voto cayó al 42%- sino a la pérdida de votos en favor de los desertores del SDP y su alianza con los liberales. Los votantes laboristas no desertaron a los tories, cuyo declive a largo plazo continuó con Thatcher.

Tampoco logró Thatcher el éxito económico, y mucho menos "salvó a nuestro país", por seguir la necia y pretenciosa frase de David Cameron. En 1945, en circunstancias mucho más difíciles, el gobierno laborista, pese a las deudas de guerra, se impuso la tarea de una regeneración económica, introdujo la seguridad social y las pensiones, construyó centenares de miles de casas y creó el Servicio Nacional de Salud (NHS). En los 31 años anteriores a la llegada de Thatcher al poder, la economía creció cerca del 150%; en los 31 años transcurridos desde entonces, ha crecido poco más del 100%.

Thatcher creía que la creación de tres millones de parados era un precio que valía la pena pagar por un mercado libre en todo salvo en lo laboral. Un gran amigo de Thatcher, Augusto Pinochet, empleó ametralladoras para controlar al mundo del trabajo, en tanto que Thatcher utilizó medios menos drásticos como leyes antisindicales. Pero su meta era la misma, reducir la parte de los ingresos de la clase trabajadora en la economía. Los resultados económicos fueron la razón de la desfalleciente popularidad de Thatcher. Como apuntan los autores de The Spirit Level [6], la desigualdad creada llevó a enormes males sociales, al aumento de la delincuencia, adicciones de toda clase y epidemias sanitarias, entre ellas de salud mental. 

La destrucción de la industria a manos de Thatcher, combinada con la desregulación financiera y el “big bang” (la reforma de la Bolsa y la City de Londres aplicada desde el 27 de octubre de 1986) iniciaron el declive del ahorro y la acumulación de deuda de los sectores privado y público que llevó directamente a la crisis bancaria de 2008. La idea de que los banqueros asignarían racionalmente recursos para beneficio de todos nosotros fue siempre una mentira de las gordas. Una abrumadora mayoría paga hoy el precio de este experimento fallido con el rescate de los accionistas bancarios. 

Thatcher se vio sustentada por un extraordinario golpe de suerte. Casi desde el momento en que atravesó el umbral de Downing Street, la economía se zambulló en la bonanza petrolífera. Durante su periodo en el poder, lo recibido por el gobierno gracias al petróleo llegó a un 16% del PIB. Pero en lugar de utilizar esta ganancia inesperada para impulsar la inversión con vistas a una prosperidad a más largo plazo, se destinó a recortes de impuestos. La inversión pública recibió un buen tajo. Para cuando terminó su mandato, el presupuesto militar excedía de modo ingente a la inversión pública neta. 

Este desplome de la inversión, y la destrucción aneja de industria y empleos, constituyen el desastroso legado económico y social del thatcherismo.

La producción fue reemplazada por la banca. La construcción de viviendas dio paso a las agencias inmobiliarias. La asistencia social substituyó al empleo decente. Hasta que no se efectúe una ruptura con ese legado no podrá producirse una reconstrucción seria de la economía de Gran Bretaña. 

La actual crisis económica ha durado ya un año más que la que Thatcher creó a principios de los 80. En efecto, las medidas políticas son hoy las mismas, pero no hay petróleo nuevo que venga a rescatarnos. 

El laborismo ganará las próximas elecciones debido al declive del apoyo a los tories, que es más reducido incluso con Cameron que con Thatcher. Pero el laborismo debe llegar al poder con una política económica capaz de reconstruir la economía británica, lo que significa una ruptura clara con las políticas económicas de Thatcher. El laborismo puede construir una alianza con la abrumadora mayoría que lucha bajo la austeridad: una coalición política que reoriente los recursos hacia la inversión y la prosperidad sostenible utilizando todas las palancas a disposición del gobierno.

Podemos tener éxito rechazando el thatcherismo, política y economía del declive y el fracaso.

 

The Guardian, 11 de abril de 2013

 
Selección y traducción para sinpermiso: Lucas Antón

(24 de abril de 2013)


[1El legado económico de la Sra. Thatcher, reina madre de la austeridad y la financiarización globales

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Michael Hudson y Jeffrey Sommers

Normalmente observamos la convención de abstenerse de hablar mal de los que acaban de morir. Pero es lo más probable que la propia Margaret Thatcher no tuviera nada que objetar a un epitafio centrado en el legado económico de su profesado objetivo político: desmantelar “irreversiblemente” el sector público británico. Atacando la planificación central estatal, lo que hizo fue desplazar esa planificación para dejarla en unas manos financieras harto más centralizadas: una City de Londres no estorbada económicamente por la regulación financiera y “libre” de cualquier regulación antimonopólica seria de precios.

La Sra. Thatcher transformó el carácter de la política británica encabezando un gobierno parlamentario democráticamente elegido que permitió a los planificadores financieros desbaratar el sector público con el asentimiento popular. Como su coetáneo, el actor Ronald Reagan, narró un atractivo cuento, cuya trama era la recuperación de la economía. La realidad, ni que decir tiene, resultó en un encarecimiento del coste de la vida y del coste de la actividad empresarial. Pero ese juego de suma cero convirtió las pérdidas económicas en inopinadas ganancias para la feligresía del Partido Conservador en el sector bancario británico.

Al poner con precios de barato en almoneda British Telephone y otros grandes monopolios públicos, dio a entender que los consumidores serían los grandes beneficiarios, y no las grandes entidades financieras. Y al dar a los suscriptores una asombrosa comisión del 3% (basándose en el antecedente de la salida a bolsa de empresas incipientes mucho más pequeñas), la Sra. Thatcher presidió el inicio de la Gran Polarización británica entre el 1% acreedor y el 99% crecientemente endeudado.

So pretexto de combatir a los buscadores públicos de rentas, abrió puertas y ventanas a los buscadores de rentas en el sentido económico clásico del término: rentas del suelo en el sector de los bienes raíces (con ganancias de “capital” hinchadas por la deuda), hasta encarecer la propiedad británica a tal punto, que los empleados que trabajan en Londres se ven ahora obligados a vivir fuera y a viajar en unos carísimos ferrocarriles privatizados para acudir a sus puestos de trabajo. La privatización creó también enormes oportunidades nuevas para las rentas monopólicas dimanantes de los servicios público privatizados, además de posibilitar ganancias financieras predatorias a una banca crecientemente predatoria.

La finanza ha sido la madre de los monopolios al menos desde que los holandeses y otros acreedores extranjeros ayudaron a Inglaterra a constituir la Compañía de las Indias Orientales en 1600, el Banco de Inglaterra en 1694 y otros monopolios comerciales que culminaron en la Compañía de los Mares del Sur en la segunda década del siglo XVIII.

En el momento en que Margaret Thatcher llegó a Primera Ministra, en 1979, Gran Bretaña llevaba un siglo de enormes inversiones en infraestructuras públicas. Los ejecutivos financieros vieron esa imponente estructura de mando como un conjunto de potenciales monopolios transformables en una suerte de munificentes vacas muñideras capaces de suministrar torrentes de efectivo y enriquecer a la alta finanza. La Sra. Thatcher se convirtió en la principal animadora de esta orgía, el mayor y más manirroto regalo del siglo: las ganancias de la City de Londres fueron la ruina de la economía industrial. Los señores británicos de las finanzas se convirtieron en el equivalente de los grandes barones ladrones de los ferrocarriles en la Norteamérica del siglo XIX, la elite dominante que hoy regenta el derrotadero de decadencia que es la austeridad neoliberal.

Su desempeño como Primera Ministra parecía emular el papel de Peter Sellers en Bienvenido Mr. Chance. Era resultona en televisión, precisamente porque su filosofía era una secuencia recosida de fragmentos sonoros simplificadores de complejos problemas sociales y económicos, espástica y palabreramente reducidos a banal psicodrama personal. La habilidad de la Sra. Thatcher para ocultar tras ese telón la gran polarización financiera y económica y la “barra libre” financiera en curso le permitió distraer la atención sobre las consecuencias de lo que Harold Macmillan llamó “la venta de la cubertería de plata de la familia”. Era como si la economía fuera una charcutería familiar de clase media tratando de cuadrar la contabilidad del pequeño negocio de acuerdo con los consejos de su banquero y a costa de unos salarios en proceso de contracción a causa de los precios al alza de las necesidades básicas.

La base del poder de la Sra. Thatcher tenía que ver con el hecho de que la economía de Inglaterra se hallaba en una situación harto más desjarretada que la del resto del mundo cuando ella llegó al gobierno. Durante el Invierno del Descontento de 1979 se desarrolló una tormenta perfecta. Incapaz de evitar que los trabajadores se lanzaran a una escalada de huelgas causante de las mayores molestias al conjunto de la sociedad, el Partido Laborista británico sintió poca necesidad de retrasar la participación de Gran Bretaña en el petróleo del Mar del Norte. Esas inopinadas ganancias subsidiarían una década de desmantelamiento de lo que quedaba de la industria británica. Los Estados petroleros no necesitan ser eficientes. No necesitan industria, ni siquiera empleo.

El Primer Ministro laborista James Callaghan hizo un intento simbólico de enfrentarse al problema pidiendo en 1976 al FMI un préstamo para financiar inversiones industriales tangibles como puente financiero hasta que el petróleo del Mar del Norte pudiera empezar a generar comercio exterior. Pero el secretario estadounidense del tesoro, Bill Simon, le leyó la cartilla. La política del FMI y de los EEUU era suministrar crédito sólo para pagar a los tenedores de bonos, no para levantar la economía real. A Gran Bretaña se le harían empréstitos, sólo si reorientaba su economía de modo que la alta finanza pudiera ponerse al mando de la planificación.

El Reino Unido se convirtió entonces en el niño neoliberal modelo del FMI, instituyendo una ventaja comparativa en materia de finanzas deslocalizadas, lo que terminó culminando en el célebre “planteamiento flexible” de(l laborista) Gordon Brown, que trajo consigo los colapsos bancarios de 2008. En este sentido, el papel de la Sra. Thatcher fue el de una Boris Yeltsin británica, patrocinadora del desmantelamiento y saqueo de siglos de inversión pública.

La Sra. Thatcher accedió al cargo de Primera Ministra en 1979, cuando el juego neoliberal estaba ya en marcha. La “hija de charcutero” pintó los problemas británicos como derivados de la arrogancia del mundo del trabajo organizado. Tocó una fibra sensible cuando los dirigentes sindicales llamaron a una serie de huelgas políticamente suicidas que desbarataron la vida cotidiana y llevaron la lucha más allá del punto que podía soportar el grueso del electorado. La economía británica nunca había estado tan madura para la aplicación de una estrategia del divide y vencerás.

La guerra de clases –tal era el nuevo giro operado en la situación— apuntaba a los trabajadores en su calidad de consumidores y deudores, no de empleados. La industria nacional británica fue repetidamente golpeada, y las fábricas fueron cerrando una tras otra en todo el país (pasando las más exitosas a emprendimientos de bienes raíces gentrificados).

La Dama de Hierro estaba convencida de estar reconstruyendo la economía inglesa; en realidad sólo parecía más rica merced a la banca forajida londinense. El daño causado en todo el mundo por esa economía financiarizada ha sido inmenso. Al “liberar” dinero nacional de las restricciones de las autoridades fiscales, el Oriente Próximo frenó buena parte de sus proyectos de desarrollo industrial. Después de 1990, el bloque soviético fue desindustrializado para convertirse en una economía petrolera, gasística y minera. Y en el caso británico, billones de dólares de ingresos fiscales globales, que podrían haberse empleado en el desarrollo industrial y social, se desviaron a Londres, en donde el Reino Unido recogió los honorarios dimanantes de esa barra libre. A despecho de su admiración por Milton Friedman –famoso por su afirmación de que “nada es gratis y no hay nada parecido a una barra libre”-, la Sra. Thatcher hizo todo por reorientar la economía británica a modo de inmensa barra libre al servicio de los ejecutivos financieros de todo el planeta.

¿Qué llegó a entender realmente la Sra. Thatcher de un sector financiero al que nunca se propuso intencionadamente favorecer? Nunca expresó arrepentimiento respecto de sus políticas ni del modo en que esas políticas allanaron el camino para que el Nuevo Laborismo pudiera dar –con botas de siete leguas— el siguiente paso en punto a dotar al complejo financiero de la City de Londres del enorme poder que ha permitido a la desregulada banca privada actuar como catalizadora de un desplome financiero tras otro, llevándose por delante al conjunto de la economía británica.

Cuando la Sra. Thatcher llegó al gobierno, 1 de cada 7 niños ingleses vivía en la pobreza. Al final de sus reformas, ese número había crecido a 1 de cada 3. Polarizó al país con una estrategia de “divide y vencerás” precursora de Ronald Reagan y, más recientemente, de políticos norteamericanos como el gobernador de Wisconsin Scott Walker. El resultado de su política fue la congelación de la movilidad ascendente hacia la clase media que irónicamente creía estar promoviendo con sus acciones de gobierno.

Los mandarines mediáticos de todo el plantea parlotean sobre su papel como “salvadora” de Gran Bretaña, no de su papel en el endeudamiento de la misma: destruyó la economía para salvarla. Su ejercicio del poder marcó una época histórica dejando planteado el paradójico enigma que viene marcando las políticas neoliberales desde los 80: ¿cómo consiguen los gobiernos alimentar y robustecer a los cleptócratas financieros en un marco de poder basado en el asentimiento popular?

Eso sólo puede lograrse violando el primer supuesto de la política liberal clásica: los votantes tienen que estar suficientemente informados para entender las consecuencias de sus acciones. Eso quiere decir que los gobiernos deben abrazar una perspectiva de largo plazo.

Pero las finanzas siempre han vivido en el corto plazo, y en ningún lugar del mundo son las finanzas más cortoplacistas que en Gran Bretaña. Nadie ilustró mejor esa perspectiva estrecha de miras que Lady Thatcher. Su retórica simplista inspiró a un rebaño de simples, empeñados en combatir al conocimiento con sentido pretendidamente común.

Acaso no del todo simple, sino simplemente oportunista. Como santa patrona sin títulos del Nuevo Laborismo, la Sra. Thatcher se convirtió en la fuerza intelectual inspiradora de su sucesor e imitador Tony Blair en punto a culminar la transformación de la política electoral británica para movilizar el asentimiento popular a fin de permitir al sector financiero privatizar y desbaratar las infraestructuras públicas británicas, convirtiéndolas en una amalgama de monopolios privados. Por esa vía, el Reino Unido pasó de ser una economía productiva real a convertirse en una economía hurgadora en el basurero de las rentas mundiales a través de sus bancos deslocalizados. Al final, no sólo se hizo un gran daño a Inglaterra, sino al mundo entero, propiciando la huída de capitales de los países en desarrollo hacia los puertos seguros de la banca londinense. Ahora, los gobiernos de todo el mundo se declaran en “bancarrota”, mientras sus oligarcas son cada vez más ricos.

Michael Hudson es un reconocido analista económico norteamericano, con amplia experiencia en Wall Street. Sus dos últimos libros son The Bubble and Beyond (La burbuja y sus secuelas) y Finance Capitalism and Its Discontents (El capitalismo financiero y sus críticos).

Jeffrey Sommers es profesor asociado de economía política en la Universidad de Wisconsin-Milwaukee y profesor visitante en la Escuela de Economía de Riga. Publica artículos regularmente en Financial Times y The Guardian, entre otros medios.

Traducción para sinpermiso: Mínima Estrella

Counterpunch, 10 abril de 2013

[2- Ann Pettifor es directora de PRIME (Policy Research in Macroeconomics), un organismo de investigación sobre la naturaleza del crédito y su papel en los resultados macroeconómicos. En el año 2006 publicó The Coming First World Debt Crisis, donde ya preveía la actual coyuntura económica. En los años 90 dirigió la campaña Jubilee 2000, que logró la condonación de 100.000 millones de dólares de la deuda de 42 países. Es coautora de The Green New Deal y, junto a Victoria Chick, del estudio The Economic Consequences of Mr Osborne.

Douglas Coe es economista de PRIME.

[3Will Hutton es un analista económico que escribe regularmente en el semanario británico The Observer.

[4Gary Younge es un analista político que escribe regularmente en el diario británico de izquierda The Guardian.

[5Ken Livingstone (1945), uno de los más feroces adversarios políticos del thatcherismo, dirigió el Consejo del Gran Londres (Greater London Council), organismo municipal abolido por Thatcher en 1986. Posteriormente se convertiría en alcalde de Londres entre 2000 y 2008, desafiando con éxito el veto de Tony Blair.

[6The Spirit Level: Why More Equal Societies Almost Always Do Better, (Allen Lane, Londres, 2009), de Richard Wilkinson y Emily Pickett, razona profusamente por qué las sociedades con mayor igualdad son más justas y benéficas.