Portada del sitio > Global > Cambalaches de Zapatero, que no altos ideales, para seguir en Afganistán (...)

Cambalaches de Zapatero, que no altos ideales, para seguir en Afganistán [09/07/08]

Sábado 28 de noviembre de 2009, por Redacción

El historiador Josep Fontana firma en la revista Tiempo, de 04/07/2008, el artículo ¿Qué se nos ha perdido en Afganistán? que, a pesar de las numerosas evidencias que cuestionan y ponen patas arriba la interpretación político-mediática, dá por buena la versión oficial norteamericana del sorpresivo ataque islamista al World Trade Center y el Pentágono el 11S. Con todo, resultan interesantes las notas de Josep Fontana sobre la historia y realidad actual del país de los talibán y sobre las razones por las que el ejército español continúa a fecha de hoy en Afganistán, víctima el gobierno de Zapatero de un engaño más de Washington y de su propia ambición en el mando de la OTAN.

Josep Fontana, Tiempo, 4 de julio de 2008

¿Qué se nos ha perdido en Afganistán?

Si hay una guerra incomprensible, por lo insensata, es sin duda la que se desarrolla actualmente en Afganistán: una guerra repetida de la que los soviéticos libraron, y perdieron, hace 20 años. Las tropas soviéticas abandonaron el país en febrero de 1989, tras 10 años de intervención militar, aunque siguieron dando abundante ayuda al régimen del presidente Najibullah, que resistió en Kabul y en las principales ciudades hasta abril de 1992. En 1996 los talibanes se apoderaron finalmente de la capital e impusieron una política de terror, como consecuencia de una victoria que debían a los millones de dólares y a las armas que les habían proporcionado Estados Unidos y Arabia Saudí. Los norteamericanos dejaron de interesarse entonces por lo que sucedía en aquellas tierras, mientras se incubaba allí la ofensiva del terrorismo islamista que iban a sufrir en sus propias carnes el 11/09/2001. Despertados de súbito a esta realidad, escogieron Afganistán como primer objetivo de la «guerra contra el terror», en una campaña que duró 2 meses (07/10 a 06/12/2001) y que se describió en su momento como una operación en que «110 agentes de la CIA y 316 soldados de las fuerzas especiales, combinados con grandes operaciones de bombardeo y con unos 70 millones de dólares en sobornos, derribaron a los talibanes».

Sólo que esta victoria resultó tan engañosa como las que habían creído obtener los soviéticos años atrás, de modo que los combates se reanudaron y en estos momentos hay en Afganistán una fuerza de la OTAN de unos 40.000 hombres, de los que 14.000 son norteamericanos (además de otros 12.000 americanos dedicados a diversas misiones de contraterrorismo), y Estados Unidos pide hoy refuerzos a unos aliados que participan en la operación con escaso entusiasmo y pocas ganas de aumentar sus contingentes. La situación actual se parece a la que existía cuando los soviéticos optaron por marcharse. El dirigente al que sostienen las fuerzas internacionales, Hamid Karzai, no controla un país que está en manos de los señores locales que viven del tráfico de la droga (la producción de opio ha pasado de 1.550 toneladas en 1990 a 6.700 en 2007) y de unos talibanes renacidos que han multiplicado los atentados suicidas (con 1.730 víctimas en 2007) y que se atreven ya con acciones tan audaces como la que realizaron a primeros de junio, cuando asaltaron una cárcel en Kandahar y liberaron a 900 presos.

Justificaciones

Cada vez resulta más difícil justificar una guerra en la que los afganos a los que se supone que se quiere liberar sufren bombardeos sobre la población civil, además de la tortura y humillación de sus presos en Guantánamo o en la cárcel de Bagram, situada en una base norteamericana. Por no hablar de los programas de ayuda a la reconstrucción, donde el dinero se consume en pagar asesores extranjeros, en mantener el funcionamiento de centenares de ONG internacionales de escasa utilidad y, sobre todo, en alimentar una corrupción generalizada. Mientras, tan sólo un 6% de la población de Afganistán tiene suministro eléctrico y en la propia capital «cerca de 50.000 niños y niñas trabajan en las calles de limpiabotas, vendiendo frutas, como porteadores en los bazares, limpiando coches, escarbando en las basuras o sencillamente mendigando limosnas».

En estas condiciones parece obligado preguntarse ¿Qué se nos ha perdido en Afganistán?. ¿Qué hacen allí las tropas españolas?. El misterio de esta participación lo ha desvelado recientemente Tariq Alí, que nos cuenta que, cuando visitó Madrid, tras el triunfo electoral de Zapatero en marzo de 2008, un alto funcionario del Gobierno le informó que meses antes de las elecciones habían estado pensando en una retirada total de las fuerzas españolas, pero que los norteamericanos les prometieron que un militar español sería propuesto como comandante supremo de la OTAN, lo cual significaba que una retirada de tropas en aquellos momentos podía perjudicar esta posibilidad. «España se echó atrás» [de su propósito de retirarse],« para descubrir después que había sido engañada».

La situación actual se parece a la que existía cuando los soviéticos optaron por marcharse.

(artículo publicado en un diario digital español, 9 de julio de 2008)